Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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NAPOLEÓN EN SANTA HELENA
SUS SENTIMIENTOS RELIGIOSOS Y SU MUERTE
El Gran-mariscal Bertrand llorando junto al cuerpo de Napoleón
Dibujo a lápiz del barón Charles de Steuben (1788-1856).

Por
Jean-Matthieu Douladoure*

Traducción del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« El hombre nunca es tan grande como de rodillas ante Dios »
Napoleón I.
PREÁMBULO (A LA EDICIÓN DE 1854)
---La muerte del Emperador, desde el punto de vista religioso, fue en nuestros días un gran evento para el mundo católico, ¡y sin embargo cuántas personas, en el pueblo principalmente, ignoran aún hoy cuáles fueron los últimos momentos del CÉLEBRE EXILIADO! (1).
Napoleón en sus últimos momentos
O Napoleón muerto con la Legión de Honor, fundada por él. Litografía romántica (1846) de Georges Rouget (1783-1869).
---Los autores de las Memorias de Santa Helena, preocupados como lo estaban de la gloria política y militar de Napoleón, han dado, casi todos, sobre esta muerte documentos tan incompletos que ésta no ha dado en las mentes toda la impresión que debía naturalmente producir. Estas obras de hecho son tan extensas que pocas personas tienen suficiente tiempo libre para leerlas, y de un precio tan elevado que no es fácil, en general, procurárselas. Luego nos pareció que sería útil recopilar y resumir, en unas cuantas páginas, todo lo que nuestros escritores más dignos de fe nos enseñaron sobre este evento, y de agrupar los hechos principales que relatan en una corta, pero fiel narración.
---Esta narración tan lacónica y muy simple, o mejor dicho este análisis somero, estará al menos al alcance del mayor número de lectores. Es al pueblo, al ejército, y más particularmente a nuestros jóvenes franceses, a las escuelas públicas que lo dirigimos. Expondrá, pondrá bajo sus ojos el ejemplo tan pleno de enseñanzas que el Emperador daba entonces al mundo. Despejado de todo otro detalle, dejará ver, en toda su luz, la gloria más pura y más verdadera del Soberano que fue tan grande en la victoria y más grande aún en la adversidad.
---N. B. Se nos dirá que para el hombre instruido, y para la clase elevada en general, este folleto no enseña nada nuevo, y lo reconocemos. ¡Se ha escrito tanto en efecto sobre Napoleón! Pero acabamos de verlo (e insistimos en esta observación), es para todas las clases, para todas las condiciones, es a fin de que se sepa POR DOQUIER, si es posible, cómo ha muerto el más grande personaje de los tiempos modernos, que publicamos el compendio que se va a leer.

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

NAPOLEÓN
EN SANTA HELENA,
SUS SENTIMIENTOS RELIGIOSOS Y SU MUERTE
(2)

El 10 de agosto de 1815, el Northumberland desplegaba sus velas y transportaba al conquistador del Mundo a Santa Helena. El 18 de octubre, Napoleón abordaba esa tierra lejana, verdadero desierto, donde terribles venganzas le esperaban. No ve allí ningún monumento, ningún signo exterior de religión, ni sacerdotes, ni iglesias « Se me toma por un filósofo y por un incrédulo, dice; pero yo creo todo lo que cree la Iglesia; yo creo en la existencia de Dios. »

Se concibe toda la impresión que debió causar en el Emperador la vista de esta costa inhabitada, o mejor dicho de ese peñón echado, tan lejos del continente, en la inmensidad de los Mares atlánticos: « Ser relegado, exclamó, por toda la vida, en una isla desierta, entre los trópicos, privado de comunicación con el Mundo; ¡es peor que la jaula de Tamerlán! » Pero la reflexión y el pensamiento de Dios despiertan al instante y reaniman en su alma el sentimiento religioso: ¡verdadero consuelo para este gran hombre, único sostén de su existencia en esta triste ribera, en esta espantosa colonia! Este sentimiento será en adelante su elemento y su vida.

