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| Gran
collar de la Legión
de Honor |
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El
texto siguiente
pertenece al excelente
libro “Ce
que Napoléon
a vraiment dit”
(Lo que Napoleón
dijo verdaderamente),
de Paul Ravignant,
publicado por
las Editions Stock,
en 1969. Presentamos
a continuación
el capítulo
2 en la traducción
de Felicia de
Casas. |
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Para
Bonaparte, este triunfo de
la juventud es el medio más
seguro de imponer un principio,
su único principio
absoluto: el reinado del talento.
Según él, todas
las ideas, teorías,
religiones, opiniones políticas
o filosóficas deben
inclinarse ante el talento;
considera que ese debe ser
el criterio básico
en materia de gobierno, de
responsabilidad, de mérito.
«
No conozco
más títulos
que los personales, ¡desgraciados
de aquellos que no poseen
ninguno! Los hombres que me
rodean han adquirido los suyos
en el campo del honor, han
dado pruebas de su inteligencia
y de su talento. La verdadera
nobleza se encuentra en el
espíritu; fuera de
ahí no se encuentra
en ningún otro sitio
»(1).
«
Creando
una nobleza imperial, logré
sustituir prejuicios antiguos
y odiados por algo positivo
y meritorio. Mis títulos
nacionales restablecían
precisamente esa igualdad
que la nobleza feudal había
proscrito. Toda la gente de
mérito formaba parte
de ella. Reemplacé
los pergaminos por la inteligencia
y las bellas acciones, y los
intereses privados por los
intereses de la patria. Ya
nadie habría puesto
su orgullo en una oscuridad
imaginaria en la noche de
los tiempos, sino en las más
hermosas páginas de
nuestra historia. Finalmente
hice desaparecer la chocante
pretensión de la sangre,
idea absurda, porque solo
existe una clase de hombres,
ya que no vemos nacer a unos
calzados con botas y a otros
cargados con una albarda.
Nuestra época es la
del mérito. Hay que
permitir que los hijos de
los campesinos lleguen a los
primeros puestos por su talento
y sus servicios. El gobierno
perdería a la vieja
nobleza si le permitiese invadir
o simplemente imponerse a
los sagrados derechos del
talento. La nobleza, antes
de la Revolución, se
componía en gran parte
de hombres ignorantes, frívolos,
arrogantes, corrompidos. No
conozco bien su actual composición
para poder juzgar de la verdad
de esta frase: “¡Nada
han aprendido, nada han olvidado!”
Veo, sin embargo, que, a pesar
de los veinticinco años
que han pasado en el exilio,
han vuelto con los mismos
principios. Si logran que
éstos sean recibidos
en el gobierno de Luis XVIII,
será inevitable una
nueva revolución.
Conozco bien a los franceses.
Pasarán quizá
seis, diez años, sin
ninguna revuelta; pero estoy
seguro de que si un ejército
hiriera con sus principios
la igualdad consagrada por
la ley francesa, sería
despedazado y arrojado al
Sena. Yo saqué a la
mayoría de mis generales
de la calle. Dondequiera que
haya encontrado el talento
y el valor, lo he elevado
y puesto en el lugar que le
corresponde. Mi principio
consistía en dejar
camino abierto al talento.
Es cierto que he elevado a
algunos hombres de la vieja
nobleza por espíritu
de igualdad. Pero, por más
que digan, nunca tuve gran
confianza en ellos.
» (2)
«
Quiero
que el hijo de un campesino
pueda decir: “Un día
seré cardenal o mariscal
de Francia o ministro.
» (3)
Poco
le importa que sea de derechas
o de izquierdas, republicano
o monárquico, creyente
o ateo. ¿Hay un hombre
con talento? Está dispuesto
a confiarle las más
altas funciones. Cuando el
Emperador dice de alguien:
« Sabe
mucho », le está
dedicando su mayor cumplido
y homenaje. En este sentido
prefiere el traidor inteligente
al mediocre fiel. Conservará
a Talleyrand y Fouché
durante años, aún
no ignorando nada de sus complots,
y no los expulsará
del gobierno hasta que hayan
cometido faltas imposibles
de tolerar sin debilidad y
excesiva complacencia; incluso
entonces no renunciará
nunca a los consejos de esos
dos hombres, a los que consultará
continuamente y a los que
hará partícipes
de todas sus preocupaciones.
