|
|
| Gran
collar de la Legión de
Honor |
|
|
El
texto siguiente pertenece
al excelente libro “Ce
que Napoléon a vraiment
dit” (Lo
que Napoleón dijo verdaderamente),
de Paul Ravignant, publicado
por las Editions Stock, en
1969. Presentamos a continuación
el capítulo 2 en la
traducción de Felicia
de Casas. |
|
Para
Bonaparte, este triunfo de la juventud
es el medio más seguro de imponer
un principio, su único principio
absoluto: el reinado del talento.
Según él, todas las ideas,
teorías, religiones, opiniones
políticas o filosóficas
deben inclinarse ante el talento; considera
que ese debe ser el criterio básico
en materia de gobierno, de responsabilidad,
de mérito.
No
conozca más títulos que
los personales, ¡desgraciados de
aquellos que no poseen ninguno! Los hombres
que me rodean han adquirido ]os suyos
en el campo del honor, han dado pruebas
de su inteligencia y de su talento. La
verdadera nobleza se encuentra en el espíritu;
fuera de ahí no se encuentra en
ningún otro sitio (1).
Creando
una nobleza imperial, logré sustituir
prejuicios antiguos y odiados por algo
positivo y meritorio. Mis títulos
nacionales restablecían precisamente
esa igualdad que la nobleza feudal había
proscrito. Toda la gente de mérito
formaba parte de ella. Reemplacé
los pergaminos por la inteligencia y las
bellas acciones, y los intereses privados
por los intereses de la patria. Ya nadie
habría puesto su orgullo en una
oscuridad imaginaria en la noche de los
tiempos, sino en las más hermosas
páginas de nuestra historia. Finalmente
hice desaparecer la chocante pretensión
de la sangre, idea absurda, porque solo
existe una clase de hombres, ya que no
vemos nacer a unos calzados con botas
y a otros cargados con una albarda.
Nuestra época es la del mérito.
Hay que permitir que los hijos de los
campesinos lleguen a los primeros puestos
por su talento y sus servicios. El gobierno
perdería a la vieja nobleza si
le permitiese invadir o simplemente imponerse
a los sagrados derechos del talento. La
nobleza, antes de la Revolución,
se componía en gran parte de hombres
ignorantes, frívolos, arrogantes,
corrompidos. No conozco bien su actual
composición para poder juzgar de
la verdad de esta frase: “¡Nada
han aprendido, nada han olvidado!”
Veo, sin embargo, que, a pesar de los
veinticinco años que han pasado
en el exilio, han vuelto con los mismos
principios. Si logran que éstos
sean recibidos en el gobierno de Luis
XVIII, será inevitable una nueva
revolución.
Conozco bien a los franceses. Pasarán
quizá seis, diez años, sin
ninguna revuelta; pero estoy seguro de
que si un ejército hiriera con
sus principios la igualdad consagrada
por la ley francesa, sería despedazado
y arrojado al Sena. Yo saqué a
la mayoría de mis generales de
la calle. Dondequiera que haya encontrado
el talento y el valor, lo he elevado y
puesto en el lugar que le corresponde.
Mi principio consistía en dejar
camino abierto al talento. Es cierto que
he elevado a algunos hombres de la vieja
nobleza por espíritu de igualdad.
Pero, por más que digan, nunca
tuve gran confianza en ellos (2).
Quiero
que el hijo de un campesino pueda decir:
“Un día seré cardenal
o mariscal de Francia o ministro.”
(3)
Poco le
importa que sea de derechas o de izquierdas,
republicano o monárquico, creyente
o ateo. ¿Hay un hombre con talento?
Está dispuesto a confiarle las
más altas funciones. Cuando el
Emperador dice de alguien: “Sabe
mucho”, le está dedicando
su mayor cumplido y homenaje. En este
sentido prefiere el traidor inteligente
al mediocre fiel. Conservará a
Talleyrand y Fouché durante años,
aún no ignorando nada de sus complots,
y no los expulsará del gobierno
hasta que hayan cometido faltas imposibles
de tolerar sin debilidad y excesiva complacencia;
incluso entonces no renunciará
nunca a los consejos de esos dos hombres,
a los que consultará continuamente
y a los que hará partícipes
de todas sus preocupaciones.