Una noche (era el 10 de febrero de 1816), les decía a los servidores tan entregados que tenía con él: « El sentimiento religioso es tan consolador, que es un beneficio del cielo poseerlo. ¡De qué recurso no sería aquí! ¡Qué poder podrían tener sobre mí los hombres y las cosas, si, tomando en vista de Dios mis reveses y mis penas, yo esperase de ellos la felicidad futura por recompensa! ¡Qué gozo es la contemplación de un porvenir en el que Dios corona a la creatura que ha merecido dicha recompensa! »
Y volviendo a su pensamiento, continuaba así: « El hombre que cree es dichoso. ¡Ah! Ignoráis lo que es creer. Creer, es ver a Dios, porque se tienen los ojos fijos en Él. Dichoso aquel que cree; no cree quien quiere. ¡Tal es el cristianismo que satisface completamente a la razón de aquellos quienes han una vez admitido su principio, que se explica él mismo por una revelación que viene de arriba! »
Luego añadía: « Perdono muchas cosas; pero me horrorizan el ateo y el materialista. ¿Cómo queréis que yo tenga algo en común con un hombre que no cree en la existencia del alma, que cree que es un montón de lodo, y que quiere que yo sea, como él, un cúmulo de fango? ».

Se acabó – Napoleón en Santa Helena
Óleo de Oscar Rex (1857-1929).

No se recusará el testimonio de un protestante. El doctor O’Meara, médico inglés, cuenta que el Emperador le decía, un día, que creía todo lo que cree la Iglesia, y que deseaba que después de su muerte su cuerpo fuera quemado, porque es fácil, añadía, al Ser que tiene el poder de reunir los restos de los muertos, reformar y restablecer los cuerpos con sus cenizas.
¡Pensamientos verdaderamente cristianos! ¡Pero bien hechos para asombrar de parte de un conquistador cuya vida fue tan agitada, tan ajena, en apariencia, a las prácticas religiosas! ¡Expresaba entonces bien sinceramente todos sus arrepentimientos de haber hecho sufrir tanto al Santo Padre!
Y si se piensa en ello, se estará convencido de que los sentimientos que expresaba en Santa Helena fueron en realidad los sentimientos de toda su vida. ¡Cuántos hechos que lo prueban, cuántos actos brillantes podríamos señalar, el restablecimiento del culto, por ejemplo! Educado, desde la cuna, en los principios de una educación poderosamente católica: « Es a mi madre, decía en el trono, a quien debo mi fortuna y todo lo que hice bien. » Nunca olvidó el día de su primera comunión (3), que él decía alto y claro haber sido el más feliz y el más hermoso de toda su vida: y más tarde nos informará él mismo que la ausencia de la fe religiosa no le había nunca influenciado de manera alguna.

Reconozcamos también que tales sentimientos eran en el Emperador el resultado de su alta razón, de sus profundos estudios y de sus meditaciones. A los dieciocho años, antes de la primera Revolución, cuando estaba empleado, como subteniente de artillería, en las diversas guarniciones del Reino, se pasaba las noches dado al estudio, a reflexionar, a leer de preferencia los libros sobre la Moral y la Metafísica más abstracta y más elevada. « Hubiese podido, decíale al conde de Montholon, hacerme recibir entonces Doctor en Teología; las cuestiones religiosas siempre han tenido mucho atractivo para mí; simpatizan con mi alma como con mi pensamiento. » Se han hallado tres cuadernos que él había escrito, en sus jóvenes años, sobre el Culto y sobre la Teología, y se asegura que existía, en estos últimos tiempos, un ejemplar del Contrato social, en cuyo margen se leían, en varias páginas, estas palabras escritas de su puño y letra: « Esto no es verdad. »

Bendición de las banderas en la plaza de Nuestra Señora [de París], 1810
Óleo anónimo, atribuido al barón Antoine-Jean Gros (1771-1835).

Pero prosigamos y continuemos viendo al héroe del siglo, y estudiándolo tal como fue en Santa Helena. Retomemos una narración tan interesante desde el punto de vista de la Religión y de la verdadera Filosofía.
No diremos todas las penas con las que se vio abrumado en la tierra de exilio; sus sufrimientos y los procedimientos inauditos que tuvo para con él un hombre tan burdo como Hudson Lowe. Las Memorias de aquel tiempo han hablado suficientemente de ello.
Tampoco venimos a admirar en Napoleón al conquistador, al gran político, al legislador. Hay que ver al Emperador en una esfera más elevada, más digna de él. Es el filósofo eminente, es el profundo pensador, es el cristiano sinceramente convencido al que proclamamos y al cual las más grandes mentes proclaman con nosotros.
¡Hombre superior! Hemos visto en qué términos se expresaba acerca del sentimiento religioso y sobre la creencia católica. Hay que oírle ahora cuando habla de los misterios que nos rodean, de la existencia de Dios y de la divinidad de Cristo. Los extractos que vamos a transcribir son conocidos, y sin embargo no podríamos reproducirlos y esparcirlos lo suficientemente en el pueblo. Estos extractos son auténticos. Se puede desfigurar, pero no se imita el genio.