Después
del 18 Brumario, Bonaparte,
que se esfuerza en pacificar
la Vendea, recibe a todos
los jefes del ejército
católico y monárquico.
Y a todos propone no solamente
la amnistía, sino importantes
puestos de mando en su ejército.
A Cadoudal, que trama abiertamente
la muerte del Cónsul,
le ofrece el grado de general
de división. Esos ofrecimientos
no son solamente un cálculo
político, también
son sinceros. Bonaparte se
siente casi mal físicamente
ante la idea de que un gran
talento pueda permanecer inutilizado,
o desviarse. Admira a Cadoudal,
así como a la mayoría
de los otros jefes chuanes
–«gigantes»
dirá a veces–
y el hecho de que un hombre
semejante sea su enemigo le
hace sentirse profundamente
desgraciado.
En 1804, cuando Cadoudal y.
sus cómplices fueron
condenados a muerte, el Emperador
se lamentó varias veces
de no poder indultados.
«
Si hay
uno al que quisiera perdonar,
es a Jorge. Es el más
valiente de todos ellos
» (4).
Se
ha dicho muchas veces que
tenía celos de Moreau
y que hizo todo lo posible
para causar su desgracia.
Nada más inexacto.
El vencedor de Lodi, Rivoli,
Aboukir y Marengo no tenía
nada que envidiar a Moreau.
Basta con leer la correspondencia
entre Bonaparte y Moreau para
comprobar que, muy al contrario,
el Cónsul se empeñó
durante años en tratar
de seducir a Moreau, de convertido
en su amigo. No deja escapar
ninguna ocasión para
felicitado y halagado. Lo
cubre de regalos suntuosos
y lo trata siempre como un
igual. En los primeros días
del Consulado le escribe:
«
Hoy
me encuentro convertido en
una especie de maniquí
que ha perdido su libertad
y su felicidad. Las grandezas
solo son hermosas en el recuerdo
y en la imaginación.
Envidio su suerte: acompañado
por unos valientes va a realizar
cosas hermosas. Cambiaría
con gusto mi púrpura
consular por un galón
de brigada a vuestras órdenes
» (5).
Cuando
se entera de que Moreau está
complicado en la conspiración
de Cadoudal-Pichegru, se queda
anonadado por el asombro y
la incredulidad. Su primera
reacción es santiguarse
murmurando: « ¡Ghiesu!
¡Ghiesu! »
(Jesús, en dialecto
corso), como si quisiese exorcizar
el mal.
Y, recobrándose, manifestó
un total escepticismo; serán
necesarias pruebas repetidas
y flagrantes para que acepte
la realidad. « Estuve
tres días sin creerlo
», escribe a uno de
sus familiares. A pesar de
esto, no se resigna a perder
a Moreau. « Es
un genio en el campo de batalla,
pero en la vida común
es un hombre débil,
declara. ¡Su suegra
lo ha soliviantado contra
mí! ».
Era estrictamente cierto.
Decide entonces montar toda
una escena que terminase en
una deslumbrante reconciliación
con el descarriado; pero Moreau
se encierra en una altiva
y absurda negativa de reconocer
la evidencia. Y cuando condenan
a Moreau a dos años
de prisión, el Cónsul,
asqueado, se conformará
con agraciarlo, haciendo comprar
sus bienes a buen precio,
para que pueda expatriarse
a los Estados Unidos. El asunto
Moreau será para Napoleón
una cruel herida.
Pero
Moreau no es el único
a quien quiere salvar Bonaparte.
Pichegru, que ha intentado
en 1796 vender la República
a los Borbones, que se ha
refugiado en Inglaterra y
que ha regresado con Cadoudal
solamente para asesinar a
su antiguo compañero,
es también objeto de
la benevolencia consular.
Bonaparte se conmueve viendo
al conquistador de Holanda
caer tan bajo. Y piensa seriamente
en confiarle primeramente
un mando colonial para reintegrarlo
poco a poco en el ejército
francés. Pero Pichegru,
desesperado, se suicida en
la prisión. Perder
a un hombre de valor representa
para Napoleón un sufrimiento
personal. Para ganarse a un
hombre de talento está
dispuesto a cualquier cosa.
Lo confiesa él mismo:
« Cuando
necesito a alguien, no me
detengo en nimiedades, le
besaría el trasero
» (6).
Nada
inspira más horror
al Emperador que los sistemas
y prejuicios en nombre de
los cuales se rechaza a un
hombre de talento. Esta constante
preocupación se extiende
a todas las esferas, se aplica
a todas las actividades humanas.
