Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
“Los Amigos del INMF” – “Les Amis de l’INMF”
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
¡Apoye al INMF!  - Soutenez l'INMF!
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. & R. Jean-Christophe, Prince Napoléon..
EL IMPERIO DEL TALENTO

Por

Paul Ravignant

Gran collar de la Legión de Honor
 
El texto siguiente pertenece al excelente libro Ce que Napoléon a vraiment dit («Lo que Napoleón dijo verdaderamente»), de Paul Ravignant, publicado por las Editions Stock, en 1969. Presentamos a continuación el capítulo 2 en la traducción de Felicia de Casas.

Para Bonaparte, este triunfo de la juventud es el medio más seguro de imponer un principio, su único principio absoluto: el reinado del talento.
Según él, todas las ideas, teorías, religiones, opiniones políticas o filosóficas deben inclinarse ante el talento; considera que ese debe ser el criterio básico en materia de gobierno, de responsabilidad, de mérito.

«No conozco más títulos que los personales, ¡desgraciados de aquellos que no poseen ninguno! Los hombres que me rodean han adquirido los suyos en el campo del honor, han dado pruebas de su inteligencia y de su talento. La verdadera nobleza se encuentra en el espíritu; fuera de ahí no se encuentra en ningún otro sitio»(1).

«Creando una nobleza imperial, logré sustituir prejuicios antiguos y odiados por algo positivo y meritorio. Mis títulos nacionales restablecían precisamente esa igualdad que la nobleza feudal había proscrito. Toda la gente de mérito formaba parte de ella. Reemplacé los pergaminos por la inteligencia y las bellas acciones, y los intereses privados por los intereses de la patria. Ya nadie habría puesto su orgullo en una oscuridad imaginaria en la noche de los tiempos, sino en las más hermosas páginas de nuestra historia. Finalmente hice desaparecer la chocante pretensión de la sangre, idea absurda, porque solo existe una clase de hombres, ya que no vemos nacer a unos calzados con botas y a otros cargados con una albarda.
Nuestra época es la del mérito. Hay que permitir que los hijos de los campesinos lleguen a los primeros puestos por su talento y sus servicios. El gobierno perdería a la vieja nobleza si le permitiese invadir o simplemente imponerse a los sagrados derechos del talento. La nobleza, antes de la Revolución, se componía en gran parte de hombres ignorantes, frívolos, arrogantes, corrompidos. No conozco bien su actual composición para poder juzgar de la verdad de esta frase: “¡Nada han aprendido, nada han olvidado!” Veo, sin embargo, que, a pesar de los veinticinco años que han pasado en el exilio, han vuelto con los mismos principios. Si logran que éstos sean recibidos en el gobierno de Luis XVIII, será inevitable una nueva revolución.
Conozco bien a los franceses. Pasarán quizá seis, diez años, sin ninguna revuelta; pero estoy seguro de que si un ejército hiriera con sus principios la igualdad consagrada por la ley francesa, sería despedazado y arrojado al Sena. Yo saqué a la mayoría de mis generales de la calle. Dondequiera que haya encontrado el talento y el valor, lo he elevado y puesto en el lugar que le corresponde. Mi principio consistía en dejar camino abierto al talento. Es cierto que he elevado a algunos hombres de la vieja nobleza por espíritu de igualdad. Pero, por más que digan, nunca tuve gran confianza en ellos.
» (2)

«Quiero que el hijo de un campesino pueda decir: “Un día seré cardenal o mariscal de Francia o ministro.» (3)

Poco le importa que sea de derechas o de izquierdas, republicano o monárquico, creyente o ateo. ¿Hay un hombre con talento? Está dispuesto a confiarle las más altas funciones. Cuando el Emperador dice de alguien: «Sabe mucho», le está dedicando su mayor cumplido y homenaje. En este sentido prefiere el traidor inteligente al mediocre fiel. Conservará a Talleyrand y Fouché durante años, aún no ignorando nada de sus complots, y no los expulsará del gobierno hasta que hayan cometido faltas imposibles de tolerar sin debilidad y excesiva complacencia; incluso entonces no renunciará nunca a los consejos de esos dos hombres, a los que consultará continuamente y a los que hará partícipes de todas sus preocupaciones.