En una de las veladas de Santa Helena que el Emperador ha inmortalizado, pronunciaba frente a sus generales las palabras siguientes, donde lo sublime del pensamiento se halla reunido a la nobleza de la expresión:
« El hombre lanzado en la vida, decía, se pregunta: ¿De dónde vengo? ¿Quién soy? Son tantas preguntas que nos precipitan hacia la religión. Corremos ante ella; nuestra inclinación natural nos lleva a ella; creemos en Dios, porque todo Lo proclama a nuestro alrededor...
Decir de dónde vengo, a dónde voy, lo que soy, todo eso está por encima de mis ideas. Soy el reloj, que existe y que no se conoce. El hombre ama lo maravilloso: lo verdadero, es que todo es maravilla alrededor de nosotros. Todo es fenómeno en la naturaleza. Mi existencia es un fenómeno. La madera que se pone en la chimenea y que me calienta es un fenómeno. Todas las causas primeras son fenómenos. Mi inteligencia, mis faltas son secretos admirables que no sabemos ni adivinar, ni definir; los constatamos. He aquí a qué se limita nuestra ciencia. Tal es la naturaleza cuyos secretos son infinitos, delicados, fugitivos, lo cuales hasta aquí escapan al análisis como a la síntesis...
»
He aquí, sobre la existencia de Dios, un rasgo de genio que los primeros oradores, que los mayores modelos no han superado.
« Sire, le decía el Mariscal Bertrand, con un tono que éste Oficial superior no habría nunca tomado en las Tullerías, creéis en Dios. Pero en fin, ¿qué es? ¿Le habéis visto? »
« Os lo voy a decir, replica el Emperador. ¿Cómo juzgáis que un hombre tiene genio? ¿Es el genio una cosa visible? ¿Qué sabéis de él para creer en él? Se ve el efecto, se cree en él: ¿no es cierto? En el campo de batalla en medio de la melé, cuando necesitabais una pronta maniobra, de un rasgo de genio, ¿por qué, vos el primero, me buscabais con la voz y la mirada? Por todas partes no se oía más que un grito: ¿Dónde está el Emperador? ¡Las órdenes! ¿Qué significaba ese grito, sino instinto, creencia en mí, en mi genio? ¡Pues bien! el universo me hace creer en Dios. Yo creo a causa de lo que veo, a causa de lo que siento. ¿Esos efectos maravillosos de la omnipotencia divina no son realidades tan positivas, más elocuentes que mis victorias? ¿Qué es la más bella maniobra al lado del movimiento de los astros?
Existe un ser infinito ante el cual, General Bertrand, no sois más que un átomo, junto al cual yo, Napoleón, con todo mi genio, soy una verdadera nada, un puro vacío, ¿¡entendéis!?
»

El pasaje que vamos a leer sobre la divinidad de Cristo no es ni menos elocuente, ni menos profundo.

Servicio religioso del Emperador Napoleón

A su regreso a Europa, el abate Vignali llevó consigo una importante cantidad de recuerdos de Longwood, todos de un inmenso valor personal e histórico. Entre ellos figuran los objetos litúrgicos utilizados durante las misas y los servicios religiosos por él oficiados en Longwood, y de los cuales, a su llegada a Roma, hizo entrega a la Familia Imperial.
Encabezando el servicio sagrado de la capilla romana enviada por el cardenal Fesch, originalmente pertenencia de Leticia Bonaparte Ramolino, madre de Napoleón, admiramos al centro de la imagen la cruz preciosa de madera ennegrecida y plata que, por voluntad expresa del Emperador, Vignali colocó sobre el pecho del soberano tras su fallecimiento, permanenciendo ésta posada sobre su corazón durante toda la duración de los oficios y de la ceremonia fúnebres.

