1. En tiempos
míticos.
Coro olímpico:
Ven Calíope, oh, hija de Mnemosine
y de Zeus Tonante,
musa mayor, afamada, gloriosa,
grata a reyes y reinas,
díctame un canto épico,
mujer de bella cara.
Afrodita:
Pon atención Padre bienaventurado,
mira al bosque donde los humanos se
entretienen. Ahí un joven entona
himnos en tu honor, oh padre, el más
poderoso de los dioses.
Ganímedes:
Oh musa divina, madre mía,
ven y dame el tono,
y no sólo eso, dame el talento,
para cantar un himno
a Zeus, Ideo, viajero entre el Olimpo
y el monte Ida.
Ven,
oh musa mía, Calíope,
la de cara bonita,
la que arriba a la mansión
de los reyes,
ven y dame tu acorde
que quiero cantar un himno
al lanzador de los rayos,
a Zeus Altisonante.
Eres
tú, divino Zeus,
luz que penetra, brillo que ilumina,
todos sabemos que eres el mejor,
el mayor, y el más poderoso
de los dioses.
Por
eso portas largo cetro,
relampagueas con un guiño de
ojo,
haciendo favorables señales
y lanzas potente rayo.
Oh
Zeus, águila real con alas
desplegadas,
volador en entre cirrus, pues eres
la sombría nube,
desde donde todo lo miras,
pasado y futuro,
oh autor divino de todo presagio.
Zeus:
Oh, ese poeta y cantor es digno de
estar aquí, conmigo para hacerme
gozar, ya de una copa de néctar,
ya de un canto de alabanza.
Afrodita:
¿Qué tramas, oh Padre?
Zeus:
Iré por el joven Ganímedes
y lo traeré al Olimpo.
Hera:
No te atrevas a traer a un humano,
pues no son dignos de nuestras delicias,
ni del néctar, ni de la ambrosía,
menos aún de regalarles la
plena salud, y el don de la inmortalidad.
Zeus:
Escucha bien, esposa mía, y
escuchen deidades todas, para que
les manifieste en su pecho y en su
frente, lo que mi corazón dicta.
Ninguno de ustedes, sea varón
o hembra se atreva a transgredir mi
mandato, y menos tú, oh Hera,
la de diadema dorada; antes bien,
asientan todos, a fin de que cuanto
antes lleve a cabo lo que pretendo.
El dios que intente impedirme que
vaya yo a recoger al poeta Ganímedes,
y lo inmortalice como mi escanciador
oficial en una constelación,
se verá afrentosamente golpeado;
y si quiere oponerse a mis deseos,
entonces le arrojaré al tenebroso
tártaro, muy lejos, en lo profundo
del báratro, debajo de la tierra,
y conocerá cuánto aventaja
mi poder al de las demás deidades.
Hera:
Oh esposo mío, no te irrites
porque no deseo a Ganímedes
en el Olimpo, mira que yo también
tengo un poder.
Zeus:
Si quieres hacer esta prueba para
que te convenzas, oh diosa envidiosa,
suspende del cielo áurea cadena,
pídele a todos los dioses y
diosas que se aten a ella, que yo
tomaré la otra parte, y les
advierto que ni así lograrán
arrastrar del cielo a la tierra a
Zeus, el hijo de Cronos, árbitro
supremo, y esto, por mucho que se
fatiguen; pero, si yo me resolviera
a tirar de la cadena, los levantaría
a todos con la tierra y el mar.
Hera:
Oh Zeus abusador.
Zeus:
Y ahí no pararía mi
poder, ataría un cabo de la
cadena a la cumbre del Olimpo, y quedarían
todos suspensos, en el aire, agitando
sus pies y manos, pidiendo socorro.
Hera:
Eres odioso.
Zeus:
Es necesario que exista el poder.
Soy poderoso y superior entre todos
los dioses. Así que no te interpongas,
porque ahora mismo iré por
Ganímedes para que de su jarra
nos sirva el vino y la ambrosía.
Hera:
Se hará como tú lo desees.
Zeus:
Recuerda Hera amada, que yo soy el
centro y doy el cetro a los reyes,
también doy la inmortalidad
a quien me place.
Y no sólo tengo el más
alto poder sobre divinos y humanos,
sino que soy yo quien otorga esa fuerza
a algunos pocos humanos para que se
impongan sobre otros, se entronicen,
manden, ya sea por violentas guerras,
por crímenes, o por el favor
de sus conciudadanos.
Recuérdalo, oh Hera, yo fui
quien dio el cetro a Agamemnón,
rey de hombres, y yo seguiré
dando el cetro a quien me plazca.
Ares, la Guerra es hijo mío,
y ejecuta mis mandatos, así
es, y así seguirá siendo.
Hera:
Eres injusto, oh esposo mío.
