Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Premio Memorial Conde de Las Cases.
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
LOS SIGNOS HELÉNICOS EMPLEADOS POR NAPOLEÓN
Evocación poética
Zeus y su águila

Por el Doctor

Antonio P. Rivas
De la Academia Nacional de Historia y Geografía (UNAM),
Presidente del Círculo de Estudios Helénicos de México.

Dr. P. Rivas
Obra premiada con el Tercer Lugar en el
II Premio Memorial Conde de Las Cases
Instituto Napoleónico México-Francia ©
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INTRODUCCIÓN

El helenismo que llega al Imperio Napoleónico está filtrado por la cultura romana. Incluso en el XIX y XX el patrón de identificación es romano. Se habla de Neptuno, no de Poseidón; se menciona a Minerva, no a Atenea. Nuestros planetas son Júpiter, Marte, Venus y no Zeus, ni Afrodita, ni Ares. Sin embargo, haremos una lectura helénica de algunos signos napoleónicos. Imploro pues su benevolencia para viajar al monte Olimpo donde esta historia comenzó. Habrá cuatro tiempos:

1. Los tiempos míticos.

2. Días antes de la coronación de Napoleón.

3. El día de su coronación

4. El día de la imposición de las águilas a los generales.

 

PERSONAJES OLÍMPICOS

Zeus, padre de los dioses.
Afrodita, la hija amada.
Atenea, deidad firme.
Hera, la celosa esposa.
Apolo, divina palabra.
Eros, hijo de Afrodita.
Ganímedes, el escanciador.
Dafne, ninfa.
Coro de olímpicos.

HUMANOS

Aedo, narrador.
Napoleón, cónsul general y después emperador.
Duque de Cambacérès, Juan Jacobo Regis. (1753-1824).
Jurisconsulto revolucionario.
Elabora proyecto de Código Civil.
Duodécimo cónsul nombrado por Napoleón, a partir del 18 Brumario.
Napoleón le otorga múltiples nombramientos: Archicanciller, presidente del senado.
Exiliado de Francia en 1816. Regresa en 1818.
Coro de generales.

 

 

Los signos helénicos empleados por Napoleón
 


1. En tiempos míticos.


Coro olímpico:
Ven Calíope, oh, hija de Mnemosine
y de Zeus Tonante,
musa mayor, afamada, gloriosa,
grata a reyes y reinas,
díctame un canto épico,
mujer de bella cara.

Afrodita:
Pon atención Padre bienaventurado, mira al bosque donde los humanos se entretienen. Ahí un joven entona himnos en tu honor, oh padre, el más poderoso de los dioses.

Ganímedes:
Oh musa divina, madre mía,
ven y dame el tono,
y no sólo eso, dame el talento,
para cantar un himno
a Zeus, Ideo, viajero entre el Olimpo
y el monte Ida.

Ven, oh musa mía, Calíope,
la de cara bonita,
la que arriba a la mansión de los reyes,
ven y dame tu acorde
que quiero cantar un himno
al lanzador de los rayos,
a Zeus Altisonante.

Eres tú, divino Zeus,
luz que penetra, brillo que ilumina,
todos sabemos que eres el mejor,
el mayor, y el más poderoso de los dioses.

Por eso portas largo cetro,
relampagueas con un guiño de ojo,
haciendo favorables señales
y lanzas potente rayo.

Oh Zeus, águila real con alas desplegadas,
volador en entre cirrus, pues eres
la sombría nube,
desde donde todo lo miras,
pasado y futuro,
oh autor divino de todo presagio.

Zeus:
Oh, ese poeta y cantor es digno de estar aquí, conmigo para hacerme gozar, ya de una copa de néctar, ya de un canto de alabanza.

Afrodita:
¿Qué tramas, oh Padre?

Zeus:
Iré por el joven Ganímedes y lo traeré al Olimpo.

Hera:
No te atrevas a traer a un humano, pues no son dignos de nuestras delicias, ni del néctar, ni de la ambrosía, menos aún de regalarles la plena salud, y el don de la inmortalidad.

Zeus:
Escucha bien, esposa mía, y escuchen deidades todas, para que les manifieste en su pecho y en su frente, lo que mi corazón dicta.
Ninguno de ustedes, sea varón o hembra se atreva a transgredir mi mandato, y menos tú, oh Hera, la de diadema dorada; antes bien, asientan todos, a fin de que cuanto antes lleve a cabo lo que pretendo. El dios que intente impedirme que vaya yo a recoger al poeta Ganímedes, y lo inmortalice como mi escanciador oficial en una constelación, se verá afrentosamente golpeado; y si quiere oponerse a mis deseos, entonces le arrojaré al tenebroso tártaro, muy lejos, en lo profundo del báratro, debajo de la tierra, y conocerá cuánto aventaja mi poder al de las demás deidades.