En otra circunstancia, el Mariscal Bertrand interpela de nuevo al Emperador en estos términos:
« No concibo, Sire, que un gran hombre como vos, ¿pueda creer que el Ser supremo se haya jamás mostrado a los hombres con un cuerpo como el nuestro?»
Y es entonces cuando Napoleón le responde con estas palabras lacónicas que todo el mundo sabe y que todo el mundo admira: « Yo conozco a los hombres, y os digo que Jesús no es un hombre. »
Continúa; pero los límites que nos hemos trazado no nos permiten dar a conocer y a descubrir, en toda su extensión, el monumento inmortal que este gran hombre elevaba entonces a la gloria del Autor divino del cristianismo. Pondremos ante la mirada del lector la última página solamente de esta larga y magnífica conversación, tal como la prensa nos la ha conservado. Él dice:

« El más grande milagro de Cristo, indiscutiblemente, es el reino de la caridad… Yo, Napoleón, es lo que admiro más, y es lo que me prueba completamente la divinidad de Cristo. He apasionado a multitudes que morían por mí. ¡A Dios no plazca que yo quiera establecer comparación alguna! Pero en fin, hacía falta mi presencia, la electricidad de mi mirada, mi acento, una palabra mía. Entonces, encendía el fuego sagrado en los corazones. ¡Ciertamente!, poseo el secreto de esta potencia mágica que arrebata a las masas. Pero no podría comunicárselo a nadie. Ninguno de mis generales lo recibió ni lo adivinó de mí… Ahora que estoy en Santa-Helena, ¿quién batalla y conquista imperios para mí? ¿Se piensa en mí? ¿Quién se menea por mí en Europa? ¿Quién me ha permanecido fiel? ¿Dónde están mis amigos? Sí, dos o tres que vuestra fidelidad inmortaliza; sí, nuestra existencia ha brillado con todo el resplandor de la diadema y de la soberanía, y la vuestra, Bertrand, reflejaba ese destello, como el domo de los Inválidos por nosotros dorado reflejaba los rayos del sol. Pero los reveses vinieron; el oro, poco a poco, se desvaneció; la lluvia de la desgracia y de los ultrajes con los que se me colma cada día se lleva las últimas parcelas: ya no somos más que plomo, General Bertrand, y pronto yo seré sólo tierra.
Tal es el destino de los grandes hombres, el de Alejandro y de César; ¡y se nos olvida! Y el nombre de un conquistador, como el de un emperador, no es más que un tema de colegio. Nuestras hazañas caen bajo la férula de un pedante que nos loa o nos insulta. Apenas muerto, el gran rey Luis XIV fue él mismo dejado solo en el aislamiento de su recámara de Versalles, descuidado por sus cortesanos y tal vez objeto de sus burlas. Era un cadáver, un féretro, una fosa, y el horror de una inminente descomposición. Todavía un momento más, y es lo que me sucederá a mí mismo. Asesinado por la oligarquía inglesa, muero antes de tiempo, y mi cadáver va a ser devuelto a la tierra para convertirse en ella en el pasto de los gusanos.
¡He allí el destino muy próximo del gran Napoleón! ¡Qué abismo entre mi miseria profunda y el reino eterno del Cristo predicado, enaltecido, amado, adorado, viviente en todo el universo! ¡He allí la muerte de Cristo; he allí la de Dios! »
El Emperador se calló; y como el General Bertrand guardaba igualmente silencio (¡quién no conoce este bello apóstrofe!) « Si no creéis, le dijo, que Jesucristo es Dios, ¡pues bien! Me equivoqué en haceros general. »

Tal fue Napoleón en los primeros tiempos de su cautiverio. ¡Verdadero fenómeno! Tanto más asombroso, tanto más digno de compasión cuanto que nadie a su alrededor secundaba sus ideas religiosas. Se ha hablado de las penas y de las contradicciones que le suscitaron algunos servidores frívolos o incrédulos, pero por respeto por la fidelidad y por consideración por la abnegación, cerremos los ojos ante esos tristes y deplorables detalles.

Sin embargo su salud se alteraba visiblemente. Hacia finales de 1818 los síntomas más graves se declararon. Pero no tenía ninguna confianza en la medicina; rechazó todos los auxilios del arte, diciendo que conocía lo suficiente su mal.