Zeus:
El poder nada tiene que ver con la
justicia, es una fuerza ya física,
ya con las palabras, que logra que
uno se imponga sobre otro. Y yo, ya
pasé la guerra en contra de
Cronos, y en su momento, lo destroné;
y ahora tengo yo el poder supremo.
Hera:
Eres odioso, ya te lo dije.
Zeus:
Ciertamente, pero también soy
amado. Con todos he de ser severo
pero agradable.
Hera:
Entonces, tendrás enemigos.
Zeus:
Todo gobernante debe protegerse de
sus enemigos, y ganar amigos; debe,
vencer con la fuerza o el engaño;
hacerse amar, pero a la vez ser temido;
debe ganar el respeto, la confianza
y hasta la reverencia de sus soldados.
Coro
de deidades:
Difícil tarea tienes, oh Zeus:
concentrar el poder
y emprender tareas que a nosotros
nos resultan imposibles.
Zeus:
Y ahora que llegue Ganímedes,
nosotros bebemos con placer, él
nos deleitará con himnos en
mi honor, y si accedes de buen grado,
también cantará himnos
en tu honor, oh noble esposa.
Hera:
Me agradará escucharlo.
Aedo:
Vuelta la paz al Olimpo, se levantó
Zeus de su trono, extendió
su manto azul y se transformó
en un águila gigante, capaz
de sostener en vuelo entre sus garras,
un rayo enorme de fuego y bronce,
y así investido con ligeras
alas y plumas sutiles, cruzó
el éter, y los Campos Elíseos,
como largovidente que es, localizó
a Ganímedes entre el ramaje
de un bosque, rodeado de fieras y
de pájaros, le tomó
con suavidad y firmeza entre sus garras
reales y le elevó hasta el
eternal Olimpo, y hasta la constelación
de su propio nombre.
Ganímedes:
¡Oh Zeus! ¡Oh Zeus Cronida!,
padre de Afrodita, la deidad de nimbas
formas,
mujer de cabellera recogida y medallón
de oro,
amante de Ares, peleador incansable:
infúndenos placer en piernas
y brazos.
¡Oh
Zeus! ¡Oh Zeus Cronida! Potente,
recto,
largovidente, tú que rompes
el velo de la ira,
nuestra vida fecunda como fecundaste
a Ío,
a Europa, a Latona, y a Leda.
¡Oh
Zeus! ¡Oh Zeus Cronida!,
triunfador virtuoso,
cisne de terso cuello, padre de Helena,
manda tu luz para atisbar el destino
que tu benigna mano ha trazado.
¡Oh
Zeus! ¡Oh Zeus Cronida!, hijo
de Cronos,
vencedor en las batallas, padre de
Atenea,
la mujer sabia, virgen,
deidad augusta de ojos de lechuza.
Danos virtud, verdad y valor.
¡Oh
Zeus! ¡Oh Zeus potente!, viajero
entre nubes,
tú das a cada quien lo que
le toca,
haz que la Justicia impere
por sobre la intriga, en ésta,
tu ciudad.
¡Oh
Zeus! ¡Oh Zeus Cronida!,
tú pintaste mi destino,
dime pues, cuándo seguir a
Atenea,
y cuándo implorar a Afrodita.
¡Oh
Zeus! ¡Oh Zeus potente!,
dame un indicio, tu rayo o tu signo,
pues mi devenir ignoro.
¡Oh
Zeus! ¡Oh Zeus Cronida!,
lanzador de los rayos,
marca el sino de mi alma, dí
mi suerte,
sea el encuentro con la lechuza,
o penetrar la concha de Afrodita.
¡Oh
Zeus! ¡Oh Zeus potente!, dame
un indicio,
tu rayo o tu signo, pues mi devenir
ignoro.
¡Oh
Zeus! ¡Oh Zeus Cronida!,
¡Oh Zeus! ¡Oh Zeus Cronida!
2. Días
antes de la coronación de Napoleón.
En
el palacio de Versalles.
Napoleón:
Es preciso definir la nueva identidad
francesa. Todo ha cambiado. La flor
de lis, sobre fondo azul cayó,
no rige más. Ahora vendrá
algo nuevo.
Cambacérès:
Los revolucionarios han sido valientes,
se plantaron en las barricadas, después
sus soldados y generales también
lo han sido. Así que proponemos
que adopte el signo del gallo; el
de cresta de atrás al frente,
el que ha inspirado la cimera de los
cascos de Odiseo, Ayax, y Diomedes.
Napoleón:
Mi estimado Cambacérès,
dirás lo que quieras de la
tradición del gallo, pero nunca
dejará de ser un ave de corral.
La Francia necesita mucho más.
Cambacérès:
Un signo puede proteger tus espaldas,
la abeja, la laboriosa abeja, es constructora.