Hera:
Oh esposo mío, no te irrites porque no deseo a Ganímedes en el Olimpo, mira que yo también tengo un poder.

Zeus:
Si quieres hacer esta prueba para que te convenzas, oh diosa envidiosa, suspende del cielo áurea cadena, pídele a todos los dioses y diosas que se aten a ella, que yo tomaré la otra parte, y les advierto que ni así lograrán arrastrar del cielo a la tierra a Zeus, el hijo de Cronos, árbitro supremo, y esto, por mucho que se fatiguen; pero, si yo me resolviera a tirar de la cadena, los levantaría a todos con la tierra y el mar.

Hera:
Oh Zeus abusador.

Zeus:
Y ahí no pararía mi poder, ataría un cabo de la cadena a la cumbre del Olimpo, y quedarían todos suspensos, en el aire, agitando sus pies y manos, pidiendo socorro.

Hera:
Eres odioso.

Zeus:
Es necesario que exista el poder.
Soy poderoso y superior entre todos los dioses. Así que no te interpongas, porque ahora mismo iré por Ganímedes para que de su jarra nos sirva el vino y la ambrosía.

Hera:
Se hará como tú lo desees.

Zeus:
Recuerda Hera amada, que yo soy el centro y doy el cetro a los reyes, también doy la inmortalidad a quien me place.
Y no sólo tengo el más alto poder sobre divinos y humanos, sino que soy yo quien otorga esa fuerza a algunos pocos humanos para que se impongan sobre otros, se entronicen, manden, ya sea por violentas guerras, por crímenes, o por el favor de sus conciudadanos.
Recuérdalo, oh Hera, yo fui quien dio el cetro a Agamemnón, rey de hombres, y yo seguiré dando el cetro a quien me plazca. Ares, la Guerra es hijo mío, y ejecuta mis mandatos, así es, y así seguirá siendo.

Hera:
Eres injusto, oh esposo mío.

Zeus:
El poder nada tiene que ver con la justicia, es una fuerza ya física, ya con las palabras, que logra que uno se imponga sobre otro. Y yo, ya pasé la guerra en contra de Cronos, y en su momento, lo destroné; y ahora tengo yo el poder supremo.

Hera:
Eres odioso, ya te lo dije.

Zeus:
Ciertamente, pero también soy amado. Con todos he de ser severo pero agradable.

Hera:
Entonces, tendrás enemigos.

Zeus:
Todo gobernante debe protegerse de sus enemigos, y ganar amigos; debe, vencer con la fuerza o el engaño; hacerse amar, pero a la vez ser temido; debe ganar el respeto, la confianza y hasta la reverencia de sus soldados.

Coro de deidades:
Difícil tarea tienes, oh Zeus:
concentrar el poder
y emprender tareas que a nosotros
nos resultan imposibles.

Zeus:
Y ahora que llegue Ganímedes, nosotros bebemos con placer, él nos deleitará con himnos en mi honor, y si accedes de buen grado, también cantará himnos en tu honor, oh noble esposa.

Hera:
Me agradará escucharlo.

Aedo:
Vuelta la paz al Olimpo, se levantó Zeus de su trono, extendió su manto azul y se transformó en un águila gigante, capaz de sostener en vuelo entre sus garras, un rayo enorme de fuego y bronce, y así investido con ligeras alas y plumas sutiles, cruzó el éter, y los Campos Elíseos, como largovidente que es, localizó a Ganímedes entre el ramaje de un bosque, rodeado de fieras y de pájaros, le tomó con suavidad y firmeza entre sus garras reales y le elevó hasta el eternal Olimpo, y hasta la constelación de su propio nombre.

Ganímedes:
¡Oh Zeus! ¡Oh Zeus Cronida!,
padre de Afrodita, la deidad de nimbas formas,
mujer de cabellera recogida y medallón de oro,
amante de Ares, peleador incansable:
infúndenos placer en piernas y brazos.

¡Oh Zeus! ¡Oh Zeus Cronida! Potente, recto,
largovidente, tú que rompes el velo de la ira,
nuestra vida fecunda como fecundaste a Ío,
a Europa, a Latona, y a Leda.

¡Oh Zeus! ¡Oh Zeus Cronida!,
triunfador virtuoso,
cisne de terso cuello, padre de Helena,
manda tu luz para atisbar el destino
que tu benigna mano ha trazado.

¡Oh Zeus! ¡Oh Zeus Cronida!, hijo de Cronos,
vencedor en las batallas, padre de Atenea,
la mujer sabia, virgen,
deidad augusta de ojos de lechuza.
Danos virtud, verdad y valor.

¡Oh Zeus! ¡Oh Zeus potente!, viajero entre nubes,
tú das a cada quien lo que le toca,
haz que la Justicia impere
por sobre la intriga, en ésta, tu ciudad.