Después
del 18 Brumario, Bonaparte, que se esfuerza
en pacificar la Vendea, recibe a todos
los jefes del ejército católico
y monárquico. Y a todos propone
no solamente la amnistía, sino
importantes puestos de mando en su ejército.
A Cadoudal, que trama abiertamente la
muerte del Cónsul, le ofrece el
grado de general de división. Esos
ofrecimientos no son solamente un cálculo
político, también son sinceros.
Bonaparte se siente casi mal físicamente
ante la idea de que un gran talento pueda
permanecer inutilizado, o desviarse. Admira
a Cadoudal, así como a la mayoría
de los otros jefes chuanes –“gigantes”
dirá a veces- y el hecho de que
un hombre semejante sea su enemigo le
hace sentirse profundamente desgraciado.
En 1804, cuando Cadoudal y. sus cómplices
fueron condenados a muerte, el Emperador
se lamentó varias veces de no poder
indultados.
Si
hay uno al que quisiera perdonar, es a
Jorge. Es el más valiente de todos
ellos (4).
Se ha
dicho muchas veces que tenía celos
de Moreau y que hizo todo lo posible para
causar su desgracia. Nada más inexacto.
El vencedor de Lodi, Rivoli, Aboukir y
Marengo no tenía nada que envidiar
a Moreau. Basta con leer la correspondencia
entre Bonaparte y Moreau para comprobar
que, muy al contrario, el Cónsul
se empeñó durante años
en tratar de seducir a Moreau, de convertido
en su amigo. No deja escapar ninguna ocasión
para felicitado y halagado. Lo cubre de
regalos suntuosos y lo trata siempre como
un igual. En los primeros días
del Consulado le escribe:
Hoy
me encuentro convertido en una especie
de maniquí que ha perdido su libertad
y su felicidad. Las grandezas solo son
hermosas en el recuerdo y en la imaginación.
Envidio su suerte: acompañado por
unos valientes va a realizar cosas hermosas.
Cambiaría con gusto mi púrpura
consular por un galón de brigada
a vuestras órdenes (5).
Cuando
se entera de que Moreau está complicado
en la conspiración de Cadoudal-Pichegru,
se queda anonadado por el asombro y la
incredulidad. Su primera reacción
es santiguarse murmurando: “Ghiesu!
Ghiesu!” (Jesús, en
dialecto corso), como si quisiese exorcizar
el mal.
Y, recobrándose, manifestó
un total escepticismo. .serán necesarias
pruebas repetidas y flagrantes para que
acepte la realidad. “Estuve tres
días sin creerlo”, escribe
a uno de sus familiares. A pesar de esto,
no se resigna a perder a Moreau. “Es
un genio en el campo de batalla, pero
en la vida común es un hombre débil,
declara. ¡Su suegra lo ha soliviantado
contra mí!”.
Era estrictamente cierto. Decide entonces
montar toda una escena que terminase en
una deslumbrante reconciliación
con el descarriado; pero Moreau se encierra
en una altiva y absurda negativa de reconocer
la evidencia. Y cuando condenan a Moreau
a dos años de prisión, el
Cónsul, asqueado, se conformará
con agraciarlo, haciendo comprar sus bienes
a buen precio, para que pueda expatriarse
a los Estados Unidos. El asunto Moreau
será para Napoleón una cruel
herida.
Pero Moreau
no es el único a quien quiere salvar
Bonaparte. Pichegru, que ha intentado
en 1796 vender la República a los
Borbones, que se ha refugiado en Inglaterra
y que ha regresado con Cadoudal solamente
para asesinar a su antiguo compañero,
es también objeto de la benevolencia
consular. Bonaparte se conmueve viendo
al conquistador de Holanda caer tan bajo.
Y piensa seriamente en confiarle primeramente
un mando colonial para reintegrarlo poco
a poco en el ejército francés.
Pero Pichegru, desesperado, se suicida
en la prisión. Perder a un hombre
de valor representa para Napoleón
un sufrimiento
personal. Para ganarse a un hombre de
talento está dispuesto a cualquier
cosa. Lo confiesa él mismo:
Cuando
necesito a alguien, no me detengo en nimiedades,
le besaría el trasero (6).
Nada inspira
más horror al Emperador que los
sistemas y prejuicios en nombre de los
cuales se rechaza a un hombre de talento.