Es seguro que su mayor pesar, al llegar a Santa Helena, fue no tener ningún socorro religioso. Mandó escribir a Europa para tener sacerdotes. Pero las cartas fueron retenidas o interceptadas. Hizo escribir de nuevo, y sus apremiantes reclamaciones llegan por fin al Vaticano y al gobierno francés. « ¿Cuál es el sacerdote, observa uno de los Ministros de Luis XVIII, que consentiría exiliarse a Santa Helena? » « Yo, responde el piadoso Monseñor de Quélen, entonces coadjutor del Arzobispo de París. Me ofrezco de buen grado para ir a ganar esa alma a Jesucristo. » Infelizmente tan heroica oferta no fue escuchada. Su Santidad hace partir entonces a dos eclesiásticos italianos, los Sres. Buonavita y Vignali. Desembarcan en Santa Helena el 21 de septiembre de 1819, y el día siguiente la misa es dicha en Longwood, residencia del Emperador. La víspera, dice el Sr. Caballero de Beauterne, no podía disimular su satisfacción; comanda él mismo los preparativos. « En el trono, decía, sí, no lo oculto, tenía respeto humano y demasiada timidez. Si hubiera sin embargo hecho falta confesar la fe a precio del martirio, habría recobrado todo mi carácter. Ahora que estoy en Santa Helena, ¿por qué disimular lo que pienso en el fondo del alma? Aquí yo vivo para mí, quiero la misa y profesar lo que creo. »

Los hechos siguientes confirmarán toda la sinceridad de su fe. Uno de los generales que le habían seguido osa jactarse en su presencia, de no haber hecho su primera comunión. « Está muy mal de vuestra parte, replica el Emperador. Habéis faltado a un primer deber. Os habéis hecho culpable en lo que toca a vuestra educación. »
El abate Vignali decía misa donde Madama la condesa Bertrand, y el primer día la dijo bastante prontamente. « Vais demasiado rápido, señor Abate, le dijo él, demasiado rápido. ¿Y eso por qué? ¿Qué excusa? ¿Quién os apresura aquí? En adelante díganos Misa, una buena Misa. »
« ¡Eres italiano como yo!, decíale a Cipriani, su maestresala; no es de pescado de lo que carecemos aquí, haznos del magro, hoy es viernes. » Pero cuando se faltaba a ello: « Vamos, Señores, decía, otra vez comamos de vigilia; ¿qué excusa tenemos? ¿Estamos en la guerra? ¿Es pescado lo que nos falta aquí? Soy un viejo soldado, sé la importancia de un signo de concentración, la necesidad y los beneficios de la disciplina. »

Mons. Hyacinthe-Louis de Quélen (1778-1839), 125° arzobispo de París (1821-1839)
Óleo anónimo del periodo de la Restauración.

Fue hacia el comienzo de 1821 cuando su enfermedad hizo los progresos más alarmantes; los médicos, a quienes sin embargo hubo que recurrir, no conocían el verdadero principio de esta; el doctor Arnott, médico agregado a la guarnición inglesa, era el único que compartiera las ideas del enfermo. Un día que el Emperador tuvo una crisis terrible, hace acercarse al doctor Antommarchi, venido de Italia para remplazar a O’Meara, pero quien nunca tuvo su confianza como éste último. « Aquí, aquí, le dijo, tomando su mano y llevándola al estómago. Es un cuchillo de carnicero el que pusieron allí, y rompieron la hoja en la llaga. »
« Veo que toco a mi fin, decíale al doctor Arnott; el golpe está asestado, voy a devolverle mi cuerpo a la tierra. » Quiere subirse a la calesa, pero no puede lograrlo; entra a sus apartamentos con escalofríos, rechinidos de dientes y exclama: « ¡Ah, cómo sufro! ¡Lo siento, mi muerte no puede estar lejos! ¡En qué estado he caído! Era tan activo. Apenas si puedo levantar mi párpado; ya no soy Napoleón. » A alguien que le decía que su estado no era desesperado, le responde: « No más ilusiones; sé de lo qué se trata, estoy resignado. » Un día se sienta con menos dificultad sobre su sillón; el conde de Montholon se regocija de esta mejoría. Napoleón, quien le estimaba tiernamente, le sonrió con dulzura y le dijo: « No os equivocáis, amigo mío, estoy mejor hoy, pero no por ello siento menos que mi fin se acerca. »

El 3 de abril, toda esperanza empieza a perderse; convencido más que nunca de su fin cercano, se ocupa de rehacer su testamento, y es en este testamento en el que declara a la faz del Mundo entero, que es católico romano y que muere en esta religión.
El abate Buonavita, viejo y lisiado, no había podido soportar el clima de Santa Helena, había vuelto a Europa. El abate Vignali se quedó solo. El augusto enfermo tuvo con él largas y secretas entrevistas; su puerta estaba la mayor parte del tiempo cerrada.