¡Oh Zeus! ¡Oh Zeus Cronida!,
tú pintaste mi destino,
dime pues, cuándo seguir a Atenea,
y cuándo implorar a Afrodita.

¡Oh Zeus! ¡Oh Zeus potente!,
dame un indicio, tu rayo o tu signo,
pues mi devenir ignoro.

¡Oh Zeus! ¡Oh Zeus Cronida!,
lanzador de los rayos,
marca el sino de mi alma, dí mi suerte,
sea el encuentro con la lechuza,
o penetrar la concha de Afrodita.

¡Oh Zeus! ¡Oh Zeus potente!, dame un indicio,
tu rayo o tu signo, pues mi devenir ignoro.

¡Oh Zeus! ¡Oh Zeus Cronida!,
¡Oh Zeus! ¡Oh Zeus Cronida!


2. Días antes de la coronación de Napoleón.

En el palacio de Versalles.

Napoleón:
Es preciso definir la nueva identidad francesa. Todo ha cambiado. La flor de lis, sobre fondo azul cayó, no rige más. Ahora vendrá algo nuevo.

Cambacérès:
Los revolucionarios han sido valientes, se plantaron en las barricadas, después sus soldados y generales también lo han sido. Así que proponemos que adopte el signo del gallo; el de cresta de atrás al frente, el que ha inspirado la cimera de los cascos de Odiseo, Ayax, y Diomedes.

Napoleón:
Mi estimado Cambacérès, dirás lo que quieras de la tradición del gallo, pero nunca dejará de ser un ave de corral. La Francia necesita mucho más.

Cambacérès:
Un signo puede proteger tus espaldas, la abeja, la laboriosa abeja, es constructora.

Napoleón:
Pero no deja de ser femenina, es una reina, y esto aquí, es inaceptable.

Cambacérès:
Su excelencia: permítame que le exprese el pensar de Francis Bacon respecto de las abejas:

Las ciencias han sido tratadas por los empíricos o por los dogmáticos. Los empíricos, semejantes a las hormigas, sólo saben recoger y gastar; los racionalistas, semejantes a las arañas, forman telas que sacan de sí mismos; el procedimiento de la abeja ocupa el término medio entre los dos; la abeja recoge sus materiales en las flores de los jardines y de los campos, pero los transforma y los destila por una virtud que le es propia. Esta es la imagen del verdadero trabajo de filosofía, que no se fía exclusivamente de las fuerzas de la humana inteligencia y ni siquiera hace de ella su principal apoyo; no se contenta tampoco con depositar en la memoria, sin cambiarlos, los materiales recogidos en la historia natural y en las artes mecánicas, sino que los lleva hasta la inteligencia modificados y trasformados.

Napoleón:
Un inglés no es mi autor predilecto. Apenas el 6 de agosto de este año de 1804 estuve en Boulogne al frente de cien mil soldados, mientras en la mar nos amenazaba la armada inglesa.

Cambacérès:
Las ideas son ideas independientemente de la nacionalidad de quien las expresó.

Napoleón:
Mañana resolveremos. Mientras tanto rumien otro signo como el caballo, el majestuoso corcel que me permite pasear por la campiña y ganar las guerras; o bien, el águila digno signo de un imperio.

Cambacérès:
El águila se confundiría con el emblema de los Habsburgo. Águila real, águila de dos cabezas. Majestad, acepte la abeja. La coronación ya está cerca.

Napoleón:
Mañana resolveremos.

Desde el Olimpo:

Afrodita:
Esta tarde y noche son muy activos, padre Zeus, dador de todo presagio.

Zeus:
Pues, ¿qué ocurre que distraes mi suave coloquio?

Afrodita:
Napoleón firmará mañana el decreto en donde se establecen sus signos imperiales. Y, ni tú estás presente, ni yo misma.

Zeus:
Oh Afrodita, atenta siempre a los suspiros humanos, las noches son tuyas, así que es tiempo propicio para enviar a Hipnos con nuestro mensaje, pero primero deliberemos sobre qué es lo más conveniente.

Afrodita:
Pues a Bonaparte no le agradó el gallo. No lo mira más que como ave de corral.

Zeus:
Falta de profundidad y estrategia de Bonaparte. El gallo siempre ha dado fuerza a los humanos; porque inspira a viajar de atrás al frente, siempre en nuestro reino, en el interior. Por eso, de gallo nació la palabra gallardía, o valor. Por eso, el casco de tu hermana Atenea usa en ocasiones una cimera rígida, que no es la cresta del caballo, sino la del gallo.

Afrodita:
Si padre, lo comprendo, pero veo en cambio, una oportunidad.

Zeus:
Y, ¿por qué habría yo de ayudarle? Si ni siquiera mi nombre sabe.