Napoleón:
Pero no deja de ser femenina, es una
reina, y esto aquí, es inaceptable.
Cambacérès:
Su excelencia: permítame que
le exprese el pensar de Francis Bacon
respecto de las abejas:
Las
ciencias han sido tratadas por los
empíricos o por los dogmáticos.
Los empíricos, semejantes a
las hormigas, sólo saben recoger
y gastar; los racionalistas, semejantes
a las arañas, forman telas
que sacan de sí mismos; el
procedimiento de la abeja ocupa el
término medio entre los dos;
la abeja recoge sus materiales en
las flores de los jardines y de los
campos, pero los transforma y los
destila por una virtud que le es propia.
Esta es la imagen del verdadero trabajo
de filosofía, que no se fía
exclusivamente de las fuerzas de la
humana inteligencia y ni siquiera
hace de ella su principal apoyo; no
se contenta tampoco con depositar
en la memoria, sin cambiarlos, los
materiales recogidos en la historia
natural y en las artes mecánicas,
sino que los lleva hasta la inteligencia
modificados y trasformados.
Napoleón:
Un inglés no es mi autor predilecto.
Apenas el 6 de agosto de este año
de 1804 estuve en Boulogne al frente
de cien mil soldados, mientras en
la mar nos amenazaba la armada inglesa.
Cambacérès:
Las ideas son ideas independientemente
de la nacionalidad de quien las expresó.
Napoleón:
Mañana resolveremos. Mientras
tanto rumien otro signo como el caballo,
el majestuoso corcel que me permite
pasear por la campiña y ganar
las guerras; o bien, el águila
digno signo de un imperio.
Cambacérès:
El águila se confundiría
con el emblema de los Habsburgo. Águila
real, águila de dos cabezas.
Majestad, acepte la abeja. La coronación
ya está cerca.
Napoleón:
Mañana resolveremos.
Desde
el Olimpo:
Afrodita:
Esta tarde y noche son muy activos,
padre Zeus, dador de todo presagio.
Zeus:
Pues, ¿qué ocurre que
distraes mi suave coloquio?
Afrodita:
Napoleón firmará mañana
el decreto en donde se establecen
sus signos imperiales. Y, ni tú
estás presente, ni yo misma.
Zeus:
Oh Afrodita, atenta siempre a los
suspiros humanos, las noches son tuyas,
así que es tiempo propicio
para enviar a Hipnos con nuestro mensaje,
pero primero deliberemos sobre qué
es lo más conveniente.
Afrodita:
Pues a Bonaparte no le agradó
el gallo. No lo mira más que
como ave de corral.
Zeus:
Falta de profundidad y estrategia
de Bonaparte. El gallo siempre ha
dado fuerza a los humanos; porque
inspira a viajar de atrás al
frente, siempre en nuestro reino,
en el interior. Por eso, de gallo
nació la palabra gallardía,
o valor. Por eso, el casco de tu hermana
Atenea usa en ocasiones una cimera
rígida, que no es la cresta
del caballo, sino la del gallo.
Afrodita:
Si padre, lo comprendo, pero veo en
cambio, una oportunidad.
Zeus:
Y, ¿por qué habría
yo de ayudarle? Si ni siquiera mi
nombre sabe.
Afrodita:
Sí. Te conoce y reconoce, aunque
te nombra como Júpiter. Ayudémosle
para que elija un signo tuyo y uno
mío.
Zeus:
Es cierto; además es audaz
y temerario.
Afrodita:
Dale pues un signo.
Zeus:
¿Un signo mío?, No uno,
sino muchos, acuérdate hija,
que yo entrego el poder a los gobernantes,
gobernar es dirigir la nave, ser conductor,
tener autoridad sobre otros; asunto
difícil, asunto sacro.
Afrodita:
Napoleón ha invitado a pío
VII para que lo corone, y el Papa
ha aceptado esperando recuperar sus
territorios perdidos.
Zeus:
Sería un error que el Papa
lo coronara, pues “aquel que
se apoya en otros para elaborar su
grandeza, obra su propia ruina; nada
se obtiene de otra manera sino con
la propia fuerza e industria; si un
príncipe se asienta por otros
medios, su poder será siempre
limitado”. (Maquiavelo, 1513).
Afrodita:
¡Pero, cómo! Dónde
quedó el respeto sacro.
Zeus:
Es un asunto de política, no
de religión ni de moral. Simplemente
es juego de poder.
Afrodita:
Bueno, vamos al asunto, qué
signos usará.
Zeus:
Le daré desde luego, un trono
similar al mío, ancho, de patas
con garras, de pesados brazos, y con
escabel a sus pies.
Tendrá además un cetro,
largo, firme, dorado, como el que
le regalé a Agamemnón;
callado de pastor de hombres.
