| NAPOLEÓN
I |
| Orador
y periodista |
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por |
Alfonso
Reyes |
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| Don
Alfonso Reyes |
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Alfonso Reyes,
Retratos reales e imaginarios, en Obras completas,
Ciudad de México. |
Napoleón
-hombre representativo de Emerson, huésped de honor
en la espléndida galería de Carlyle- ha tenido
el privilegio de provocar un verdadero frenesí exegético.
Se ha estudiado su capacidad, o su incapacidad, para todas
y cada una de las actividades humanas, y hasta se ha llegado
-con el neo-evhemerismo que estuvo a la moda hace algunos
años y de que tanto se burlara Andrew Lang- a declarar
que Napoleón nunca ha existido, que no es más
que un mito solar, representación simbólica
del culto primitivo del sol. Y esto, sin embargo, en un
pueblo tan amigo de cargar las ventanas con visillos, transparentes
(opacos) y cortinas y cortinones, que Chesterton no encontraría
mejor campo para estudiar -entre sus "tremendas bagatelas"
- los vestigios de un "culto" fundado en la "ocultación"
del sol.
Gracián, en su valiente pedagogía, espera
que el ejemplo del héroe suscite nuevos héroes.
Emerson, al hablar de la utilidad de los grandes hombres,
cree que, dentro de ciertos límites, el héroe
está llamado a suscitar, con su ejemplo, héroes
cada vez mayores. Así se adelanta -aunque sin exageración-
a ciertas filosofías que han llegado a ser populares,
y propone claramente la esperanza del superhombre: idea
juvenil por excelencia. Frente a ésta, la idea adulta
-que también es la idea burguesa, porque los veinte
años son poetas, y los cuarenta "filisteos"-
está representada en aquellas palabras del "viajero
sentimental" de Sterne:
- Yo creo, señor
conde, que el hombre, como los instrumentos de música,
tiene un registro limitado y que hay en él
distintas escalas para responder a las necesidades
sociales, como a las demás. Si Se empieza con
una nota demasiado alta o demasiado baja, se trastorna
todo el sistema, y faltarán notas arriba o
abajo de la escala... Creo que hay en el hombre cierto
grado de perfección, más allá
del cual le sería imposible avanzar. Si pretende
superarlo, más bien que adquirir cualidades
nuevas, simplemente cambia unas cualidades por otras. |
Y los psicólogos
nos dirán que, al menos en cuanto a la memoria -hilo
del ser-, la observación del amable Sterne parece
cumplirse exactamente.
En todo caso, una de las utilidades de los grandes hombres
está en el consejo de modestia que nos dan con su
vida. Porque el grande hombre que ha servido para una o
varias cosas generalmente no sirvió para otras. Y
hablar de "hombres universales" es una manera
de hablar; y hablar -con los griegos, con Baltasar Gracián
o con José Enrique Rodó- del "hombre
de todas las horas", o es soñar un hermoso sueño,
o es dar un nombre poético a ese discreto tipo de
hombres sociales y solícitos que tienen cierta oportunidad
en la conversación o que se dan maña para
hacer mil cosas mediocres e insignificantes de verdadera
bonne-à-tout-faire: sacar punta a un lápiz,
divertir al nene, cambiar el fusible de la instalación
eléctrica, hacer un guiso, contar un chiste, clavar
un clavo, pagar el tranvía antes que nadie, conseguir
un billete gratis para algún espectáculo.
Amables criaturas domésticas, cuyo sitio está
entre el hombre y el perro.
Por eso el precursor Gracián -"Nietzsche español",
coma le llamaba ''Azorín'' hace años-, disertando
sobre la conveniencia de que el hombre de grandes empeños
tantee sus aptitudes antes de arriesgarse, y escoja para
la obra de su vida su mejor prenda, la "del quilate
rey", lanza estas verdades como a puñados:
Dudo si llame inteligencia
o suerte al topar un héroe con la prenda relevante
en sí, con el atributo rey de su caudal.
En unos reina el corazón, en otros la cabeza; y es
punto de necedad querer uno estudiar con el valor y pelear
otro con la agudeza.
Conténtese el pavón con su rueda, préciese
el águila de su vuelo; que sería gran monstruosidad
aspirar el avestruz a remontarse, expuesto a ejemplar despeño:
consuélese con la bizarría de sus plumas.
No hay hombre que en algún empleo no hubiera conseguido
la eminencia...
Pero -añade- lo difícil
es acertar. Por eso los eminentes son raros. No hay quien
se crea incapaz para las mayores empresas.
Excusa es no ser eminente
en el mediano, por ser mediano en el eminente; pero no la
hay en ser mediano en el ínfimo, pudiendo ser primero
en el sublime.