Afrodita:
Sí. Te conoce y reconoce, aunque te nombra como Júpiter. Ayudémosle para que elija un signo tuyo y uno mío.

Zeus:
Es cierto; además es audaz y temerario.

Afrodita:
Dale pues un signo.

Zeus:
¿Un signo mío?, No uno, sino muchos, acuérdate hija, que yo entrego el poder a los gobernantes, gobernar es dirigir la nave, ser conductor, tener autoridad sobre otros; asunto difícil, asunto sacro.

Afrodita:
Napoleón ha invitado a pío VII para que lo corone, y el Papa ha aceptado esperando recuperar sus territorios perdidos.

Zeus:
Sería un error que el Papa lo coronara, pues “aquel que se apoya en otros para elaborar su grandeza, obra su propia ruina; nada se obtiene de otra manera sino con la propia fuerza e industria; si un príncipe se asienta por otros medios, su poder será siempre limitado”. (Maquiavelo, 1513).

Afrodita:
¡Pero, cómo! Dónde quedó el respeto sacro.

Zeus:
Es un asunto de política, no de religión ni de moral. Simplemente es juego de poder.

Afrodita:
Bueno, vamos al asunto, qué signos usará.

Zeus:
Le daré desde luego, un trono similar al mío, ancho, de patas con garras, de pesados brazos, y con escabel a sus pies.
Tendrá además un cetro, largo, firme, dorado, como el que le regalé a Agamemnón; callado de pastor de hombres.
También una vara señaladora de la inocencia y de la culpabilidad, con una mano y su dedo índice, signo de Themis, la Justicia misma.
También tendrá mi rayo, fuerza imparable, destino, poder.

Afrodita:
Te ves muy generoso.

Zeus:
Lo soy. Él sabe lo que es el poder y quiere asentarse en él. Parece un ególatra; y lo es cuando expresa: “Yo soy la Revolución misma”. Una sociedad toda rompió con la inercia de una dinastía, la de los Luises. La Revolución rompió esa inercia, y entonces, se creó un vacío de poder, que Napoleón llenó. No había otro camino, sino volver a concentrar el poder y fundar un nuevo “Estado, institución social que reivindica el monopolio de la violencia física legítima”. (Fullat, 1993).

Afrodita:
Te ves descarnado.

Zeus:
El poder lo es, es frío, mármol sin sentimientos. Es preciso apoderarse del poder. Y está creciendo el poder de Napoleón, porque se lo apropia, nadie se lo ha regalado. Él está modificando incondicionalmente la conducta de otros. Muchos lo aceptarán y se subordinarán; otros, se opondrán abiertamente.

Afrodita:
Muchas veces no nos gusta tu poderío, oh Padre Zeus, pero lo aceptamos, pues no hay más remedio.
Volviendo al tema, ¿cuál será el principal signo napoleónico? ¿Serás tú en forma de toro, en forma de cisne, en forma de carnero, o en forma de águila?

Zeus:
La lluvia de oro, el toro y el cisne han sido mis mejores formas, pues con cada una he conquistado a la mujer sobre la que posé mi mirada. Pero, en los momentos decisivos, ha sido el águila la que ha resuelto las batallas. Así pasó cuando Héctor, hijo de Príamo estaba invadiendo las naves.
Recuerden la hazaña cantada por Homero, Ilíada VIII.

Coro de olímpicos:

Llenose de hombres y carros escudados
desde los bajeles al foso,
y Héctor Priamida los cercó,
igual que al impetuoso Ares,
y todos hubieran fenecido
a no ser porque la veneranda Hera
sugirió a Agamemnón que animara
a los aqueos.

Agamemnón exclamó:
Padre Zeus ayúdanos
que de otro modo,
Héctor pegará fuego ardiente
a nuestras veleras naves.

Mira que cuando llegue
a la bien amurallada Troya
quemé en tu honor
grasa y muslos de buey.

Entonces Zeus le concedió
que su pueblo se salvara,
y envió un águila,
la mejor de las aves agoreras
que llevaba en las garras
un hijuelo de una veloz cierva,
y lo dejó caer al pie del ara
hermosa del próvido Zeus.

Entonces no pudieron gloriarse
los Danaos, aunque eran muchos,
de haber quemado las naves aqueas.

Concedámosle pues, el águila de amplio plumaje y alas extendidas, y que lleve mi divino rayo, muestra de mi poderío, en lugar de la veloz cierva.

Afrodita:
Así se hará, pero yo también quiero estar presente, mira que Ares, mi amado Ares es la Guerra misma.

Zeus:
Tú eres endeble, y saliste herida cuando te presentaste en la Guerra troyana; pero te concederé que quede un signo de tu hijo, el divino Eros.

Afrodita:
¿La flecha?