También una vara señaladora
de la inocencia y de la culpabilidad,
con una mano y su dedo índice,
signo de Themis, la Justicia misma.
También tendrá mi rayo,
fuerza imparable, destino, poder.
Afrodita:
Te ves muy generoso.
Zeus:
Lo soy. Él sabe lo que es el
poder y quiere asentarse en él.
Parece un ególatra; y lo es
cuando expresa: “Yo soy la Revolución
misma”. Una sociedad toda rompió
con la inercia de una dinastía,
la de los Luises. La Revolución
rompió esa inercia, y entonces,
se creó un vacío de
poder, que Napoleón llenó.
No había otro camino, sino
volver a concentrar el poder y fundar
un nuevo “Estado, institución
social que reivindica el monopolio
de la violencia física legítima”.
(Fullat, 1993).
Afrodita:
Te ves descarnado.
Zeus:
El poder lo es, es frío, mármol
sin sentimientos. Es preciso apoderarse
del poder. Y está creciendo
el poder de Napoleón, porque
se lo apropia, nadie se lo ha regalado.
Él está modificando
incondicionalmente la conducta de
otros. Muchos lo aceptarán
y se subordinarán; otros, se
opondrán abiertamente.
Afrodita:
Muchas veces no nos gusta tu poderío,
oh Padre Zeus, pero lo aceptamos,
pues no hay más remedio.
Volviendo al tema, ¿cuál
será el principal signo napoleónico?
¿Serás tú en
forma de toro, en forma de cisne,
en forma de carnero, o en forma de
águila?
Zeus:
La lluvia de oro, el toro y el cisne
han sido mis mejores formas, pues
con cada una he conquistado a la mujer
sobre la que posé mi mirada.
Pero, en los momentos decisivos, ha
sido el águila la que ha resuelto
las batallas. Así pasó
cuando Héctor, hijo de Príamo
estaba invadiendo las naves.
Recuerden la hazaña cantada
por Homero, Ilíada VIII.
Coro
de olímpicos:
Llenose
de hombres y carros escudados
desde los bajeles al foso,
y Héctor Priamida los cercó,
igual que al impetuoso Ares,
y todos hubieran fenecido
a no ser porque la veneranda Hera
sugirió a Agamemnón
que animara
a los aqueos.
Agamemnón
exclamó:
Padre Zeus ayúdanos
que de otro modo,
Héctor pegará fuego
ardiente
a nuestras veleras naves.
Mira
que cuando llegue
a la bien amurallada Troya
quemé en tu honor
grasa y muslos de buey.
Entonces
Zeus le concedió
que su pueblo se salvara,
y envió un águila,
la mejor de las aves agoreras
que llevaba en las garras
un hijuelo de una veloz cierva,
y lo dejó caer al pie del ara
hermosa del próvido Zeus.
Entonces
no pudieron gloriarse
los Danaos, aunque eran muchos,
de haber quemado las naves aqueas.
Concedámosle
pues, el águila de amplio plumaje
y alas extendidas, y que lleve mi
divino rayo, muestra de mi poderío,
en lugar de la veloz cierva.
Afrodita:
Así se hará, pero yo
también quiero estar presente,
mira que Ares, mi amado Ares es la
Guerra misma.
Zeus:
Tú eres endeble, y saliste
herida cuando te presentaste en la
Guerra troyana; pero te concederé
que quede un signo de tu hijo, el
divino Eros.
Afrodita:
¿La flecha?
Zeus:
La abeja. Mira el escozor que provoca
su deseo.
Recordemos aquellos versos:
Coro de olímpicos:
¡Cuidado Eros! ¡Cuidado!
Un panal se ha destapado,
las abejas rondan en ritual ríspido.
Vuela niño, una apis mellífìca
te persigue,
vuela pues, más rápido
que ella.
Eros:
¡Aaaaaaaaaaaaay!
Miren el aguijón
en mi dedo
es de una abeja carpintera
que taladra bosques y madera
buscando polen con ira ciega.
¡Ooooooh! Punzada honda,
ponzoña voraz, dolor insaciable.
Coro
de olímpicos:
¡Poco dolor sufres,
dardanio Eros!,
comparado a las heridas sin sangre
que provocan los disparos
de tu procaz y provocativo dardo.
Eros:
¡Madre! ¡Afrodita! ¡Chipriota!
Mitiga mi ardor con agua helada,
o con bálsamo de la Castálida
fuente.
Coro
de olímpicos:
No queremos que sufras,
pero no hay remedio,
se hinchará tu mano
impidiendo tu tarea.
Este mismo escozor,
el más profundo,
es el que tu flagelo provoca.