Después del 18 Brumario, Bonaparte, que se esfuerza en pacificar la Vendea, recibe a todos los jefes del ejército católico y monárquico. Y a todos propone no solamente la amnistía, sino importantes puestos de mando en su ejército. A Cadoudal, que trama abiertamente la muerte del Cónsul, le ofrece el grado de general de división. Esos ofrecimientos no son solamente un cálculo político, también son sinceros. Bonaparte se siente casi mal físicamente ante la idea de que un gran talento pueda permanecer inutilizado, o desviarse. Admira a Cadoudal, así como a la mayoría de los otros jefes chuanes –«gigantes» dirá a veces– y el hecho de que un hombre semejante sea su enemigo le hace sentirse profundamente desgraciado.
En 1804, cuando Cadoudal y. sus cómplices fueron condenados a muerte, el Emperador se lamentó varias veces de no poder indultados.

«Si hay uno al que quisiera perdonar, es a Jorge. Es el más valiente de todos ellos» (4).

Se ha dicho muchas veces que tenía celos de Moreau y que hizo todo lo posible para causar su desgracia. Nada más inexacto. El vencedor de Lodi, Rivoli, Aboukir y Marengo no tenía nada que envidiar a Moreau. Basta con leer la correspondencia entre Bonaparte y Moreau para comprobar que, muy al contrario, el Cónsul se empeñó durante años en tratar de seducir a Moreau, de convertido en su amigo. No deja escapar ninguna ocasión para felicitado y halagado. Lo cubre de regalos suntuosos y lo trata siempre como un igual. En los primeros días del Consulado le escribe:

«Hoy me encuentro convertido en una especie de maniquí que ha perdido su libertad y su felicidad. Las grandezas solo son hermosas en el recuerdo y en la imaginación. Envidio su suerte: acompañado por unos valientes va a realizar cosas hermosas. Cambiaría con gusto mi púrpura consular por un galón de brigada a vuestras órdenes» (5).

Cuando se entera de que Moreau está complicado en la conspiración de Cadoudal-Pichegru, se queda anonadado por el asombro y la incredulidad. Su primera reacción es santiguarse murmurando: «¡Ghiesu! ¡Ghiesu!» (Jesús, en dialecto corso), como si quisiese exorcizar el mal.
Y, recobrándose, manifestó un total escepticismo; serán necesarias pruebas repetidas y flagrantes para que acepte la realidad. «Estuve tres días sin creerlo», escribe a uno de sus familiares. A pesar de esto, no se resigna a perder a Moreau. «Es un genio en el campo de batalla, pero en la vida común es un hombre débil, declara. ¡Su suegra lo ha soliviantado contra mí!».
Era estrictamente cierto. Decide entonces montar toda una escena que terminase en una deslumbrante reconciliación con el descarriado; pero Moreau se encierra en una altiva y absurda negativa de reconocer la evidencia. Y cuando condenan a Moreau a dos años de prisión, el Cónsul, asqueado, se conformará con agraciarlo, haciendo comprar sus bienes a buen precio, para que pueda expatriarse a los Estados Unidos. El asunto Moreau será para Napoleón una cruel herida.

Pero Moreau no es el único a quien quiere salvar Bonaparte. Pichegru, que ha intentado en 1796 vender la República a los Borbones, que se ha refugiado en Inglaterra y que ha regresado con Cadoudal solamente para asesinar a su antiguo compañero, es también objeto de la benevolencia consular. Bonaparte se conmueve viendo al conquistador de Holanda caer tan bajo. Y piensa seriamente en confiarle primeramente un mando colonial para reintegrarlo poco a poco en el ejército francés. Pero Pichegru, desesperado, se suicida en la prisión. Perder a un hombre de valor representa para Napoleón un sufrimiento
personal. Para ganarse a un hombre de talento está dispuesto a cualquier cosa. Lo confiesa él mismo:

«Cuando necesito a alguien, no me detengo en nimiedades, le besaría el trasero» (6).