Pero esta actitud es revolucionaria
para las costumbres de la
época. A finales del
siglo XVIII, las actividades
sociales están claramente
delimitadas de acuerdo con
unas complicadas jerarquías,
prerrogativas y particularismos
en perpetuo conflicto. Los
militares se consideran muy
superiores al resto de la
población y aspiran
a todos los honores y privilegios.
En el plano cultural, no está
muy lejos la época
en que poetas y artistas eran
los servidores de un señor
y. se hallaban, en la escala
social, más cerca de
los criados que del señor.
La ciencia no está
aún claramente delimitada
de la filosofía, ni
de la magia, y los sabios
no están asistidos
de mucha consideración.
En cuanto a los actores, que
siguen condenados por la Iglesia,
se les asimila a los charlatanes
de feria.
El
Emperador quiere cambiar este
estado de cosas. Para él
el talento debe ser alentado
sea cual fuere la dirección
en que actúe. Todo
creador, ya sea un gran general,
un gran industrial, un gran
pensador, un gran músico
o un gran comediante, debe
inspirar el mismo respeto
e igual estima. Napoleón
distribuye indistintamente
la Legión de honor
a los soldados valientes,
a los grandes industriales
y al actor genial. Pero tendrá
que luchar durante años
para imponer esa nueva mentalidad.
Cuando
condecoró a un comediante
como Talma o a un cantante
como el castrado Crescentini,
algunos oficiales manifestaron
su descontento, su indignación
incluso, ante la idea de llevar
la misma condecoración
que un actor y que un cantante.
Estas reticencias exasperan
a Napoleón.
«
¿Habría
que extender entonces la proscripción
a Grétry, a Paisiello,
a Méhul, a Lesueur,
nuestros más ilustres
compositores? A David, a Gros,
a Vernet, a Renaud, a Robert
Lefebvre, nuestros más
ilustres pintores, e incluso
a Lagrange, a Laplace, a Berthollet,
a Monge, a Vauquelin, a Chaptal,
a Guyton de Morveau, a Jouy,
a Baour-Lormian, a Fontanes,
a Sismondi, a Guinguené?
El soldado francés
no tendría sentimientos
dignos de él, si una
condecoración llevada
por tales hombres la hiciese
desmerecer ante sus ojos.
Si la Legión de honor
no fuese la recompensa tanto
de los servicios civiles como
militares, dejaría
de ser la Legión de
honor, pues sería una
extraña pretensión
por parte de los militares
la de asegurar que solamente
ellos tienen honor. Los soldados
analfabetos se sentían
orgullosos de recibir como
premio, por haber vertido
su sangre por la patria, la
misma condecoración
que los grandes talentos del
orden civil, y, a su vez,
éstos estimaban tanto
más esta recompensa
cuanto que era la condecoración
de los valientes.
La Legión de honor
era la propiedad de todo lo
que honraba, ilustraba a su
país, estaba a la cabeza
de su Estado, contribuía
a su prosperidad y a su gloria.
Lo que ha disgustado a ciertos
oficiales es que la condecoración
de la Legión de honor
fuese la misma para el oficial
y para el soldado. Pero si
algún día deja
de ser la recompensa de la
última jerarquía
de la milicia, y si por un
espíritu aristocrático
se instituye una medalla para
recompensar al soldado, del
mismo modo que si algún
día se priva de ella
al orden civil, dejará
de ser la Legión de
honor » (7).
Pero
incluso la idea de la Legión
de honor suscitó numerosas
críticas y oposiciones;
para hacer aprobar esa ley,
el Cónsul tuvo que
librar una ruda batalla.
Para comprender esta reacción,
hay que situarse en la psicología
posrevolucionaria. Se acababa
de abolir la nobleza, esa
élite, fundada sobre
la herencia, que había
dominado la civilización
occidental durante siglos.
Pero los mismos que han suprimido
esa élite, en el fondo,
no conciben otras, y piensan
que una élite fundada
sobre criterios distintos
a los del nombre y la raza
retornará inevitablemente
a las antiguas formas aristocráticas.
Condicionados por el principio
de la nobleza hereditaria,
están persuadidos de
que toda distinción
desemboca fatalmente en la
nobleza hereditaria. La idea
de una nobleza no hereditaria
que tenga al talento y la
inteligencia como única
referencia, no se les pasa
por la cabeza, de modo que
la Legión de honor
les parece una vuelta disfrazada
al Antiguo régimen,
tanto más que numerosos
revolucionarios alimentan
el temor de que el Cónsul
llame un día al pretendiente
y restaure a los Borbones.