Atención, pues, a
tantear bien cada uno sus propias capacidades. Y entre los
varios ejemplos que propone, éste sobresale:
Nunca hubiera llegado a
ser Alejandro español y César indiano el prodigioso
marqués del Valle, D. Fernando Cortés, si
no hubiera barajado los empleos; cuando más, por
las letras, hubiera llegado a una vulgarísima medianía,
y por las armas se empinó a la cumbre de la eminencia,
pues hizo trinca con Alejandro y César, repartiéndose
entre los tres la conquista del mundo por sus partes.
Es más que severa,
injusta, la opinión de Gracián sobre la literatura
de Cortés. El epistolario de Cortés -quien,
desde luego, era menos "escritor" que César-
tiene un valor humano innegable, cuando careciera de valor
técnico -punto que para el "estilista"
Gracián, vicioso de primores, era de la mayor im¬portancia-.
Pero todavía pudiera alegarse que, en este barajar
empleos, dejando Cortés la pluma de Salamanca por
la espada de Anáhuac, la pluma recibió beneficios
de la misma espada, y lo que hubo de descubridor y conquistador
en Cortés fue lo que dio encanto y belleza a sus
imperecederas relaciones.
Pero volvamos al caso de Napoleón, entre cuyas múltiples
aptitudes, la aptitud literaria -de que hasta los niños
tienen noticia, por talo cual célebre frase histórica-merece,
sin duda, lugar aparte.
¿Qué hemos de esperar de la pluma de Napoleón?
¿Qué hemos de exigirle? ¿Le pediremos
los primores técnicos que Gracián parece pedirle
a Cortés? Sin duda que no.
Por lo demás, la literatura de Napoleón no
es ya paradoja para nadie: el gran soldado merece, por derecho
propio de gran orador, un puesto importante aun en los manuales
universitarios. Gustave Lanson, que si de algo puede pecar
es de filológica prudencia, dedica, en su Historia
de la literatura francesa, tres páginas a la
oratoria de Napoleón.
El 18 Brumario -dice- hizo callar a los oradores; durante
quince años, sólo una voz se dejó oír:
Napoleón gobernaba casi por la palabra, y fue el
último de los grandes oradores revolucionarios. Tenía,
sobre los diputados de la Montaña, la ventaja de
ser más preciso y menos verboso, e inventó
una fórmula nerviosa, que parecía una aplicación
literaria de la "voz de mando" militar. Se le
ve buscarla en la vaguedad de sus primeros escritos, y desarrollarla
después en sus cartas (nunca familiares) y aun en
los papeles de Santa Elena. Lo mejor de su obra, en este
sentido, va desde la primer campaña de Italia hasta
más allá de Waterloo. Su elocuencia fue para
él 10 que era para los jefes de las democracias atenienses.
Esta elocuencia -añade Lanson- tenía su retórica
y sus procedimientos. Bajo su rudeza aparente, es muy ordenada,
muy clásica. La carta de pésame del general
Bonaparte a la viuda del almirante Brueys es una verdadera
disertación con un plan cuidadosamente trazado; las
cartas del Emperador a las viudas de los mariscales Bessières
y Lannes, más breves y donde se deja oír el
tono del amo, son reducciones del mismo plan. Sus proclamas
se pueden dividir por artículos y párrafos.
Al principio, los orígenes revolucionarios de su
elocuencia están muy manifiestos: las "falanges"
republicanas, los "vencedores de Tarquino", los
"descendientes de Bruto y Escipión", las
"legiones romanas", "Alejandro", todos
estos recuerdos de la antigüedad unen a Napoleón
con los demás oradores de las asambleas francesas.
Más tarde, en las arengas del Cónsul, en las
del Emperador, ya son raros tales ornamentos enfáticos.
También, en la época de la primera campaña,
entre las "falanges" y los "Tarquinos",
noto unos "hombres perversos" que proceden directamente
de la prédica de Robespierre. Y noto también
tal cual reminiscencia de autor latino. Por ejemplo, de
Lucano: "Nada habéis hecho, puesto que aún
os falta hacer algo." El futuro César estudia
a César ya Tito Livio: "¿Se dirá
de nosotros que supimos vencer y no aprovecharnos de la
victoria?" A veces usa formas teatrales que recuerdan
las de¬clamaciones de la tribuna: "Pero he aquí
que os veo ya correr a las armas... ¡Sea, pues: partamos!"
Y ahora, algunos clisés: "y cuando volváis
a vuestros hogares, vuestros conciudadanos os señalarán
diciendo: Ése es del ejército de Italia. Os
bastará decir: He estado en Austerlitz, para que
os respondan: He aquí un valiente. y podréis
decir con orgullo: También yo formaba parte de aquel
grande ejército..."