Zeus:
La abeja. Mira el escozor que provoca su deseo.
Recordemos aquellos versos:
Coro de olímpicos:
¡Cuidado Eros! ¡Cuidado!
Un panal se ha destapado,
las abejas rondan en ritual ríspido.
Vuela niño, una apis mellífìca te persigue,
vuela pues, más rápido que ella.

Eros:
¡Aaaaaaaaaaaaay!
Miren el aguijón en mi dedo
es de una abeja carpintera
que taladra bosques y madera
buscando polen con ira ciega.
¡Ooooooh! Punzada honda,
ponzoña voraz, dolor insaciable.

Coro de olímpicos:
¡Poco dolor sufres,
dardanio Eros!,
comparado a las heridas sin sangre
que provocan los disparos
de tu procaz y provocativo dardo.

Eros:
¡Madre! ¡Afrodita! ¡Chipriota!
Mitiga mi ardor con agua helada,
o con bálsamo de la Castálida fuente.

Coro de olímpicos:
No queremos que sufras,
pero no hay remedio,
se hinchará tu mano
impidiendo tu tarea.
Este mismo escozor, el más profundo,
es el que tu flagelo provoca.

Zeus:
Envía pues, Afrodita, la de curveadas formas, a Iris con nuestro mensaje a Napoleón. Hazle ver que como signo de poder le regalamos mi cetro, mi rayo, y mi poderosa águila.

Afrodita:
Y como signo mío, le regalo la abeja, signo que pertenece a mi hijo Eros.

Zeus:
Mira que él duerme ahora. ¡Apresúrate! Pues es de sueño ligero. Y atención, que nadie debe saber de esta visita.

3. El día de la coronación y consagración, 2 de diciembre de 1804.

Afrodita:
Mira Apolo, mira, allá va Napoleón. La Catedral de Notre Dame, en la isla del río Sena, se ha revestido de seda, y mármol. La nave está repleta, el Papa Pío VII lo espera desde su trono. Lleva la mitra y de ella se desprenden las ínfulas.
La catedral más parece un palacio que un recinto sagrado.

Apolo:
¿Cómo? ¿Otra vez este desacato?

Afrodita:
¿Cuál? ¿A cuál te refieres?

Apolo:
Pío VII lleva, la ínfulas listones que se desprenden de la mitra, y caen bajo sus hombros; son propios de mis sacerdotes; no hay razón para que él las lleve.
Pero, ahora me concentraré en un atrevimiento mayor. Mira a Bonaparte. Ya baja de la carroza, lleva capa y una corona de oro con ramas de laurel.
¡Insolente! ¡Cómo se atreve a utilizar mi corona!

Afrodita:
¿De qué nos hablas?

Apolo:
La corona de laurel es signo mío, y se lo he cedido a los más insignes poetas y creadores. Lo portó Dante, Petrarca, Virgilio, Horacio. También lo llevaron los victoriosos atletas durante los Juegos Olímpicos helénicos.

Afrodita:
Yo estoy contenta de que Napoleón lleve la capa con la abeja, signo de mi hijo Eros.

Apolo:
Pues yo no, es una irreverencia, es un hurto.

Coro:
Hablas sabiamente, oh Apolo,
el cetro es signo de poder,
y Zeus lo otorga a quien le place,
el águila es signo de Zeus Cronida,
el máximo jefe, máximo poder.

La corona de laurel, en cambio,
es para el esforzado,
para quien hace cultura, quien renuncia,
no para quien manda, ni para quien rige.
Es incorrecto, absolutamente incorrecto.

Apolo:
Padre Zeus, que moras en lo alto,
que lanzas truenos también desde lo alto,
detén este abuso,
y ordena que Napoleón
se quite la corona de laurel,
corona de oro que va de una cien a otra.

Zeus:
Bien me dicen largovidente, este asunto lo comentamos cuando Julio César entró victorioso a la Roma Imperial, fue un desacato, fue un robo darle al poderoso un signo que corresponde a quien hace cultura.

Apolo:
¡Entonces…!

Zeus:
Es ya tarde, lo dejaremos que la use. Y no te preocupes, vendrán muchas voces que lo reprueben.

Apolo:
Napoleón es como Egisto, de carácter insolente.

Coro de olímpicos:
Llama a Dafne niña, y que nos cuente la historia de la corona de laurel. Anda Apolo, y no te enfurezcas.

Apolo:
Ven Dafne ninfa, ven y acompáñanos, en este turbio momento.

Zeus:
Ordeno que Dafne deje de ser laurel, y regrese a su forma de ninfa por un día, para que cante su infortunio.

Sonido de rayo.