Algunos
se burlan del decreto con
violencia. Al final de una
cena de gala, Moreau llama
a su cocinero: « ¡Para
agradecerte tus buenos servicios
te entrego esta cacerola de
honor! » Y acompañado
por las carcajadas de los
invitados, le tiende una cacerola
con un gran lazo... Bonaparte,
a quien cuentan inmediatamente
el incidente, se limita a
encogerse de hombros...
Este
reino del talento debe, según
Napoleón, sobrepasar
a la vez las castas y las
fronteras. En efecto, ya hay
otra aristocracia que trata
de reemplazar a la antigua:
la del dinero. El Emperador
lucha durante quince años
contra el poder de las finanzas.
«
Hay,
en general, una presunción
desfavorable hacia los que
manejan dinero. La riqueza
no puede convertirse en un
título. Quiero que
haya ricos, ya que es el único
medio de asegurar la existencia
de los pobres, pero no veo
en la riqueza un título
para la consideración,
ni para una distinción
política. Y en el tiempo
presente, semejante distinción
sería peor recibida
que cualquier otra. La riqueza
es, en primer lugar, el fruto
del robo, de la rapiña.
¿Quién es el
más rico? El que adquiere
propiedades nacionales, el
financiero; el financiero,
es decir, el ladrón.
¿Cómo fundar
sobre la riqueza así
adquirida una notabilidad?
» (8)
Durante quince años,
se esfuerza igualmente por
atraerse los mejores cerebros
europeos y distribuye la Legión
de honor entre numerosos extranjeros
eminentes, empezando por Goethe.
La Europa unificada debe ser,
ante todo, la Europa del talento.
La primera base de esta unificación,
de esta abolición de
fronteras, es la unión
de la intelligentsia
europea, porque la inteligencia
es el único lenguaje
común a todos. Por
esta razón proyecta
colocar a lo largo de los
muelles del Sena, cada cincuenta
metros, las estatuas de todos
los grandes hombres europeos,
hombres de Estado, generales,
pensadores, artistas, sabios,
etc. A partir de 1807, la
mayoría de los intelectuales
y artistas europeos se encuentran
en las Tullerías o
en Saint-Cloud. Los escritores
y artistas italianos están
seducidos por Napoleón
desde 1796. En Alemania muchos
intelectuales, violentamente
hostiles a Francia y a su
jefe, se dejan ganar finalmente
por el entusiasmo general
después de Tilsit.
El historiador Jean de MüIler,
que, durante la guerra franco-prusiana
de 1806, escribió contra
el Emperador injuriosas diatribas,
acepta con entusiasmo, un
año más tarde,
trabajar para aquél
a quien él ha tratado
de « anticristo ».
En cuanto a Hegel, proclama
que el triunfo de Napoleón
significa la consumación
de la Historia, la reconciliación
de todos los contrarios y
el comienzo del régimen
ideal...
Para
el Emperador, el talento debe
ser la nueva, la única
moral de la sociedad surgida
de la Revolución. Puesto
a elegir, prefiere un sinvergüenza
hábil a un honrado
imbécil.
«
Uno
de los mayores pasos que he
hecho dar a la sociedad ha
sido el de reintegrar al anonimato
de la multitud el falso brillo
de los hombres de dinero y
finanzas. Nunca consentí
en dar honores a ninguno de
ellos; de todas las aristocracias,
la del dinero me parecía
la peor.
El partido de los financieros
me ha guardado rencor desde
entonces. Pero lo que me ha
perdonado aún menos
es la severa inquisición
que hice ejercer en sus cuentas
con el gobierno.
Los hombres son siempre los
mismos. Los financieros se
han conducido siempre así
desde la época de los
faraones; pero en ninguna
época de la monarquía
se habían comportado
así con ellos, en ninguna
época fueron atacados
con formas tan legales ni
abordados con tanta energía
como por mí.
La opinión de la gente
de negocios era muy distinta
a la de los salones; los que
tenían moralidad y
honradez encontraban incluso
una garantía en la
extrema severidad y se vio
una prueba de ello al regreso
de la isla de Elba; casas
de Londres, de Amsterdam me
abrieron secretamente un crédito
de ochenta a cien millones
sin más rédito
que un siete u ocho por ciento
»... (9)
« La
mayor de las inmoralidades
es ejercer un oficio que no
se conoce »...