Esta constante preocupación se
extiende a todas las esferas, se aplica
a todas las actividades humanas.
Pero esta actitud es revolucionaria para
las costumbres de la época. A finales
del siglo XVIII, las actividades sociales
están claramente delimitadas de
acuerdo con unas complicadas jerarquías,
prerrogativas y particularismos en perpetuo
conflicto. Los militares se consideran
muy superiores al resto de la población
y aspiran a todos los honores y privilegios.
En el plano cultural, no está muy
lejos la época en que poetas y
artistas eran los servidores de un señor
y. se hallaban, en la escala social, más
cerca de los criados que del señor.
La ciencia no está aún claramente
delimitada de la filosofía, ni
de la magia, y los sabios no están
asistidos de mucha consideración.
En cuanto a los actores, que siguen condenados
por la Iglesia, se les asimila a los charlatanes
de feria.
El Emperador
quiere cambiar este estado de cosas. Para
él el talento debe ser alentado
sea cual fuere la dirección en
que actúe. Todo creador, ya sea
un gran general, un gran industrial, un
gran pensador, un gran músico o
un gran comediante, debe inspirar el mismo
respeto e igual estima. Napoleón
distribuye indistintamente la Legión
de honor a los soldados valientes, a los
grandes industriales y al actor genial.
Pero tendrá que luchar durante
años para imponer esa nueva mentalidad.
Cuando
condecoró a un comediante como
Talma o a un cantante como el castrado
Crescentini, algunos oficiales manifestaron
su descontento, su indignación
incluso, ante la idea de llevar la misma
condecoración que un actor y que
un cantante. Estas reticencias exasperan
a Napoleón.
¿Habría
que extender entonces la proscripción
a Grétry, a Paisiello, a Méhul,
a Lesueur, nuestros más ilustres
compositores? A David, a Gros, a Vernet,
a Renaud, a Robert Lefebvre, nuestros
más ilustres pintores, e incluso
a Lagrange, a Laplace, a Berthollet, a
Monge, a Vauquelin, a Chaptal, a Guyton
de Morveau, a Jouy, a Baour-Lormian, a
Fontanes, a Sismondi, a Guinguené?
El soldado francés no tendría
sentimientos dignos de él, si una
condecoración llevada por tales
hombres la hiciese desmerecer ante sus
ojos.
Si la Legión de honor no fuese
la recompensa tanto de los servicios civiles
como militares, dejaría de ser
la Legión de honor, pues sería
una extraña pretensión por
parte de los militares la de asegurar
que solamente ellos tienen honor. Los
soldados analfabetos se sentían
orgullosos de recibir como premio, por
haber vertido su sangre por la patria,
la misma condecoración que los
grandes talentos del orden civil, y, a
su vez, éstos estimaban tanto más
esta recompensa cuanto que era la condecoración
de los valientes.
La Legión de honor era la propiedad
de todo lo que honraba, ilustraba a su
país, estaba a la cabeza de su
Estado, contribuía a su prosperidad
y a su gloria.
Lo que ha disgustado a ciertos oficiales
es que la condecoración de la Legión
de honor fuese la misma para el oficial
y para el soldado. Pero si algún
día deja de ser la recompensa de
la última jerarquía de la
milicia, y si por un espíritu aristocrático
se instituye una medalla para recompensar
al soldado, del mismo modo que si algún
día se priva de ella al orden civil,
dejará de ser la Legión
de honor (7).
Pero incluso
la idea de la Legión de honor suscitó
numerosas críticas y oposiciones;
para hacer aprobar esa ley, el Cónsul
tuvo que librar una ruda batalla.
Para comprender esta reacción,
hay que situarse en la psicología
posrevolucionaria. Se acababa de abolir
la nobleza, esa élite, fundada
sobre la herencia, que había dominado
la civilización occidental durante
siglos. Pero los mismos que han suprimido
esa élite, en el fondo, no conciben
otras, y piensan que una élite
fundada sobre criterios distintos a los
del nombre y la raza retornará
inevitablemente a las antiguas formas
aristocráticas. Condicionados por
el principio de la nobleza hereditaria,
están persuadidos de que toda distinción
desemboca fatalmente en la nobleza hereditaria.