Dafne:
¡Soy Dafne rediviva! Escuché sus versos, estreché sus voces, supliqué a Zeus que librara mis raíces, y aquí me tienen; así pues, les diré qué pienso.
Dicen que mi desgracia inició con las certeras flechas del niño alado, disparando una de fuego al délfico Apolo y otra de plomo en mis muslos. Falso. Absolutamente falso. Eros abrió su aljaba y acarició una flecha destinada a mi perdición. Su tiro fue certero. Me abrasó un fuego chispeante que aún arde como blanquecina brasa. Cierto. Eros acertó el tiro, pero no fueron flechas disparejas, sino dardos con ritmo. Así, quedé inflamada de amor por Apolo.
(Como lamento). ¡Cuánto padece una mujer que ama con delirio a un dios prohibido! Y ésta precisamente, fue mi desgracia. Demasiado pronto supe el destino que Zeus Padre me había fijado. ¡Aaay! La crecida de mi río se resecó muy pronto, pues sólo una vez sentí el goce de la seducción y el flujo del deseo.
Fue entonces cuando ustedes me señalaron el destino marcado por el águila real, Zeus. ¡Aaay! tres, y tres veces, ¡ay! Esa noche, al llegar a mi lecho cubierto de sábanas bordadas y almohadones de seda, retiré las finas prendas, y las arrojé a la fogata, pues jamás las usaría con el divino mancebo. Lloraba y sudaba; era títere sobre saltón fuego. Temblé des-concertada con arritmia. La neblina me cubría.
Busqué un costal donde guardaba el forraje para bestias, descosí su orilla hasta extenderlo. Me recosté entre llanto. Estaba inquieta y me movía. Mi piel ardió enrojecida, el dolor penetró hasta mis huesos.
¿Por qué mi lecho se volvió cilicio? ¿Por qué aquella noche fue tormenta a descubierto? ¿Cómo? ¿No lo recuerdan? Ustedes me impusieron mi destino. Ustedes me recordaron el sino olímpico.
(Murmullo afirmando). ¿Callan ahora?

Pausa. Nuevamente un murmullo.

Poco les importó entonces mi sentir, poco les hubiera importado el quiebre de mi fémur. Nada les importó mi desvelo.
Al amanecer, mi Sol reinició su carrera. Los caballos de su carro se habían desviado de curso, persiguiéndome. Me levanté, y desnuda, corrí medio marathón, mi cabellera se agitaba. Llegó lo más difícil, explicarle a mi amado, o al menos intentar explicarle que no soy para él. Creí que al negarme, su boca como toro, lanzaría fuego; pero no fue así; por el contrario, su voz permaneció endulzando mi amargor. Y eso fue un puñal rojizo. En fin, seguí corriendo, invoqué a Peneo, mi padre y a Zeus, mi padre omnipotente. Ustedes me gritaban, lo recuerdo vaga-mente. Síííí. Ustedes querían contenerme.
Murmullo con actitudes de extrañeza; algunos, de aprobación.
Sentí que mis piernas se entumían. Un mareo me abrazó; un viento gélido que se transformó en huracán. Repetía desesperada las palabras de Atenea: ‘Toda Grecia está angustiada a tus pies’ Desnuda, sí, me arrojé al río Peneo. Apolo seguía persiguiéndome. Mi propio deseo también me perseguía. Quería ser virgen y quería dejar de serlo. No recuerdo si alcancé la otra orilla. Estaba aturdida, ustedes gritaban. (Murmullo aprobatorio).
Mi piel se arrugaba por instantes bajo el influjo del agua. Al menos eso creía. Mi frente también se arrugó. Mis piernas se acalambraron y no nadaba con fluidez. El agua, flujo sacro, me había envuelto. Una corriente fría que venía quizá del río Cosito me empujó varios minutos. Estaba rígida y pensé que me ahogaría, pero flotaba, pues era ligero tronco; mis pensamientos se apagaban mientras florecían las hojas de laurel como prolongación de mi cabellera y dedos. Era un tablón flotante; quedé a salvo de Apolo; cumplía mi misión y esperaba un homenaje.
Cuando todo pasó, estaba enterrada a la orilla del río Peneo, abundaba el agua, pero no podía usarla para complacer mi deseo: me había enraizado, y sentía frío; temblaba con el ritmo del viento. ¡Era un laurel, ya no más una ninfa!
Entonces, se acercó a mí Apolo, mi amado, se dio cuenta de mi cambio, de mi rigidez, pues era un enraizado laurel. Él cortó algunas de mis ramas, de lo que antes fuera mi cabellera, y se entretejió una corona de hoja perene, corona de laurel, corona de renuncia.
El ofrecimiento que ustedes me hicieron respecto a tratarme como heroína ha sido parcialmente cumplido. ¿Ya no lo recuerdan? (Murmullo). (Irónico). Ustedes me gritaron que sería alabada, considerada igual que Perseo o que Héracles. ¡Ah! Soltaron palabras fracturadas.
¿Y qué he ganado? (Murmullo de desconcierto).
Tiempo atrás se formaban en procesión con ramas de laurel durante la daphnephoriá, fiesta en mi honor. Después, llegó el silencio, enmudecimiento medieval, y cuando hablaron de mí, fue para hacerme menos.
Sor Juana Inés de la Cruz me ha recordado una y otra vez. Sí, gracias; pero, me ha evocado para calificarme como “desdeñosa Dafne”. ¿Cree ella que yo no amaba a Apolo? ¿Acaso Apolo mismo creerá que no lo he amado? ¡Aaay! Soy desgraciada. Apolo es mi escudo, mi corteza, mi protección, mi todo. No soy desdeñosa.
He cumplido una misión. Cumplí mi parte en el pacto. Si en algo aprecian mi inmolación, si les he abierto la puerta broncínea de la cultura, si creen que valió la pena ser la especie triunfante… entonces, canten poemas al Amor, a Eros, y a mi sol: Apolo.
Pero eso sí, no permitan que los poderosos roben el signo de cultura. No la corona de laurel está destinada a poetas, y creadores como ustedes, oh amigos.