Nada inspira más horror al Emperador que los sistemas y prejuicios en nombre de los cuales se rechaza a un hombre de talento. Esta constante preocupación se extiende a todas las esferas, se aplica a todas las actividades humanas.
Pero esta actitud es revolucionaria para las costumbres de la época. A finales del siglo XVIII, las actividades sociales están claramente delimitadas de acuerdo con unas complicadas jerarquías, prerrogativas y particularismos en perpetuo conflicto. Los militares se consideran muy superiores al resto de la población y aspiran a todos los honores y privilegios. En el plano cultural, no está muy lejos la época en que poetas y artistas eran los servidores de un señor y. se hallaban, en la escala social, más cerca de los criados que del señor. La ciencia no está aún claramente delimitada de la filosofía, ni de la magia, y los sabios no están asistidos de mucha consideración. En cuanto a los actores, que siguen condenados por la Iglesia, se les asimila a los charlatanes de feria.

El Emperador quiere cambiar este estado de cosas. Para él el talento debe ser alentado sea cual fuere la dirección en que actúe. Todo creador, ya sea un gran general, un gran industrial, un gran pensador, un gran músico o un gran comediante, debe inspirar el mismo respeto e igual estima. Napoleón distribuye indistintamente la Legión de honor a los soldados valientes, a los grandes industriales y al actor genial. Pero tendrá que luchar durante años para imponer esa nueva mentalidad.

Cuando condecoró a un comediante como Talma o a un cantante como el castrado Crescentini, algunos oficiales manifestaron su descontento, su indignación incluso, ante la idea de llevar la misma condecoración que un actor y que un cantante. Estas reticencias exasperan a Napoleón.

«¿Habría que extender entonces la proscripción a Grétry, a Paisiello, a Méhul, a Lesueur, nuestros más ilustres compositores? A David, a Gros, a Vernet, a Renaud, a Robert Lefebvre, nuestros más ilustres pintores, e incluso a Lagrange, a Laplace, a Berthollet, a Monge, a Vauquelin, a Chaptal, a Guyton de Morveau, a Jouy, a Baour-Lormian, a Fontanes, a Sismondi, a Guinguené? El soldado francés no tendría sentimientos dignos de él, si una condecoración llevada por tales hombres la hiciese desmerecer ante sus ojos.
Si la Legión de honor no fuese la recompensa tanto de los servicios civiles como militares, dejaría de ser la Legión de honor, pues sería una extraña pretensión por parte de los militares la de asegurar que solamente ellos tienen honor. Los soldados analfabetos se sentían orgullosos de recibir como premio, por haber vertido su sangre por la patria, la misma condecoración que los grandes talentos del orden civil, y, a su vez, éstos estimaban tanto más esta recompensa cuanto que era la condecoración de los valientes.
La Legión de honor era la propiedad de todo lo que honraba, ilustraba a su país, estaba a la cabeza de su Estado, contribuía a su prosperidad y a su gloria.
Lo que ha disgustado a ciertos oficiales es que la condecoración de la Legión de honor fuese la misma para el oficial y para el soldado. Pero si algún día deja de ser la recompensa de la última jerarquía de la milicia, y si por un espíritu aristocrático se instituye una medalla para recompensar al soldado, del mismo modo que si algún día se priva de ella al orden civil, dejará de ser la Legión de honor
» (7).

Pero incluso la idea de la Legión de honor suscitó numerosas críticas y oposiciones; para hacer aprobar esa ley, el Cónsul tuvo que librar una ruda batalla.
Para comprender esta reacción, hay que situarse en la psicología posrevolucionaria. Se acababa de abolir la nobleza, esa élite, fundada sobre la herencia, que había dominado la civilización occidental durante siglos. Pero los mismos que han suprimido esa élite, en el fondo, no conciben otras, y piensan que una élite fundada sobre criterios distintos a los del nombre y la raza retornará inevitablemente a las antiguas formas aristocráticas. Condicionados por el principio de la nobleza hereditaria, están persuadidos de que toda distinción desemboca fatalmente en la nobleza hereditaria. La idea de una nobleza no hereditaria que tenga al talento y la inteligencia como única referencia, no se les pasa por la cabeza, de modo que la Legión de honor les parece una vuelta disfrazada al Antiguo régimen, tanto más que numerosos revolucionarios alimentan el temor de que el Cónsul llame un día al pretendiente y restaure a los Borbones.