La idea de una nobleza no hereditaria
que tenga al talento y la inteligencia
como única referencia, no se les
pasa por la cabeza, de modo que la Legión
de honor les parece una vuelta disfrazada
al Antiguo régimen, tanto más
que numerosos revolucionarios alimentan
el temor de que el Cónsul llame
un día al pretendiente y restaure
a los Borbones.
Algunos
se burlan del decreto con violencia. Al
final de una cena de gala, Moreau llama
a su cocinero: “Para agradecerte
tus buenos servicios te entrego esta cacerola
de honor!” Y acompañado
por las carcajadas de los invitados, le
tiende una cacerola con un gran lazo...
Bonaparte, a quien cuentan inmediatamente
el incidente, se limita a encogerse de
hombros...
Este reino
del talento debe, según Napoleón,
sobrepasar a la vez las castas y las fronteras.
En efecto, ya hay otra aristocracia que
trata de reemplazar a la antigua: la del
dinero. El Emperador lucha durante quince
años contra el poder de las finanzas.
Hay,
en general, una presunción desfavorable
hacia los que manejan dinero. La riqueza
no puede convertirse en un título.
Quiero que haya ricos, ya que es el único
medio de asegurar la existencia de los
pobres, pero no veo en la riqueza un título
para la consideración, ni para
una distinción política.
Y en el tiempo presente, semejante distinción
sería peor recibida que cualquier
otra. La riqueza es, en primer lugar,
el fruto del robo, de la rapiña.
¿Quién es el más
rico? El que adquiere propiedades nacionales,
el financiero; el financiero, es decir,
el ladrón. ¿Cómo
fundar sobre la riqueza así adquirida
una notabilidad? (8)
Durante
quince años, se esfuerza igualmente
por atraerse los mejores cerebros europeos
y distribuye la Legión de honor
entre numerosos extranjeros eminentes,
empezando por Goethe. La Europa unificada
debe ser, ante todo, la Europa del talento.
La primera base de esta unificación,
de esta abolición de fronteras,
es la unión de la intelligentsia
europea, porque la inteligencia es el
único lenguaje común a todos.
Por esta razón proyecta colocar
a lo largo de los muelles del Sena, cada
cincuenta metros, las estatuas de todos
los grandes hombres europeos, hombres
de Estado, generales, pensadores, artistas,
sabios, etc. A partir de 1807, la mayoría
de los intelectuales y artistas europeos
se encuentran en las Tullerías
o en Saint-Cloud. Los escritores y artistas
italianos están seducidos por Napoleón
desde 1796. En Alemania muchos intelectuales,
violentamente hostiles a Francia y a su
jefe, se dejan ganar finalmente por el
entusiasmo general después de Tilsit.
El historiador Jean de MüIler, que,
durante la guerra franco-prusiana de 1806,
escribió contra el Emperador injuriosas
diatribas, acepta con entusiasmo, un año
más tarde, trabajar para aquél
a quien él ha tratado de “anticristo”.
En cuanto a Hegel, proclama que el triunfo
de Napoleón significa la consumación
de la Historia, la reconciliación
de todos los contrarios y el comienzo
del régimen ideal...
Para el
Emperador, el talento debe ser la nueva,
la única moral de la sociedad surgida
de la Revolución. Puesto a elegir,
prefiere un sinvergüenza hábil
a un honrado imbécil.
Uno
de los mayores pasos que he hecho dar
a la sociedad ha sido el de reintegrar
al anonimato de la multitud el falso brillo
de los hombres de dinero y finanzas. Nunca
consentí en dar honores a ninguno
de ellos; de todas las aristocracias,
la del dinero me parecía la peor.
El partido de los financieros me ha guardado
rencor desde entonces. Pero lo que me
ha perdonado aún menos es la severa
inquisición que hice ejercer en
sus cuentas con el gobierno.
Los hombres son siempre los mismos. Los
financieros se han conducido siempre así
desde la época de los faraones;
pero en ninguna época de la monarquía
se habían comportado así
con ellos, en ninguna época fueron
atacados con formas tan legales ni abordados
con tanta energía como por mí.
La opinión de la gente de negocios
era muy distinta a la de los salones;
los que tenían moralidad y honradez
encontraban incluso una garantía
en la extrema severidad y se vio una prueba
de ello al regreso de la isla de Elba;
casas de Londres, de Amsterdam me abrieron
secretamente un crédito de ochenta
a cien millones sin más rédito
que un siete u ocho por ciento (9)...