El abate Angelo Vignali oficiando el servicio religioso
Único retrato existente del clérigo corso; detalle extraído del cuadro Napoleón una hora antes de su inhumación, por Jean-Baptiste Mauzaisse (1784-1844).

En aquella época, es decir en los primero días de abril, los vómitos ya no le dejaban reposo; fue imposible darle el viático; pero en la noche del 20 al 21, recibió, a petición suya, la Extremaunción.
En esta triste y conmovedora ceremonia, puede decirse que el Emperador fue sublime. Respondió, aunque quebrado por el dolor y por la intensidad del mal, con recogimiento a las plegarias de la Iglesia; luego volteándose hacia los dos o tres sirvientes que le asistían, repitió las mismas palabras que dirigía en otra circunstancia al conde de Montholon: « En las grandes tempestades, dijo, en las sugestiones accidentales de la inmortalidad misma, la ausencia de la fe religiosa nunca me ha influenciado de manera alguna, y nunca he dudado de Dios. Pues, si mi razón no hubiese bastado para comprenderlo, mi interior no lo adoptaba menos, mis nervios estaban en simpatía con ese sentimiento. »

El día siguiente 21 de abril hace venir al abate Vignali junto con el médico Antommarchi, y hablándole al sacerdote: « Sr. Abate, le dice, ¿sabéis lo que es una capilla ardiente? – Sí, ¿Sire? – ¿habéis atendido alguna? – Ninguna. – ¡Pues bien!, atenderéis en la mía. » En esas estaba el Emperador, cuando estalló una carcajada. Era Antommarchi. Júzguese lo que pasó en el alma de Napoleón; el doctor contó él mismo, en sus Memorias, lo que le dijo el Soberano ultrajado por semejante inconveniencia: « Sois un ateo; sois un médico, los médicos no manejan más que materia; no soy ni filósofo, ni médico, yo creo en Dios, soy cristiano, católico romano. Sed ateo, Señor, por mí, quiero llenar todos los deberes que la religión impone, y recibir todos los socorros que administra. » Y dirigiéndose al Abate Vignali: « Señor Abate, diréis Misa todos los días, y continuaréis diciéndola después de mi muerte; colocaréis un crucifijo sobre mi corazón; quiero, además, que desde ahora, expongáis todos los días el santo Sacramento, y que digáis todos los días las plegarias de cuarenta horas. »

Napoleón continuaba no obstante teniendo secretas conferencias con el abate Vignali.

l 27 de abril, los vómitos se hacen menos frecuentes pero presentan todos los signos de una llaga interna. La catástrofe es inminente. Tocamos el término fatal. ¡Momento terrible! El Emperador no le teme.
Desde el instante en que los vómitos se aplacan, él no piensa más que en darle a Dios, al recibirlo, la prueba más verdadera, la más positiva, la más solemne de su fe; y Dios no olvidará los servicios inmensos que el Monarca guerrero brindó, en sus primeros tiempos, a la Iglesia.

El 29 de abril, hacia las ocho de la noche, Napoleón, acostado sobre su cama de dolor, le suplica al conde de Montholon irse a descansar un poco. Desde hace treinta y nueve noches, este amigo, este servidor incomparable, estaba junto al enfermo que no quería más que a él, al compañero de cadena, para servirnos de sus propias expresiones, al mariscal Bertrand. Éste se da cuenta, cree comprender que el Emperador, preocupado por un pensamiento que mantiene oculto, quiere que se le deje solo. « Creí, dice, poder entonces hablarle como a un padre, me permití preguntarle si quería que se hiciera venir al abate Vignali – Sí, respondió el Emperador, es al cura a quien espero. Cada uno, desde ese momento se retira, y el abate Vignali es introducido.
¿Qué sucede esa noche entre el sacerdote y el ilustre penitente? Es cierto que Napoleón recibió entonces el santo Viático: ¿¡Y por qué es necesario que los biógrafos de la época, que el Sr. de Norvins, por ejemplo, hayan callado el acto más glorioso, a nuestro modo de ver, y el más hermoso de su vida!?