Lanson da algunos ejemplos
del laconismo napoleónico, haciendo ver que en el
ataque rápido de la frase, cada palabra parece una
detonación más intensa que la anterior. El
pensa-miento es claro, hecho para circular fácilmente
por el alma de la multitud. Otras veces la frase, imperiosa,
tiene un tono más
personal, y la imagen se acerca más a Hugo que a
la Montaña: la victoria marcha a paso de carga; el
águila vuela de campanario en campanario hasta las
torres de Notre-Dame. Al correr los años, Napoleón
se fue emancipando de la retórica clásica
de los revolucionarios, y como todos los buenos artistas
cuando llegan a la hora terrible en que ya no les entiende
la gente, se descubrió a sí mismo. Entonces
deja salir, en sus alocuciones, frases como ésta:
"La ropa sucia se limpia en casa."
En cuanto a Napoleón periodista... no: no lo busquéis
en la Antología del periodismo de Paul Ginisty,
donde sólo le vemos aparecer, entre nota y nota,
en aquel aspecto del periodista que es el menos agradable
de todos: el de enemigo de los demás periodistas.
Hay que buscarlo en un libro reciente del antiguo director
del Figaro: A. Périvier, Napoléon
journaliste.
Antes de abordar
el tema -dice Périvier- hay que establecer
que Napoleón fue un gran escritor, un maestro
en el arte de expresar sus pensamientos, sin lo cual
nunca hubiera sido un verdadero periodista. |
-¡Alto! -le grita
André Beaunier-. Querrá usted decir un "gran
periodista", porque como periodistas "verdaderos",
los hay que están lejos de ser grandes escritores.
Y así sucede en general, como que hay muchos más
periodistas verdaderos en sólo un año que
grandes escritores en todo un siglo. Concedido que Napoleón
haya sido un gran escritor. Chateaubriand es el único
que se opone. (Lector: el mismo reparo de Gracián
a Cortés.)
Pero el señor Périvier no para en pelillos:
declara que, en la obra de Napoleón, sus victorias
pasan al segundo término y se eclipsan en el girar
de los siglos, sin duda para que su labor periodística
pase a primer plano. ¡Peregrina reivindicación!
Pero perdonemos todo, con tal de encontrar en el libro del
señor Périvier algunos datos que nos ahorren
el trabajo de una investigación directa.
En 1796, estando en Lodi, Bonaparte dejó de sentirse
simple general: un hijo le había nacido en el alma.
Quería influir en el pueblo, en los pueblos. El 26
de agosto escribe al Directorio, desde Milán, sobre
la conveniencia de que algún periódico oficial
rectifique los absurdos de la prensa parisiense a propósito
del rey de Cerdeña. El Directorio sólo contaba
con una pobre hojilla, Le Rédacteur, incapaz
de hacer frente a la oposición.
El Directorio no sabía defender a su general, y los
periódicos en que se le atacaba llegaban a Italia.
Napoleón enviaba sus respuestas al Directorio para
que las hiciera publicar; pero, por las dudas, también
las imprimía él en Italia, en hojas volantes
que distribuía profusamente entre sus tropas. Napoleón
pide al Directorio que haga cerrar los clubes políticos,
que funde cinco o seis buenos periódicos constitucionales,
que haga romper las prensas del Thé, del
Memorial y de la Quotidienne. Napoleón
cree en la gran influencia del periódico; desprecia
personalmente al periodista. Hay que confiar a otras manos
esa gran fuerza pública. Ya que el Directorio no
quiere o no puede, él mismo funda un periódico
en Milán, en 1797: Le Courrier de l'armée
d'Italie, ou le Patriote Français à Milan,
par une Societé de Républicains. El periódico
duró hasta el 2 de diciembre del año 1799;
pero se ha perdido. Poco después, Napoleón
funda otro: La France vue de l'Armée d'Italie,
joumal de politique, d'Administration et de Littérature
Française et Étrangère. En uno
de los "fondos", invita discretamente a la nación
francesa a no despreciar la opinión del ejército
de Italia y de su jefe. La verdadera importancia de esta
labor periodística -claro está- reside en
que deja ver las intenciones de la persona no periodística
que la inspira. No es, pues, periodismo puro.
En Egipto, Bonaparte funda el Courrier d'Égypte
y la Décade Égyptienne.
Después de Brumario, el cónsul Napoleón
opina que, si deja libertad a la prensa, no durará
en el poder tres meses. Un decreto de 17 de enero de 1800
suprime todos los periódicos, con excepción
de trece, por considerar que todo el resto está
al servicio del enemigo. Ni en el espíritu ni en
las leyes de la .