Zeus:
Envía pues, Afrodita, la de
curveadas formas, a Iris con nuestro
mensaje a Napoleón. Hazle ver
que como signo de poder le regalamos
mi cetro, mi rayo, y mi poderosa águila.
Afrodita:
Y como signo mío, le regalo
la abeja, signo que pertenece a mi
hijo Eros.
Zeus:
Mira que él duerme ahora. ¡Apresúrate!
Pues es de sueño ligero. Y
atención, que nadie debe saber
de esta visita.
3.
El día de la coronación
y consagración, 2 de diciembre
de 1804.
Afrodita:
Mira Apolo, mira, allá va Napoleón.
La Catedral de Notre Dame, en la isla
del río Sena, se ha revestido
de seda, y mármol. La nave
está repleta, el Papa Pío
VII lo espera desde su trono. Lleva
la mitra y de ella se desprenden las
ínfulas.
La catedral más parece un palacio
que un recinto sagrado.
Apolo:
¿Cómo? ¿Otra
vez este desacato?
Afrodita:
¿Cuál? ¿A cuál
te refieres?
Apolo:
Pío VII lleva, la ínfulas
listones que se desprenden de la mitra,
y caen bajo sus hombros; son propios
de mis sacerdotes; no hay razón
para que él las lleve.
Pero, ahora me concentraré
en un atrevimiento mayor. Mira a Bonaparte.
Ya baja de la carroza, lleva capa
y una corona de oro con ramas de laurel.
¡Insolente! ¡Cómo
se atreve a utilizar mi corona!
Afrodita:
¿De qué nos hablas?
Apolo:
La corona de laurel es signo mío,
y se lo he cedido a los más
insignes poetas y creadores. Lo portó
Dante, Petrarca, Virgilio, Horacio.
También lo llevaron los victoriosos
atletas durante los Juegos Olímpicos
helénicos.
Afrodita:
Yo estoy contenta de que Napoleón
lleve la capa con la abeja, signo
de mi hijo Eros.
Apolo:
Pues yo no, es una irreverencia, es
un hurto.
Coro:
Hablas sabiamente, oh Apolo,
el cetro es signo de poder,
y Zeus lo otorga a quien le place,
el águila es signo de Zeus
Cronida,
el máximo jefe, máximo
poder.
La
corona de laurel, en cambio,
es para el esforzado,
para quien hace cultura, quien renuncia,
no para quien manda, ni para quien
rige.
Es incorrecto, absolutamente incorrecto.
Apolo:
Padre Zeus, que moras en lo alto,
que lanzas truenos también
desde lo alto,
detén este abuso,
y ordena que Napoleón
se quite la corona de laurel,
corona de oro que va de una cien a
otra.
Zeus:
Bien me dicen largovidente, este asunto
lo comentamos cuando Julio César
entró victorioso a la Roma
Imperial, fue un desacato, fue un
robo darle al poderoso un signo que
corresponde a quien hace cultura.
Apolo:
¡Entonces…!
Zeus:
Es ya tarde, lo dejaremos que la use.
Y no te preocupes, vendrán
muchas voces que lo reprueben.
Apolo:
Napoleón es como Egisto, de
carácter insolente.
Coro
de olímpicos:
Llama a Dafne niña, y que nos
cuente la historia de la corona de
laurel. Anda Apolo, y no te enfurezcas.
Apolo:
Ven Dafne ninfa, ven y acompáñanos,
en este turbio momento.
Zeus:
Ordeno que Dafne deje de ser laurel,
y regrese a su forma de ninfa por
un día, para que cante su infortunio.
Sonido
de rayo.
Dafne:
¡Soy Dafne rediviva! Escuché
sus versos, estreché sus voces,
supliqué a Zeus que librara
mis raíces, y aquí me
tienen; así pues, les diré
qué pienso.
Dicen que mi desgracia inició
con las certeras flechas del niño
alado, disparando una de fuego al
délfico Apolo y otra de plomo
en mis muslos. Falso. Absolutamente
falso. Eros abrió su aljaba
y acarició una flecha destinada
a mi perdición. Su tiro fue
certero. Me abrasó un fuego
chispeante que aún arde como
blanquecina brasa. Cierto. Eros acertó
el tiro, pero no fueron flechas disparejas,
sino dardos con ritmo. Así,
quedé inflamada de amor por
Apolo.
(Como lamento). ¡Cuánto
padece una mujer que ama con delirio
a un dios prohibido! Y ésta
precisamente, fue mi desgracia. Demasiado
pronto supe el destino que Zeus Padre
me había fijado. ¡Aaay!
La crecida de mi río se resecó
muy pronto, pues sólo una vez
sentí el goce de la seducción
y el flujo del deseo.