Pero lo que no dijeron, lo que no quisieron decir los biógrafos de los que hablamos, otro escritor, su contemporáneo, va a dárnoslo a saber; no se dirá de él que fue apasionado o prevenido por el Emperador.
El Sr. Michaud, tan conocido tan célebre en el mundo literario y en el mundo religioso, había consultado todos los testimonios, y he aquí lo que relata en su Biografía universal, tomo 75, año 1848, verb. NAPOLEÓN, en el suplemento: « Después de haberse humildemente confesado, dice, este emperador antaño tan soberbio, recibió el santo Viático y pasó toda la noche en plegarias, en actos de piedad tan conmovedores como sinceros. La mañana siguiente, cuando el general Montholon apareció, le dijo con un tono afectuoso y lleno de satisfacción: “General, soy feliz, he cumplido con todos mis deberes, os deseo, el día de vuestra muerte, la misma dicha. Precisaba de ello, ¡lo veis! Soy italiano, infante de Córcega: el sonido de las campanas me emociona; la vista de un preste me agrada. Quería mantener reserva de todo esto, pero ello no conviene; debo, quiero rendirle gloria a Dios. Dudo que Le plazca devolverme la salud. No importa, dad vuestras órdenes, General, haced levantar un altar en la recámara colindante, para que en ella se exponga el santo Sacramento y se digan las oraciones de cuarenta horas”. »
Es así como se expresa el Sr. Michaud. Habría que imprimir en la tumba del Emperador, en caracteres imborrables, esas palabras admirables que acabamos de oír: « SOY FELIZ, HE CUMPLIDO CON TODOS MIS DEBERES. »
Pero apenas las ha pronunciado, apenas ha dado la orden de elevar un altar y de exponer el santo Sacramento, que una escena de interior, un deplorable incidente viene a agobiarle. El mariscal Bertrand, cuya fidelidad superó todas las entregas, pero quien no tenía entonces las ideas religiosas que profesó desde entonces, osa oponerse a esta piadosa manifestación de un agonizante. Se permite hacer desaparecer el altar que acababa de ser preparado, y decir en la recámara misma del Emperador, que tales actos, políticamente hablando, eran poco dignos de un viejo soldado, y de su Emperador. Al oír esas palabras, Napoleón, a medio morir, se alza sentándose; y con una voz llena todavía de autoridad: « General, le dijo, estoy en mi casa; no tenéis observaciones que hacer aquí; no tenéis que recibirlas; ¿por qué pues estáis aquí? ¿Es que yo me entrometo en vuestra familia? » Todos se callaron; el altar fue restablecido y las ceremonias fueron retomadas.

Muerte de Napoleón religioso 
Tras haberse confesado y comulgado, el Emperador Napoleón, presa de una cruel agonía en su recámara de Longwood House, recibe del abate Vignali los últimos sacramentos, o extremaunción, el 3 de mayo de 1821: « Estoy en paz con el género humano », exclama entonces, aliviado. Litografía (1838) de Horace Vernet (1789-1863).

Era el 30 de abril, y en el espacio de cinco días que el Emperador vivió todavía, no pronunció una palabra que no fuese la expresión de toda su benevolencia y de su incomparable resignación. « Hice, dijo, más ingratos que Augusto. ¿Cómo no estoy como él, en estado de perdonárselos? » Corre un velo absoluto sobre los entuertos de María Luisa, de los que está informado. Se le oyó que decía: « Ella es culpable, y yo que voy a comparecer ante Dios, ¿soy inocente? » Lleva en su corazón a todos los suyos, y a todos aquellos que le han servido. Al Sr. Marchand, su digno ayuda de cámara, ¡le llama su amigo! Siempre en posesión de sí mismo, ¡siempre grande, siempre admirable en su fe! « Tenía, dijo, el proyecto de reunir a todas las sectas del cristianismo. Estábamos de acuerdo en ello con Alejandro en Tilsitt. Pero los reveses vinieron demasiado pronto; al menos he restablecido la religión: es un servicio del cual no se pueden calcular las resultas. ¿Qué serían los hombres sin la religión? » Y en la espera de su hora última añadía « No hay nada terrible en la muerte; ha sido la compañera de mi almohada durante estas tres semanas, y ahora está a punto de apoderarse de mí para siempre. Hubiera deseado volver a ver a mi mujer y a mi hijo; pero que la voluntad de Dios se haga. »