(10)
A
finales de 1805, mientras
Napoleón aplasta a
la coalición en Austerlitz,
Barbé-Marbois, ministro
del Tesoro, arrastra al país
a una aventura financiera
que roza el desastre. A su
regreso de Austerlitz, en
enero de 1806, el Emperador
convoca al ministro y a los
financieros culpables, a los
que cubre de reproches y amenazas.
- « Señor, os
he traído mi cabeza
» - exclama Barbé-Marbois...
- « ¡¿Y
qué quieres que haga
con ella, grandísimo
imbécil?! »
- fulminó Napoleón.
- « ¡Me atrevo
a esperar que Su Majestad
no me acusará de ser
un ladrón! »
- « ¡Lo
preferiría cien veces!
La falta de honradez tiene
un límite, la estupidez,
ninguno! »
En
Santa Elena, pensando en voz
alta, el cautivo evocará
muchas veces ese reinado del
talento que intentó
tan obstinadamente instaurar:
«
¡Qué
juventud dejo tras de mí!
¡Y es obra mía!
Su valía será
mi mejor venganza. Ante la
obra no quedará más
remedio que hacer justicia
al obrero, y el error o la
mala fe de los declamadores
y los calumniadores quedarán
aniquilados ante esos resultados.
Si solo hubiese pensado en
mí, en mi poder, como
han dicho y repiten incesantemente,
si realmente hubiese tenido
otra finalidad distinta que
el reinado de la razón
y del talento, hubiera procurado
ahogar las luces bajo el celemín.
En lugar de eso, siempre he
estado atareado en sacarles
a la luz del día, yeso
que no se ha hecho por esos
jóvenes todo lo que
yo había pensado. Mi
universidad, tal como yo la
había concebido, era
una obra de arte en sus combinaciones
y debiera haberlo sido en
sus resultados nacionales.
» (11)
«
Colmé
el precipicio de la anarquía
y puse orden en el caos. Limpié
la Revolución y ennoblecí
a los pueblos. ¡Alenté
todas las emulaciones, recompensé
todos los méritos e
hice retroceder los límites
de la gloria! ¡Todo
eso tiene su importancia!
¿Y en qué podrían
atacarme sin que cualquier
historiador pueda defenderme?
¿En mis intenciones?
Le sobra material para absolverme.
¿Mi despotismo? Demostrará
que la dictadura era absolutamente
necesaria. ¿Dirán
que coarté la libertad?
Pero él probará
que la licencia, la anarquía,
los grandes desórdenes,
estaban aún en la misma
puerta. ¿Me acusarán
de haber amado demasiado la
guerra? Demostrará
que siempre fui atacado. ¿De
haber querido la monarquía
universal? Probará
que solo fue obra fortuita
de las circunstancias; que
fueron nuestros propios enemigos
los que me condujeron a ello,
paso a paso. ¿Será
mi ambición, finalmente?
¡Ah!, sin duda, encontrará
ambición en mí,
y mucha, pero de la mejor
y más elevada que quizá
haya existido nunca: la de
establecer, consagrar, por
fin, el imperio de la razón
y el pleno ejercicio, el entero
goce de todas las facultades
humanas. ¡Y aquí,
quizá, el historiador
se verá reducido a
tener que lamentar que semejante
ambición no se haya
realizado y consumado!...
Pues bien, ésa es,
en pocas palabras, toda mi
historia ».
(12)
Además,
durante quince años,
en todo el Imperio napoleónico,
el talento será erigido
en verdadera religión.
Eso es lo que explica la especie
de irresistible fascinación
ejercida por el Emperador
a distancia. Todos los que,
con uno u otro título,
le sirvieron, contarán
más tarde la intensidad
con que se podía sentir
la presencia del señor
cuando Napoleón estaba
a dos mil kilómetros
de allí. El Emperador
está presente en todas
partes, porque todos saben
que es tan severo en su condena
de los errores como justo
en la apreciación del
trabajo realizado y rápido
en recompensar toda iniciativa
creadora. En este punto es
muy particular la psicología
napoleónica. Es, a
primera vista, una asombrosa
y paradójica mezcla
de extremo rigor y excesiva
indulgencia.