Coro de olímpicos:
Te recordamos, oh Dafne, te recordamos con respeto y cariño. Pronto haremos un canto para ti; pero hoy es preciso consolar a Apolo, y mirar complacientes la coronación de Bonaparte.

Apolo:
También Napoleón lleva la corona de Dafne en la medalla de la Legión de Honor. Es una estrella de cinco coronas dobles y al centro se encuentra la Patria ceñidas sus sienes con la corona de laurel. Miren: Napoleón la porta como Gran Maestre de la Orden Nacional Francesa.

Coro de olímpicos:
Este signo si fue muy reciente, fundada la Orden el 19 de mayo de 1802. Reconocemos Apolo, que la corona de laurel es para los esforzados que crean cultura, y no para los poderosos. Estamos contigo, oh Apolo Febo.


4. El día de la imposición de las águilas a los generales, tres días después de la coronación; cinco de diciembre de 1804.

Hera:
Padre Zeus, de voz amplia que se oye de lejos, pon atención, hoy, a tres días de la Coronación de Napoleón, él desea efectuar la imposición de las águilas a sus generales. ¿Cómo? Si ya le concediste a él el águila imperial, ¿cómo va él a entregarla así nada más, a sus generales?

Zeus:
Y, ¿dónde lo hará?

Hera:
En el campo Marte.

Zeus:
¡Ah!, en el campo de la Guerra. Recuerda que Napoleón depende de sus generales, pues si evita la guerra, sólo lo hará en provecho de sus enemigos. Y mira a otros lados, mientras él está en estas fiestas, tanto al oeste como al norte, sus enemigos están fundiendo cañones y entrenando soldados.
Pero, en consideración a ti, le pediremos su opinión a mi hija Atenea.

Atenea:
Oh, divino Padre, tú dirás qué es lo pertinente, tú poderoso sempiterno, de quien proceden todos los reyes.

Zeus:
Y también proceden los emperadores, no lo olvides, oh hija predilecta; pero vayamos al asunto, es preciso deliberar si el águila, mi signo preferido, es sólo para el máximo jefe, o bien puede ser compartida.
Dime sabia hija, cuál es tu opinión; pues un gobernante debe saber pedir un consejo, pero no es conveniente que se lo den cuando él no lo ha pedido.

Atenea:
Mis palabras se escucharán mejor en la voz de el mejor poeta, el ciego Homero. En dos ocasiones Homero asemeja el valor de Héctor, el de cimera tremolante, contigo, quiero decir, con el águila veloz y de aguda vista. Escucha Ilíada X.

Así Ayante, andando a paso seguido, recorría las cubiertas de muchas naves, y su voz llegaba al éter. Sin cesar daba horribles gritos, para exhortar a los dánaos a defender naves y tiendas. Tampoco Héctor permanecía en la turba de los teucros, armados de fuertes corazas, no: como el águila negra se echa sobre una bandada de alígeras aves, — gansos, grullas o cisnes cuellilargos —, que están comiendo a orillas de un río, así, Héctor corría en derechura a una nave de negra proa, empujado por la mano poderosa de Zeus, y el dios incitaba también a la tropa para que le acompañara.

Zeus:
Sí, recuerdo ese momento heroico.

Atenea:
La segunda ocasión en que Homero considera que el águila es propia de un general es esta: Ilíada XXII.

Héctor desenvainó la aguda espada, grande y fuerte, que llevaba en el costado. Y encogiéndose, se arrojó como el águila de alto vuelo se lanza a la llanura, atravesando las pardas nubes, para arrebatar la tierna corderilla o la tímida liebre; de igual manera arremetió Héctor, blandiendo la aguda espada. Aquileo embistiole a su vez, con el corazón rebosante de feroz cólera.