Fue entonces cuando ustedes me señalaron
el destino marcado por el águila
real, Zeus. ¡Aaay! tres, y tres
veces, ¡ay! Esa noche, al llegar
a mi lecho cubierto de sábanas
bordadas y almohadones de seda, retiré
las finas prendas, y las arrojé
a la fogata, pues jamás las
usaría con el divino mancebo.
Lloraba y sudaba; era títere
sobre saltón fuego. Temblé
des-concertada con arritmia. La neblina
me cubría.
Busqué un costal donde guardaba
el forraje para bestias, descosí
su orilla hasta extenderlo. Me recosté
entre llanto. Estaba inquieta y me
movía. Mi piel ardió
enrojecida, el dolor penetró
hasta mis huesos.
¿Por qué mi lecho se
volvió cilicio? ¿Por
qué aquella noche fue tormenta
a descubierto? ¿Cómo?
¿No lo recuerdan? Ustedes me
impusieron mi destino. Ustedes me
recordaron el sino olímpico.
(Murmullo afirmando). ¿Callan
ahora?
Pausa.
Nuevamente un murmullo.
Poco
les importó entonces mi sentir,
poco les hubiera importado el quiebre
de mi fémur. Nada les importó
mi desvelo.
Al amanecer, mi Sol reinició
su carrera. Los caballos de su carro
se habían desviado de curso,
persiguiéndome. Me levanté,
y desnuda, corrí medio marathón,
mi cabellera se agitaba. Llegó
lo más difícil, explicarle
a mi amado, o al menos intentar explicarle
que no soy para él. Creí
que al negarme, su boca como toro,
lanzaría fuego; pero no fue
así; por el contrario, su voz
permaneció endulzando mi amargor.
Y eso fue un puñal rojizo.
En fin, seguí corriendo, invoqué
a Peneo, mi padre y a Zeus, mi padre
omnipotente. Ustedes me gritaban,
lo recuerdo vaga-mente. Síííí.
Ustedes querían contenerme.
Murmullo con actitudes de extrañeza;
algunos, de aprobación.
Sentí que mis piernas se entumían.
Un mareo me abrazó; un viento
gélido que se transformó
en huracán. Repetía
desesperada las palabras de Atenea:
‘Toda Grecia está angustiada
a tus pies’ Desnuda, sí,
me arrojé al río Peneo.
Apolo seguía persiguiéndome.
Mi propio deseo también me
perseguía. Quería ser
virgen y quería dejar de serlo.
No recuerdo si alcancé la otra
orilla. Estaba aturdida, ustedes gritaban.
(Murmullo aprobatorio).
Mi piel se arrugaba por instantes
bajo el influjo del agua. Al menos
eso creía. Mi frente también
se arrugó. Mis piernas se acalambraron
y no nadaba con fluidez. El agua,
flujo sacro, me había envuelto.
Una corriente fría que venía
quizá del río Cosito
me empujó varios minutos. Estaba
rígida y pensé que me
ahogaría, pero flotaba, pues
era ligero tronco; mis pensamientos
se apagaban mientras florecían
las hojas de laurel como prolongación
de mi cabellera y dedos. Era un tablón
flotante; quedé a salvo de
Apolo; cumplía mi misión
y esperaba un homenaje.
Cuando todo pasó, estaba enterrada
a la orilla del río Peneo,
abundaba el agua, pero no podía
usarla para complacer mi deseo: me
había enraizado, y sentía
frío; temblaba con el ritmo
del viento. ¡Era un laurel,
ya no más una ninfa!
Entonces, se acercó a mí
Apolo, mi amado, se dio cuenta de
mi cambio, de mi rigidez, pues era
un enraizado laurel. Él cortó
algunas de mis ramas, de lo que antes
fuera mi cabellera, y se entretejió
una corona de hoja perene, corona
de laurel, corona de renuncia.
El ofrecimiento que ustedes me hicieron
respecto a tratarme como heroína
ha sido parcialmente cumplido. ¿Ya
no lo recuerdan? (Murmullo). (Irónico).
Ustedes me gritaron que sería
alabada, considerada igual que Perseo
o que Héracles. ¡Ah!
Soltaron palabras fracturadas.
¿Y qué he ganado? (Murmullo
de desconcierto).
Tiempo atrás se formaban en
procesión con ramas de laurel
durante la daphnephoriá, fiesta
en mi honor. Después, llegó
el silencio, enmudecimiento medieval,
y cuando hablaron de mí, fue
para hacerme menos.
Sor Juana Inés de la Cruz me
ha recordado una y otra vez. Sí,
gracias; pero, me ha evocado para
calificarme como “desdeñosa
Dafne”. ¿Cree ella que
yo no amaba a Apolo? ¿Acaso
Apolo mismo creerá que no lo
he amado? ¡Aaay! Soy desgraciada.