El 3 de mayo, recibió por segunda vez el santo Viático (4) y fue después de haberlo recibido que pronunció estas palabras: « Estoy en paz con el género humano » . Dos días después, 5 de mayo de 1821, entre las cinco y las seis horas de la tarde, fija, antes de expirar, una última mirada en sus generales congregados a su alrededor. Junta las manos diciendo: « ¡Dios mío! ». El delirio del momento supremo llega, y su alma inmortal emprende su vuelo hacia la gran eternidad. Tenía cincuenta y un años de edad, nueve meses, y diez días.

Tal fue el fin de este hombre asombroso. ¡Cuántas existencias reales, cuántas cabezas ilustres se extraviaron en sus vías, y no expiaron ni reconocieron, como él, sus culpables errores (5)!
Los imperios serán destruidos, todos los grandes nombres se desvanecerán; pero el recuerdo de una muerte tan heroica, tan ejemplar, quedará grabado para siempre en la memoria de los hombres, y la victoria que el Emperador se llevó sobre él mismo en Santa Helena, superará todos sus triunfos y las acciones más esplendorosas de su vida.

Instituto Napoleónico México-Francia , INMF.

* Jean-Matthieu Douladoure (1765-1858), escritor, editor; propietario de la imprenta homónima, calle Saint-Rome n°41, Tolosa, 1854.

NOTAS:
1) Lejos del vocablo eufemístico exiliado, el término deportado, más apegado a la realidad histórica, es la expresión convenida por los historiadores en nuestros días para referirnos al Emperador durante su cautiverio en Santa Helena.
2) Todo lo que vamos a contar sobre el ilustre cautivo reposa sobre documentos incontestables, extraídos de las Memorias de los Sres. de Las Cases, de Montholon, Marchand, Autommarchi, O’Meara, y en las relaciones tan concienzudas y tan verdaderas del Sr. caballero de Beauterne, del Sr. Michaud y otros.
3) La Primera Comunión de Napoleón tuvo lugar el 14 de mayo de 1783 en Briena, siendo el servicio oficiado por el abate Geoffroi. « Siento, con una dicha real, escribíale a su tío Fesch, que a través mis trabajos y la carrera de la espada que entablo, camino católico y en la fe de mi padre ». Su Confirmación se llevó a cabo el 15 de mayo siguiente ante el arzobispo de París, M. de Juigné, ocasión que suscitó un episodio memorable que merece su lugar en este espacio. Al no comprender la expresión del pequeño Napoleón quien entonces pronunciaba su nombre en italiano « Napoleone », el obispo se lo hizo repetir varias veces, lo cual hizo responder al niño, un tanto afligido: « Señor, es que hay más santos que días, y el mío no está en el calendario ». Este recuerdo estaba siempre presente en la mente del Primer Cónsul quien, cuando prometió al Papa Pío VII restablecer el culto católico en Francia así como el calendario Gregoriano, pidió a Su Santidad incluir a san Napoleón en el santoral. Pío VII instituyó efectivamente el San Napoleón, el 15 de agosto, día del nacimiento del Emperador y día de la Asunción de la Virgen. Sobre este tema, es bien conocido que para preservarse de la mala suerte, el Emperador Napoleón recurría a una costumbre bien mediterránea que consistía en hacer dos signos de cruz antes de emprender grandes cosas; múltiples testigos mencionaron haber visto a Napoleón persignarse de esa manera antes de entablar una batalla, así como proferir la exclamación « ¡Gesù! » cuando alguna situación le sorprendía, le indignaba o le horrorizaba. Lo que se sabe (y se dice) menos, es que un ícono de la Virgen María acompañaba a Napoleón todas las noches al momento de acostarse, colocado detrás o abajo de su almohada. Una de esas imágenes marianas estaba otrora expuesta en la Capilla de la Caridad, en la isla de Elba.
4) Michaud, eodem loco.
5) Lo hemos dicho, pero no podríamos repetirlo lo suficiente. Él al menos, en la prosperidad como en sus reveses, no fue ni filósofo ni escéptico, y Dios nos es testigo de que no habríamos nunca escrito estas páginas si no estuviéramos profundamente convencidos de la sinceridad de su fe.