La mayor de las inmoralidades es ejercer
un oficio que no se conoce (10).
A finales
de 1805, mientras Napoleón aplasta
a la coalición en Austerlitz, Barbé-Marbois,
ministro del Tesoro, arrastra al país
a una aventura financiera que roza el
desastre. A su regreso de Austerlitz,
en enero de 1806, el Emperador convoca
al ministro y a los financieros culpables,
a los que cubre de reproches y amenazas.
-“Señor, os he traído
mi cabeza -exclama Barbé-Marbois...
-“¡Y qué quieres
que haga con ella, grandísimo imbécil!
- fulminó Napoleón.
-“¡Me atrevo a esperar
que Su Majestad no me acusará de
ser un ladrón!
-“¡Lo preferiría
cien veces! La falta de honradez tiene
un límite, la estupidez, ninguno!”
En Santa
Elena, pensando en voz alta, el cautivo
evocará muchas veces ese reinado
del talento que intentó tan obstinadamente
instaurar:
¡Qué
juventud dejo tras de mí! ¡Y
es obra mía! Su valía será
mi mejor venganza. Ante la obra no quedará
más remedio que hacer justicia
al obrero, y el error o la mala fe de
los declamadores y los calumniadores quedarán
aniquilados ante esos resultados.
Si solo hubiese pensado en mí,
en mi poder, como han dicho y repiten
incesantemente, si realmente hubiese tenido
otra finalidad distinta que el reinado
de la razón y del talento, hubiera
procurado ahogar las luces bajo el celemín.
En lugar de eso, siempre he estado atareado
en sacarles a la luz del día, yeso
que no se ha hecho por esos jóvenes
todo lo que yo había pensado. Mi
universidad, tal como yo la había
concebido, era una obra de arte en sus
combinaciones y debiera haberlo sido en
sus resultados nacionales (11).
Colmé
el precipicio de la anarquía y
puse orden en el caos. Limpié la
Revolución y ennoblecí a
los pueblos. ¡Alenté todas
las emulaciones, recompensé todos
los méritos e hice retroceder los
límites de la gloria! ¡Todo
eso tiene su importancia! ¿Y en
qué podrían atacarme sin
que cualquier historiador pueda defenderme?
¿En mis intenciones? Le sobra material
para absolverme. ¿Mi despotismo?
Demostrará que la dictadura era
absolutamente necesaria. ¿Dirán
que coarté la libertad? Pero él
probará que la licencia, la anarquía,
los grandes desórdenes, estaban
aún en la misma puerta. ¿Me
acusarán de haber amado demasiado
la guerra? Demostrará que siempre
fui atacado. ¿De haber querido
la monarquía universal? Probará
que solo fue obra fortuita de las circunstancias;
que fueron nuestros propios enemigos los
que me condujeron a ello, paso a paso.
¿Será mi ambición,
finalmente? ¡Ah!, sin duda, encontrará
ambición en mí, y mucha,
pero de la mejor y más elevada
que quizá haya existido nunca:
la de establecer, consagrar, por fin,
el imperio de la razón y el pleno
ejercicio, el entero goce de todas las
facultades humanas. ¡Y aquí,
quizá, el historiador se verá
reducido a tener que lamentar que semejante
ambición no se haya realizado y
consumado!... Pues bien, ésa es,
en pocas palabras, toda mi historia (12).
Además,
durante quince años, en todo el
Imperio napoleónico, el talento
será erigido en verdadera religión.
Eso es lo que explica la especie de irresistible
fascinación ejercida por el Emperador
a distancia. Todos los que, con uno u
otro título, le sirvieron, contarán
más tarde la intensidad con que
se podía sentir la presencia del
señor cuando Napoleón estaba
a dos mil kilómetros de allí.
El Emperador está presente en todas
partes, porque todos saben que es tan
severo en su condena de los errores como
justo en la apreciación del trabajo
realizado y rápido en recompensar
toda iniciativa creadora. En este punto
es muy particular la psicología
napoleónica. Es, a primera vista,
una asombrosa y paradójica mezcla
de extremo rigor y excesiva indulgencia.