Apolo es mi escudo, mi corteza, mi
protección, mi todo. No soy
desdeñosa.
He cumplido una misión. Cumplí
mi parte en el pacto. Si en algo aprecian
mi inmolación, si les he abierto
la puerta broncínea de la cultura,
si creen que valió la pena
ser la especie triunfante… entonces,
canten poemas al Amor, a Eros, y a
mi sol: Apolo.
Pero eso sí, no permitan que
los poderosos roben el signo de cultura.
No la corona de laurel está
destinada a poetas, y creadores como
ustedes, oh amigos.
Coro
de olímpicos:
Te recordamos, oh Dafne, te recordamos
con respeto y cariño. Pronto
haremos un canto para ti; pero hoy
es preciso consolar a Apolo, y mirar
complacientes la coronación
de Bonaparte.
Apolo:
También Napoleón lleva
la corona de Dafne en la medalla de
la Legión de Honor. Es una
estrella de cinco coronas dobles y
al centro se encuentra la Patria ceñidas
sus sienes con la corona de laurel.
Miren: Napoleón la porta como
Gran Maestre de la Orden Nacional
Francesa.
Coro
de olímpicos:
Este signo si fue muy reciente, fundada
la Orden el 19 de mayo de 1802. Reconocemos
Apolo, que la corona de laurel es
para los esforzados que crean cultura,
y no para los poderosos. Estamos contigo,
oh Apolo Febo.
4. El día
de la imposición de las águilas
a los generales, tres días
después de la coronación;
cinco de diciembre de 1804.
Hera:
Padre Zeus, de voz amplia que se oye
de lejos, pon atención, hoy,
a tres días de la Coronación
de Napoleón, él desea
efectuar la imposición de las
águilas a sus generales. ¿Cómo?
Si ya le concediste a él el
águila imperial, ¿cómo
va él a entregarla así
nada más, a sus generales?
Zeus:
Y, ¿dónde lo hará?
Hera:
En el campo Marte.
Zeus:
¡Ah!, en el campo de la Guerra.
Recuerda que Napoleón depende
de sus generales, pues si evita la
guerra, sólo lo hará
en provecho de sus enemigos. Y mira
a otros lados, mientras él
está en estas fiestas, tanto
al oeste como al norte, sus enemigos
están fundiendo cañones
y entrenando soldados.
Pero, en consideración a ti,
le pediremos su opinión a mi
hija Atenea.
Atenea:
Oh, divino Padre, tú dirás
qué es lo pertinente, tú
poderoso sempiterno, de quien proceden
todos los reyes.
Zeus:
Y también proceden los emperadores,
no lo olvides, oh hija predilecta;
pero vayamos al asunto, es preciso
deliberar si el águila, mi
signo preferido, es sólo para
el máximo jefe, o bien puede
ser compartida.
Dime sabia hija, cuál es tu
opinión; pues un gobernante
debe saber pedir un consejo, pero
no es conveniente que se lo den cuando
él no lo ha pedido.
Atenea:
Mis palabras se escucharán
mejor en la voz de el mejor poeta,
el ciego Homero. En dos ocasiones
Homero asemeja el valor de Héctor,
el de cimera tremolante, contigo,
quiero decir, con el águila
veloz y de aguda vista. Escucha Ilíada
X.
Así
Ayante, andando a paso seguido, recorría
las cubiertas de muchas naves, y su
voz llegaba al éter. Sin cesar
daba horribles gritos, para exhortar
a los dánaos a defender naves
y tiendas. Tampoco Héctor permanecía
en la turba de los teucros, armados
de fuertes corazas, no: como el águila
negra se echa sobre una bandada de
alígeras aves, — gansos,
grullas o cisnes cuellilargos —,
que están comiendo a orillas
de un río, así, Héctor
corría en derechura a una nave
de negra proa, empujado por la mano
poderosa de Zeus, y el dios incitaba
también a la tropa para que
le acompañara.
Zeus:
Sí, recuerdo ese momento heroico.
Atenea:
La segunda ocasión en que Homero
considera que el águila es
propia de un general es esta: Ilíada
XXII.
Héctor
desenvainó la aguda espada,
grande y fuerte, que llevaba en el
costado. Y encogiéndose, se
arrojó como el águila
de alto vuelo se lanza a la llanura,
atravesando las pardas nubes, para
arrebatar la tierna corderilla o la
tímida liebre; de igual manera
arremetió Héctor, blandiendo
la aguda espada. Aquileo embistiole
a su vez, con el corazón rebosante
de feroz cólera.
Hera:
Con respeto para tu sabiduría,
pero Héctor no era un general,
era el general en jefe de los troyanos,
el más valiente, el mejor.