Hera:
Con respeto para tu sabiduría, pero Héctor no era un general, era el general en jefe de los troyanos, el más valiente, el mejor.

Atenea:
Dices bien, aunque has olvidado aquel pasaje. No sólo el mejor troyano, sino Aquiles mismo fue comparado con el águila, es decir, con Zeus, contigo, padre benigno. Esto en Ilíada XXI.

Aquileo, famoso por su lanza, saltó de la escarpada orilla, al centro del río (Escamandro). Pero éste le atacó enfurecido… El héroe ya no se podía tener en pie. Asiose entonces con ambas manos a un olmo corpulento y frondoso; pero éste arrancado de raíz, rompió el borde escarpado… cayó entero al río y se convirtió en un puente… El Pelida salvó cerca de un tiro de lanza, dando un brinco con la impetuosidad de la rapaz águila negra, que es la más forzuda y veloz de las aves; parecido a ella, el héroe corría y el bronce resonaba horriblemente sobre su pecho.

Hera:
Sí, pero Ayax fue el más valiente, aunque no le reconocieran sus hazañas.

Atenea:
El águila fue también para Menelao, escuchen Ilíada XVII:

Menelao:
¡Ea, Ayantes, caudillos de los argivos! ¡Ea, Meriones! Acuérdense ahora de la mansedumbre del mísero Patroclo, el cual supo ser amable con todos mientras gozó de vida, pero después, la muerte y la parca le alcanzaron. —Dicho esto, el rubio Menelao partió mirando a todas partes como el águila, el ave, según dicen, de vista más perspicaz de cuantas vuelan por el cielo, a la cual, aun estando en las alturas, ni le pasa inadvertida una liebre de pies ligeros echada debajo de un arbusto frondoso, y se abalanza a ella, y en un instante la coge y le quita la vida.

Zeus:
Bien argumentado, hija mía. Me parece que es propio y correcto, el que Napoleón entregue el águila de alas extendidas, como remate de un vástago a cada uno de sus generales. ¡Sea!, La ceremonia de Bonaparte para la distribución de águilas entre sus generales será propicia.
El águila soy yo mismo, porque poseo mirada penetrante, mirada que conoce, mirada que descubre, mirada que atrapa; cualidades que les serán muy necesarias a cada uno de sus generales, pues labor de los generales es “mantener asegurados y protegidos a todos sus aliados”.
Apruebo la ceremonia napoleónica.


En el campo Marte. París.

Napoleón:
Al Duque de Cambacérès, Juan Jacobo Regis, fiel consejero, jurisconsulto, príncipe, y duque de Parma, lo nombro Gran Águila; y portará con honor el signo imperial en su pecho.

Cambacérès:
Acepto respetuosamente, majestad, tan alto honor.

Napoleón:
El águila es el signo imperial, águila fuerte, águila de espléndidas alas, que nos guiará y protegerá.
Se impone el águila imperial al general de las Vélites. Águila que guiará a este cuerpo estratégico para avanzar con velocidad y sigilo.
Cada regimiento tendrá un águila imperial, que marchará al frente, abriendo brecha, señalando el rumbo. Síganla, nunca la pierdan.

Coro de Generales:
¡Viva!, ¡Viva nuestro emperador! ¡Viva Napoleón!

Napoleón:
La Francia ha pasado desde el nacimiento de nuestra revolución por oscilaciones y penas, pero hoy, nuestra Francia posee el águila imperial; águila que mantendrá viva la llama sagrada en el corazón de cada uno de los Hijos de la Francia, porque la Francia ha encontrado a los héroes que ella había buscado.

Coro de Generales:
Invoco a la Victoria poderosa,
la deseada por mortales,
quien elimina por sí misma
al malvado contrincante,
de ímpetu belicoso.

Tú zanjas la disputa dolorosa
entre bandos combatientes,
tú das el fallo en las batallas,
y te inclinas a favor de quien te invoca.

Oh mujer alada,
tú satisfaces
los más dulces deseos,
ya que todo lo dominas.

Otórganos la noble gloria
rebosante de alegría festiva
después de la contienda
que en ti se fundamenta,
oh ínclita Victoria.

¡Ea! Afortunada y deseada
ven por favor, con semblante radiante,
aportando siempre, noble fin
a las gloriosas empresas.

Danos tus dones
venerada… Victoria dorada.

FIN

Antonio P. Rivas.

BIBLIOGRAFÍA

- Chatel de Brancion, Laurence. Le Sacre de Napoléon, Ed. Perrin, París, 2004.
- Homero. Ilíada. Trad. Luis Segalá Estalella, Montaner y Simon, Barcelona, 1955.
- Maquiavelo. El Príncipe.
- Rivas, Antonio P. Dafne y Apolo. Aladas Palabras, México, 2004.