época el acto resultaba muy injurioso. Napoleón
quería reconciliar a la República con Europa,
y los periódicos se oponían. Los hombres del
Consulado no lamentaron, en general, la muerte de la prensa
de la Revolución. Thiers da testimonio. Nadie se
ha quejado hoy en Francia del régimen de censura
patriótica.
Pero la censura es como un cuchillo: en manos de unos sirve
para labrar un santo de palo, y en las de otros, para destripar
al prójimo. He aquí algunos ejemplos:
La Gazette de France
publica el 2 de octubre de 1801 la noticia del suicidio
de un portero, que tuvo cuidado de descalzarse antes para
ahorrar1es esta pena a sus hijos: la censura 10 castiga.
La Vedette de Rouen, e113 de febrero de 1802, se
burla de que el presidente del Instituto haya plagiado el
libro XXI del Telémaco, para dirigir un
elogio oficial al Primer Cónsul: suprimida. La
République Démocrate d'Auch, suprimida
por advertir que aumenta el precio de los cereales. El Joumal
des Débats, suspendido por insertar el Breve
del Papa a los obispos emigrados. y otros periódicos
eran condenados a presentar una planta de redactores de
patriotismo y moralidad reconocidos.
En su periódico, el Moniteur, Bonaparte
mismo escribía, y sostuvo una agria y larga polémica
contra el Gobierno y la Prensa de Inglaterra. Thiers declara
que sus artículos son obra maestra de elocuencia
y de estilo. El redactor jefe, Sauvo, cuando el Primer Cónsul
no le manda cuartillas, sale del paso con un inacabable
"elogio de la vacuna", por el ciudadano Goerz,
y cosas así. He aquí un mentís elocuente
que aparece en uno de los números y que fue sin duda
redactado por Napoleón: “L’Ami des
Lois dice que el Primer Cónsul Bonaparte está
preparando una fiesta que costará doscientos mil
francos. Es mentira: el Primer Cónsu1 Bonaparte sabe
de sobra que doscientos mil francos representan el sueldo
de una brigada durante seis meses." Otra vez: "Es
falso que madame Bonaparte haya encargado un coche a Londres";
o bien: "No es cierto que la ciudadana Bonaparte vaya
a distribuir el domingo próximo el pan bendito; pero
eso sólo probaría la piedad de esta ciudadana,
tan libre como cualquiera de hacer lo que en esta materia
le convenga, sin que a nadie le importe." Más
tarde, en los días del Imperio, estando en España
Napoleón, a Josefina se le enredó la lengua
y dijo a Fontanes, presidente del Cuerpo Legislativo, que
agradecía mucho ciertas manifestaciones de parte
de un Cuerpo "que representaba a la nación."
Aunque el Moniteur publicó estas indiscretas
palabras, tuvo que rectificarlas poco después: "Su
Majestad la Emperatriz no ha dicho eso: conoce bien la Constitución;
sabe bien que el primer representante de la nación
es el Emperador... Después del Emperador viene el
Senado; después, el Consejo de Estado; y después,
el Cuerpo Legislativo; después todavía, los
Tribunales y funcionarios públicos, según
el orden de sus atribuciones." Pedantescas rectificaciones
domésticas.
Ya en esta época, Napoleón escribía
poco en el Moniteur, pero corregía las pruebas,
y ponía en aprietos al redactor jefe, suprimiéndo1e
montones de noticias anodinas y cambiando el giro de las
frases inconvenientes. Donde decía: "En vista
del embarazo de la Emperatriz", rectificaba: "En
vista del estado de la Emperatriz."
Con todo, si queréis ver al gran periodista, recordad
que, cuando la campaña de Francia, en febrero de
1814, inventaba todo un sistema moderno de investigación,
al aconsejar a Savary que, en vez de las habituales necedades
de los periódicos, enviaran agentes a recorrer toda
la zona reconquistada, para averiguar los crímenes
del enemigo. Para eso -añadía- no hace falta
ni poseer siquiera literatura. Napoleón, en suma,
suprimió una Prensa mala, y, cuando quiso suscitar
otra buena, no encontró buenos servidores. ¿Era
orgullo? ¿Era impaciencia? Prefería suprimir
al mal servidor, antes que educarlo. Siempre consideró
el periodismo con interés; nunca dio con los periodistas
que había soñado. Sus consejos eran preciosos:
no encontraba quien sacara el fruto de ellos. Tuvo que ensayar
directamente el periodismo; pero él tenía
muchas graves cosas que hacer. ¡Oh, qué periodista
perdió el mundo! (1)
1) - Ver
“Hora de prever”, en Los trabajos y los días,
México, 1945, p. 102, sobre el periodismo juvenil
de Napoleón. Nota de Don Alfonso Reyes.