Algunos se burlan del decreto con violencia. Al final de una cena de gala, Moreau llama a su cocinero: «¡Para agradecerte tus buenos servicios te entrego esta cacerola de honor!» Y acompañado por las carcajadas de los invitados, le tiende una cacerola con un gran lazo... Bonaparte, a quien cuentan inmediatamente el incidente, se limita a encogerse de hombros...

Este reino del talento debe, según Napoleón, sobrepasar a la vez las castas y las fronteras. En efecto, ya hay otra aristocracia que trata de reemplazar a la antigua: la del dinero. El Emperador lucha durante quince años contra el poder de las finanzas.

«Hay, en general, una presunción desfavorable hacia los que manejan dinero. La riqueza no puede convertirse en un título. Quiero que haya ricos, ya que es el único medio de asegurar la existencia de los pobres, pero no veo en la riqueza un título para la consideración, ni para una distinción política. Y en el tiempo presente, semejante distinción sería peor recibida que cualquier otra. La riqueza es, en primer lugar, el fruto del robo, de la rapiña. ¿Quién es el más rico? El que adquiere propiedades nacionales, el financiero; el financiero, es decir, el ladrón. ¿Cómo fundar sobre la riqueza así adquirida una notabilidad?» (8)

Durante quince años, se esfuerza igualmente por atraerse los mejores cerebros europeos y distribuye la Legión de honor entre numerosos extranjeros eminentes, empezando por Goethe. La Europa unificada debe ser, ante todo, la Europa del talento. La primera base de esta unificación, de esta abolición de fronteras, es la unión de la intelligentsia europea, porque la inteligencia es el único lenguaje común a todos. Por esta razón proyecta colocar a lo largo de los muelles del Sena, cada cincuenta metros, las estatuas de todos los grandes hombres europeos, hombres de Estado, generales, pensadores, artistas, sabios, etc. A partir de 1807, la mayoría de los intelectuales y artistas europeos se encuentran en las Tullerías o en Saint-Cloud. Los escritores y artistas italianos están seducidos por Napoleón desde 1796. En Alemania muchos intelectuales, violentamente hostiles a Francia y a su jefe, se dejan ganar finalmente por el entusiasmo general después de Tilsit. El historiador Jean de MüIler, que, durante la guerra franco-prusiana de 1806, escribió contra el Emperador injuriosas diatribas, acepta con entusiasmo, un año más tarde, trabajar para aquél a quien él ha tratado de «anticristo». En cuanto a Hegel, proclama que el triunfo de Napoleón significa la consumación de la Historia, la reconciliación de todos los contrarios y el comienzo del régimen ideal...

Para el Emperador, el talento debe ser la nueva, la única moral de la sociedad surgida de la Revolución. Puesto a elegir, prefiere un sinvergüenza hábil a un honrado imbécil.

«Uno de los mayores pasos que he hecho dar a la sociedad ha sido el de reintegrar al anonimato de la multitud el falso brillo de los hombres de dinero y finanzas. Nunca consentí en dar honores a ninguno de ellos; de todas las aristocracias, la del dinero me parecía la peor.
El partido de los financieros me ha guardado rencor desde entonces. Pero lo que me ha perdonado aún menos es la severa inquisición que hice ejercer en sus cuentas con el gobierno.
Los hombres son siempre los mismos. Los financieros se han conducido siempre así desde la época de los faraones; pero en ninguna época de la monarquía se habían comportado así con ellos, en ninguna época fueron atacados con formas tan legales ni abordados con tanta energía como por mí.
La opinión de la gente de negocios era muy distinta a la de los salones; los que tenían moralidad y honradez encontraban incluso una garantía en la extrema severidad y se vio una prueba de ello al regreso de la isla de Elba; casas de Londres, de Amsterdam me abrieron secretamente un crédito de ochenta a cien millones sin más rédito que un siete u ocho por ciento
»... (9)
«La mayor de las inmoralidades es ejercer un oficio que no se conoce»... (10)