Atenea:
Dices bien, aunque has olvidado aquel
pasaje. No sólo el mejor troyano,
sino Aquiles mismo fue comparado con
el águila, es decir, con Zeus,
contigo, padre benigno. Esto en Ilíada
XXI.
Aquileo,
famoso por su lanza, saltó
de la escarpada orilla, al centro
del río (Escamandro). Pero
éste le atacó enfurecido…
El héroe ya no se podía
tener en pie. Asiose entonces con
ambas manos a un olmo corpulento y
frondoso; pero éste arrancado
de raíz, rompió el borde
escarpado… cayó entero
al río y se convirtió
en un puente… El Pelida salvó
cerca de un tiro de lanza, dando un
brinco con la impetuosidad de la rapaz
águila negra, que es la más
forzuda y veloz de las aves; parecido
a ella, el héroe corría
y el bronce resonaba horriblemente
sobre su pecho.
Hera:
Sí, pero Ayax fue el más
valiente, aunque no le reconocieran
sus hazañas.
Atenea:
El águila fue también
para Menelao, escuchen Ilíada
XVII:
Menelao:
¡Ea, Ayantes, caudillos de los
argivos! ¡Ea, Meriones! Acuérdense
ahora de la mansedumbre del mísero
Patroclo, el cual supo ser amable
con todos mientras gozó de
vida, pero después, la muerte
y la parca le alcanzaron. —Dicho
esto, el rubio Menelao partió
mirando a todas partes como el águila,
el ave, según dicen, de vista
más perspicaz de cuantas vuelan
por el cielo, a la cual, aun estando
en las alturas, ni le pasa inadvertida
una liebre de pies ligeros echada
debajo de un arbusto frondoso, y se
abalanza a ella, y en un instante
la coge y le quita la vida.
Zeus:
Bien argumentado, hija mía.
Me parece que es propio y correcto,
el que Napoleón entregue el
águila de alas extendidas,
como remate de un vástago a
cada uno de sus generales. ¡Sea!,
La ceremonia de Bonaparte para la
distribución de águilas
entre sus generales será propicia.
El águila soy yo mismo, porque
poseo mirada penetrante, mirada que
conoce, mirada que descubre, mirada
que atrapa; cualidades que les serán
muy necesarias a cada uno de sus generales,
pues labor de los generales es “mantener
asegurados y protegidos a todos sus
aliados”.
Apruebo la ceremonia napoleónica.
En el campo
Marte. París.
Napoleón:
Al Duque de Cambacérès,
Juan Jacobo Regis, fiel consejero,
jurisconsulto, príncipe, y
duque de Parma, lo nombro Gran Águila;
y portará con honor el signo
imperial en su pecho.
Cambacérès:
Acepto respetuosamente, majestad,
tan alto honor.
Napoleón:
El águila es el signo imperial,
águila fuerte, águila
de espléndidas alas, que nos
guiará y protegerá.
Se impone el águila imperial
al general de las Vélites.
Águila que guiará a
este cuerpo estratégico para
avanzar con velocidad y sigilo.
Cada regimiento tendrá un águila
imperial, que marchará al frente,
abriendo brecha, señalando
el rumbo. Síganla, nunca la
pierdan.
Coro
de Generales:
¡Viva!, ¡Viva nuestro
emperador! ¡Viva Napoleón!
Napoleón:
La Francia ha pasado desde el nacimiento
de nuestra revolución por oscilaciones
y penas, pero hoy, nuestra Francia
posee el águila imperial; águila
que mantendrá viva la llama
sagrada en el corazón de cada
uno de los Hijos de la Francia, porque
la Francia ha encontrado a los héroes
que ella había buscado.
Coro
de Generales:
Invoco a la Victoria poderosa,
la deseada por mortales,
quien elimina por sí misma
al malvado contrincante,
de ímpetu belicoso.
Tú
zanjas la disputa dolorosa
entre bandos combatientes,
tú das el fallo en las batallas,
y te inclinas a favor de quien te
invoca.
Oh
mujer alada,
tú satisfaces
los más dulces deseos,
ya que todo lo dominas.
Otórganos
la noble gloria
rebosante de alegría festiva
después de la contienda
que en ti se fundamenta,
oh ínclita Victoria.
¡Ea!
Afortunada y deseada
ven por favor, con semblante radiante,
aportando siempre, noble fin
a las gloriosas empresas.
Danos
tus dones
venerada… Victoria dorada.
FIN
Antonio
P. Rivas.
BIBLIOGRAFÍA
Chatel
de Brancion, Laurence. Le Sacre
de Napoléon, Ed. Perrin,
París, 2004.
Homero. Ilíada. Trad.
Luis Segalá Estalella, Montaner
y Simon, Barcelona, 1955.
Maquiavelo. El Príncipe.
Rivas, Antonio P. Dafne y Apolo.
Aladas Palabras, México, 2004. |