De
hecho, el Emperador está
dispuesto a perdonarlo todo,
a aceptarlo todo, a entenderlo
todo, siempre que encuentra
una inteligencia creadora.
El ejemplo que quizá
ilustre mejor esta actitud
es el de Chateaubriand.
Enviado por el Cónsul
a Roma como agregado de la
Embajada de Francia, el autor
de Atala presenta su dimisión
ruidosamente después
de la ejecución del
duque de Enghien. En realidad,
la muerte del príncipe
no es más que un pretexto.
Desde hace ya muchos meses,
René siente un oculto,
pero ardiente, rencor hacia
Bonaparte. Considera, en efecto,
que el puesto que legítimamente
la corresponde a él,
Chateaubriand, no está
en una Embajada, sino en el
gobierno, como ministro de
Asuntos exteriores por ejemplo.
Ahora bien, Bonaparte, que
siente una gran estima por
el escritor, tiene una pobre
opinión del mismo como
hombre de gobierno, y no se
equivoca. Chateaubriand sentirá
desde entonces por Napoleón
un odio y una antipatía
tan virulentos como desordenados.
Hasta 1814 recorrerá
los salones de la oposición;
apoyado sobre las chimeneas
en una postura cómoda,
profiere sombrías amenazas
y anuncia la « caída
del tirano ».
El Emperador lo apoda sonriendo:
« el
Casandra de las chimeneas
». Pero a pesar de las
palabras insultantes de René,
se niega a tomar represalias.
Más aún, paga
sus deudas y manifiesta una
de sus más terribles
cóleras al enterarse
de que, pensando agradarle,
quieren retirar la candidatura
de Chateaubriand a la Academia.
El mismo Napoleón obliga
a la Academia a recibir al
escritor rebelde. No por eso
deja Chateaubriand de desear
abiertamente el triunfo de
los enemigos de Francia y
de colmar al Emperador de
los peores ultrajes, pero
« el tirano »
se limita a encogerse de hombros
sonriendo. Es que para Napoleón,
el genio es intocable, sagrado...
Paralelamente,
la estupidez y la incapacidad
le inspiran un asco casi físico.
Cuando tropieza con insultos
estúpidos y vulgares,
se encuentra desarmado, paralizado
como un niño. El contacto
con la imbecilidad o la grosería
gratuita actúa sobre
él como una especie
de Gorgona que lo petrifica
literalmente y le priva de
todos sus medios. El 18 Brumario,
entregado en la Orangerie
de Saint-Cloud a los ultrajes
de los miembros del Consejo
de los Quinientos, se pone
a tartamudear, a temblar,
y termina por desmayarse.
En 1814, en Fontainebleau,
abdica ante la actitud injuriosa
de los mariscales. Sin embargo,
todo se podría ganar
aún en el plano militar;
todo el Ejército lo
aclama: que diga una palabra,
que dé una orden, y
todo el mundo avanzará
sobre París, donde
se librará la batalla
decisiva. Pero ante la grosera
incomprensión de sus
lugartenientes, de esos hombres
a los que quiere, a los que
ha dado fortuna y gloria,
Napoleón se siente
de pronto aplastado por un
peso insuperable: bastaría
con que se dirigiese a la
ventana para suscitar los
vivas de la guardia, y la
pretensión de los mariscales
quedaría reducida a
la nada. Pero envuelto, hipnotizado,
por así decido, por
el ultraje, abdica...
NOTAS:
1)
A Mme. Campan (Campan: Mémoires.)
2) A O’Meara, Santa
Elena. (O’Meara: La
voix de Sainte-Hélène.)
3) A Roederer, 1802. (Roeder:
Souvenirs.).
4) A la reina Hortensia. (La
reine Hortense: Mémoires.)
5) Carta a Moreau, 1800.
6) A Caulaincourt. (Caulaincourt:
Mémoires.)
7) A Las Cases, Santa Elena.
(Las Cases: Mémorial
de Santa Elena.)
8) A Roederer, noviembre de
1800. (Roeder: Souvenirs.)
9) A Las Cases, Santa Elena.
(Las Cases: Memorial de
Santa Elena.)
10) Carta a Cambacérès,
1813. (Cambacérès:
Mémoires.)
11) A Las Cases, Santa Elena.
(Las Cases: Memorial de
Santa Elena.)
12) A Gourgaud, Santa Elena.
(Gourgaud: Journal.)
Leer
del mismo autor:
-
El
imperio de la juventud
-
El
gran reconciliador