A finales de 1805, mientras Napoleón aplasta a la coalición en Austerlitz, Barbé-Marbois, ministro del Tesoro, arrastra al país a una aventura financiera que roza el desastre. A su regreso de Austerlitz, en enero de 1806, el Emperador convoca al ministro y a los financieros culpables, a los que cubre de reproches y amenazas.
- «Señor, os he traído mi cabeza» - exclama Barbé-Marbois...
- «¡¿Y qué quieres que haga con ella, grandísimo imbécil?!» - fulminó Napoleón.
- «¡Me atrevo a esperar que Su Majestad no me acusará de ser un ladrón!»
- «¡Lo preferiría cien veces! La falta de honradez tiene un límite, la estupidez, ninguno!»

En Santa Elena, pensando en voz alta, el cautivo evocará muchas veces ese reinado del talento que intentó tan obstinadamente instaurar:

«¡Qué juventud dejo tras de mí! ¡Y es obra mía! Su valía será mi mejor venganza. Ante la obra no quedará más remedio que hacer justicia al obrero, y el error o la mala fe de los declamadores y los calumniadores quedarán aniquilados ante esos resultados.
Si solo hubiese pensado en mí, en mi poder, como han dicho y repiten incesantemente, si realmente hubiese tenido otra finalidad distinta que el reinado de la razón y del talento, hubiera procurado ahogar las luces bajo el celemín. En lugar de eso, siempre he estado atareado en sacarles a la luz del día, yeso que no se ha hecho por esos jóvenes todo lo que yo había pensado. Mi universidad, tal como yo la había concebido, era una obra de arte en sus combinaciones y debiera haberlo sido en sus resultados nacionales.
» (11)

«Colmé el precipicio de la anarquía y puse orden en el caos. Limpié la Revolución y ennoblecí a los pueblos. ¡Alenté todas las emulaciones, recompensé todos los méritos e hice retroceder los límites de la gloria! ¡Todo eso tiene su importancia! ¿Y en qué podrían atacarme sin que cualquier historiador pueda defenderme? ¿En mis intenciones? Le sobra material para absolverme. ¿Mi despotismo? Demostrará que la dictadura era absolutamente necesaria. ¿Dirán que coarté la libertad? Pero él probará que la licencia, la anarquía, los grandes desórdenes, estaban aún en la misma puerta. ¿Me acusarán de haber amado demasiado la guerra? Demostrará que siempre fui atacado. ¿De haber querido la monarquía universal? Probará que solo fue obra fortuita de las circunstancias; que fueron nuestros propios enemigos los que me condujeron a ello, paso a paso. ¿Será mi ambición, finalmente? ¡Ah!, sin duda, encontrará ambición en mí, y mucha, pero de la mejor y más elevada que quizá haya existido nunca: la de establecer, consagrar, por fin, el imperio de la razón y el pleno ejercicio, el entero goce de todas las facultades humanas. ¡Y aquí, quizá, el historiador se verá reducido a tener que lamentar que semejante ambición no se haya realizado y consumado!... Pues bien, ésa es, en pocas palabras, toda mi historia». (12)

Además, durante quince años, en todo el Imperio napoleónico, el talento será erigido en verdadera religión. Eso es lo que explica la especie de irresistible fascinación ejercida por el Emperador a distancia. Todos los que, con uno u otro título, le sirvieron, contarán más tarde la intensidad con que se podía sentir la presencia del señor cuando Napoleón estaba a dos mil kilómetros de allí. El Emperador está presente en todas partes, porque todos saben que es tan severo en su condena de los errores como justo en la apreciación del trabajo realizado y rápido en recompensar toda iniciativa creadora. En este punto es muy particular la psicología napoleónica. Es, a primera vista, una asombrosa y paradójica mezcla de extremo rigor y excesiva indulgencia.