De hecho,
el Emperador está dispuesto a perdonarlo
todo, a aceptarlo todo, a entenderlo todo,
siempre que encuentra una inteligencia
creadora. El ejemplo que quizá
ilustre mejor esta actitud es el de Chateaubriand.
Enviado por el Cónsul a Roma como
agregado de la Embajada de Francia, el
autor de Atala presenta su dimisión
ruidosamente después de la ejecución
del duque de Enghien. En realidad, la
muerte del príncipe no es más
que un pretexto. Desde hace ya muchos
meses, René siente un oculto, pero
ardiente, rencor hacia Bonaparte. Considera,
en efecto, que el puesto que legítimamente
la corresponde a él, Chateaubriand,
no está en una Embajada, sino en
el gobierno, como ministro de Asuntos
exteriores por ejemplo. Ahora bien, Bonaparte,
que siente una gran estima por el escritor,
tiene una pobre opinión del mismo
como hombre de gobierno, y no se equivoca.
Chateaubriand sentirá desde entonces
por Napoleón un odio y una antipatía
tan virulentos como desordenados. Hasta
1814 recorrerá los salones de la
oposición; apoyado sobre las chimeneas
en una postura cómoda, profiere
sombrías amenazas y anuncia la
“caída del tirano”.
El Emperador lo apoda sonriendo: “el
Casandra de las chimeneas”.
Pero a pesar de las palabras insultantes
de René, se niega a tomar represalias.
Más aún, paga sus deudas
y manifiesta una de sus más terribles
cóleras al enterarse de que, pensando
agradarle, quieren retirar la candidatura
de Chateaubriand a la Academia. El mismo
Napoleón obliga a la Academia a
recibir al escritor rebelde. No por eso
deja Chateaubriand de desear abiertamente
el triunfo de los enemigos de Francia
y de colmar al Emperador de los peores
ultrajes, pero “el tirano”
se limita a encogerse de hombros sonriendo.
Es que para Napoleón, el genio
es intocable, sagrado...
Paralelamente,
la estupidez y la incapacidad le inspiran
un asco casi físico. Cuando tropieza
con insultos estúpidos y vulgares,
se encuentra desarmado, paralizado como
un niño. El contacto con la imbecilidad
o la grosería gratuita actúa
sobre él como una especie de Gorgona
que lo petrifica literalmente y le priva
de todos sus medios. El 18 Brumario, entregado
en la Orangerie de Saint-Cloud a los ultrajes
de los miembros del Consejo de los Quinientos,
se pone a tartamudear, a temblar, y termina
por desmayarse. En 1814, en Fontainebleau,
abdica ante la actitud injuriosa de los
mariscales. Sin embargo, todo se podría
ganar aún en el plano militar;
todo el Ejército lo aclama: que
diga una palabra, que dé una orden,
y todo el mundo avanzará sobre
París, donde se librará
la batalla decisiva. Pero ante la grosera
incomprensión de sus lugartenientes,
de esos hombres a los que quiere, a los
que ha dado fortuna y gloria, Napoleón
se siente de pronto aplastado por un peso
insuperable: bastaría con que se
dirigiese a la ventana para suscitar los
vivas de la guardia, y la pretensión
de los mariscales quedaría reducida
a la nada. Pero envuelto, hipnotizado,
por así decido, por el ultraje,
abdica...
NOTAS:
1) A Mme.
Campan (Campan: Mémoires.)
2) A O’Meara, Santa Elena. (O’Meara:
La voix de Sainte-Hélène.)
3) A Roederer, 1802. (Roeder: Souvenirs.).
4) A la reina Hortensia. (La reine Hortense:
Mémoires.)
5) Carta a Moreau, 1800.
6) A Caulaincourt. (Caulaincourt: Mémoires.)
7) A Las Cases, Santa Elena. (Las Cases:
Mémorial de Santa Elena.)
8) A Roederer, noviembre de 1800. (Roeder:
Souvenirs.)
9) A Las Cases, Santa Elena. (Las Cases:
Memorial de Santa Elena.)
10) Carta a Cambacérès,
1813. (Cambacérès: Mémoires.)
11) A Las Cases, Santa Elena. (Las Cases:
Memorial de Santa Elena.)
12) A Gourgaud, Santa Elena. (Gourgaud:
Journal.)
Leer
del mismo autor:
- El
imperio de la juventud
- El
gran reconciliador