De hecho, el Emperador está dispuesto a perdonarlo todo, a aceptarlo todo, a entenderlo todo, siempre que encuentra una inteligencia creadora. El ejemplo que quizá ilustre mejor esta actitud es el de Chateaubriand.
Enviado por el Cónsul a Roma como agregado de la Embajada de Francia, el autor de Atala presenta su dimisión ruidosamente después de la ejecución del duque de Enghien. En realidad, la muerte del príncipe no es más que un pretexto. Desde hace ya muchos meses, René siente un oculto, pero ardiente, rencor hacia Bonaparte. Considera, en efecto, que el puesto que legítimamente la corresponde a él, Chateaubriand, no está en una Embajada, sino en el gobierno, como ministro de Asuntos exteriores por ejemplo. Ahora bien, Bonaparte, que siente una gran estima por el escritor, tiene una pobre opinión del mismo como hombre de gobierno, y no se equivoca. Chateaubriand sentirá desde entonces por Napoleón un odio y una antipatía tan virulentos como desordenados. Hasta 1814 recorrerá los salones de la oposición; apoyado sobre las chimeneas en una postura cómoda, profiere sombrías amenazas y anuncia la «caída del tirano».
El Emperador lo apoda sonriendo: «el Casandra de las chimeneas». Pero a pesar de las palabras insultantes de René, se niega a tomar represalias. Más aún, paga sus deudas y manifiesta una de sus más terribles cóleras al enterarse de que, pensando agradarle, quieren retirar la candidatura de Chateaubriand a la Academia. El mismo Napoleón obliga a la Academia a recibir al escritor rebelde. No por eso deja Chateaubriand de desear abiertamente el triunfo de los enemigos de Francia y de colmar al Emperador de los peores ultrajes, pero «el tirano» se limita a encogerse de hombros sonriendo. Es que para Napoleón, el genio es intocable, sagrado...

Paralelamente, la estupidez y la incapacidad le inspiran un asco casi físico. Cuando tropieza con insultos estúpidos y vulgares, se encuentra desarmado, paralizado como un niño. El contacto con la imbecilidad o la grosería gratuita actúa sobre él como una especie de Gorgona que lo petrifica literalmente y le priva de todos sus medios. El 18 Brumario, entregado en la Orangerie de Saint-Cloud a los ultrajes de los miembros del Consejo de los Quinientos, se pone a tartamudear, a temblar, y termina por desmayarse. En 1814, en Fontainebleau, abdica ante la actitud injuriosa de los mariscales. Sin embargo, todo se podría ganar aún en el plano militar; todo el Ejército lo aclama: que diga una palabra, que dé una orden, y todo el mundo avanzará sobre París, donde se librará la batalla decisiva. Pero ante la grosera incomprensión de sus lugartenientes, de esos hombres a los que quiere, a los que ha dado fortuna y gloria, Napoleón se siente de pronto aplastado por un peso insuperable: bastaría con que se dirigiese a la ventana para suscitar los vivas de la guardia, y la pretensión de los mariscales quedaría reducida a la nada. Pero envuelto, hipnotizado, por así decido, por el ultraje, abdica...

NOTAS:

1) A Mme. Campan (Campan: Mémoires.)
2) A O’Meara, Santa Elena. (O’Meara: La voix de Sainte-Hélène.)
3) A Roederer, 1802. (Roeder: Souvenirs.).
4) A la reina Hortensia. (La reine Hortense: Mémoires.)
5) Carta a Moreau, 1800.
6) A Caulaincourt. (Caulaincourt: Mémoires.)
7) A Las Cases, Santa Elena. (Las Cases: Mémorial de Santa Elena.)
8) A Roederer, noviembre de 1800. (Roeder: Souvenirs.)
9) A Las Cases, Santa Elena. (Las Cases: Memorial de Santa Elena.)
10) Carta a Cambacérès, 1813. (Cambacérès: Mémoires.)
11) A Las Cases, Santa Elena. (Las Cases: Memorial de Santa Elena.)
12) A Gourgaud, Santa Elena. (Gourgaud: Journal.)

Leer del mismo autor:

- El imperio de la juventud

- El gran reconciliador

Regresar a Historia general