Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
Una joven inocente, víctima de las luchas políticas
EL ATENTADO DE LA CALLE SAINT-NICAISE
Vista de la explosión de la máquina infernal, calle Saint-Nicaise, en París. Litografía anónima.

Por

Gustave Lenôtre
De la Academia francesa

Gustave Lenôtre
Gustave Lenôtre
Traducción al castellano del Instituto Napoleónico México-Francia ©
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Eran tres, escoltando, hacia las cuatro de la tarde, cuando el día declinaba, el 24 de diciembre de 1800 (3 de nivoso del año IX), una miserable carreta de dos ruedas, que arrastraba un viejo caballo negro. Los tres llevaban sobre sus ropas blusas azules, absolutamente iguales: — uno de ellos, joven enclenque, de muy pequeña estatura, de mejillas magras, con aspecto jovial, larga nariz, un poco « como trompeta », caminaba, sujetando al caballo por la rienda; — el otro, bastante grande, delgado, de aspecto distinguido, rostro afilado, ojos medio cerrados de miope, iba, vigilando el toldo que disimulaba enteramente el cargamento del coche, volviéndolo a poner en su lugar con cuidado cuando algún traqueteo la desordenaba — el tercero, achaparrado, de piel morena, con los ojos hundidos, de cariz común, seguía a algunos pasos, fijándose en las piedras halladas en el trayecto; cuando encontraba una de buenas dimensiones, la recogía, la deslizaba bajo la lona que su camarada cerraba de inmediato, evidentemente preocupado de que no se percibiera nada del cargamento misterioso. Se les vio pasar por la rue de Cléry (2), luego atravesar la plaza de las Victorias, adentrarse en las calles populosas que conducen a la plaza del Carrusel, no vasta, regular y despejada como lo es hoy, sino estrechada por todo un barrio de viejas y altas casas, abierta por callejuelas tortuosas que servían de avenidas al palacio de las Tullerías, morada del Primer Cónsul.

Llegados a la rue Saint-Nicaise — una galería que prolongaba la rue de Richelieu, — los tres hombres hicieron alto y se concertaron algunos instantes. El grande siguió hasta el ángulo de la calle, desde donde se percibía el palacio, del cual todas las ventanas, al haber caído la noche, se iluminaban; el pequeño examinaba la calle, buscando un lugar sombrío donde podría aparcar su carreta; el tercero, cuidando no levantar la lona, descargaba sus piedras y hacía con ellas un montón sobre el pavimento. Cuando el primero, que parecía dirigir el extraño convoy, hubo terminado su exploración, charlaron los tres durante algunos instantes, pareciendo discutir; luego, el grande se alejó de nuevo, en busca de alguien o de algo: era el caballero de Limoëlan, gentilhombre bretón, apodado Pour le Roy (3); el pequeño hombre de rostro jovial se llamaba Saint-Régent, chuán temible; el otro, Carbon, había adquirido en las guerras civiles una reputación merecida de « atacador de diligencias ». Los tres, venidos a París, para asesinar al Primer Cónsul, llevaban, bajo el toldo de su carreta, un barril lleno de pólvora bien comprimida, — con qué sacudir y echar por tierra una fortaleza. Bonaparte debía, esa noche, aparecer en la Ópera (4), situada en la rue de Richelieu, y pasar, para dirigirse a ella, por la calle Saint-Nicaise; los tres compinches disponían las cosas para que no fuera más lejos.
Nadie, por lo demás, se ocupaba de ellos; la calle estaba muy animada; pero los paseantes, como los habitantes del barrio, se alistaban para festejar el renacimiento de la cena de Nochebuena, vieja tradición abolida y añorada desde hacía siete años (5). Detrás de las ventanas del café Apollon (6), que ocupaba la planta baja y la primera planta de la casa de ángulo, numerosos clientes se sentaban en la mesa, bajo la mirada invitante de una camarera elegante; en el escaparate de un pantalonero, una joven trabajaba zurciendo cerca de una cuna en la que dormía un recién nacido; en la tienda del sombrerero Ometz, una bonita muchacha, en falda de nanquín rayado, parecía toda alegre; y por doquier, donde el fabricante de pelucas Vitry, donde el sastre Buchener, donde el relojero Lepeautre, donde el mercader de vinos Armet, había gentes contentas de vivir... Los tres chuanes combinaban su golpe, divergiendo de opinión sobre la manera en la que montarían su espantosa máquina de muerte.

El complot de la calle Saint Nicaise
Ilustración romántica francesa.

 

Limoëlan había regresado, habiendo hallado lo que buscaba; había tenido que ir hasta el muelle del Sena, pasar el pont Royal (7); a la entrada de la rue du Bac, divisando a dos niñitas vendedoras de panecillos, acababa de contratar a una de ellas « para sujetar a su caballo », y la traía, toda feliz por la ganga — algunos centavos que ganarse. Era una pobrecita de catorce años, vestida con harapos, un pañuelo sobre la cabeza. Saint-Régent le dio su fuete y le recomendó no dejar al caballo que, durante la ausencia de Limoëlan, había volteado de cara al muro, para que la carreta obstruyera un buen tercio de la anchura de la calle; el montón de piedras sacadas de debajo del toldo por Carbon obstruía el otro lado. La consigna de la niñita era velar por que el caballo no cambiase de posición: de hecho, éste dormía, con las patas flojas, la cabeza baja entre los varales.
Todo esto comenzaba a intrigar a los tenderos de la calle. ¿Qué esperaba esta carreta vigilada por tres desconocidos siempre en movimiento? En el lugar sombrío en el que estaba, se distinguía mal al infante que la cuidaba: — ¿Un niño disfrazado? ¿Una niña? ¿Un pequeño campesino?
Ubicada a la cabeza del caballo, la pequeña pasaba el tiempo jugando con su fuete. Alguien remarcó que uno de los « particulares » iba incesantemente hasta la reja de las Tullerías y regresaba a la carreta a la que rodeaba hablando a la chiquilla, para hacerla tener paciencia, probablemente. La noche era brumosa, el tiempo desapacible; los paseantes caminaban rápido, más numerosos al acercarse las ocho horas, pues había concierto en el hotel Longueville, muy cercano.

Repentinamente, del lado de las Tullerías, un gran ruido de coches que circulan sobre el pavimento; en la calle Saint-Nicaise, la gente se llama, se detiene, las ventanas se abren, las gentes se asoman: ¡helo ahí! — El cortejo de Bonaparte se acerca: cuatro grandes carrozas que van a toda velocidad. Primero es la escolta, los apuestos granaderos a caballo de la guardia consular; a trote veloz, se adentran en la estrecha calle Saint-Nicaise, precediendo al primer coche en el que se adivina, detrás de las ventanas empañadas, la faz seria del héroe, con quien están tres generales. Aquello sucede como un torbellino; algunos gritos de « ¡Viva Bonaparte! ». La niñita del fuete, pegada al muro, contempla, boquiabierta, a los hermosos jinetes; cerca de ella, el pequeño joven de rostro jovial hurga febrilmente bajo el toldo y se aparta bruscamente... Un formidable estruendo de trueno, un súbito y cegador resplandor, de inmediato apagado, un granizo de piedras, de vidrios quebrados, de tejas, de pizarras, de cascote, un ensordecedor estrépito de gritos de espanto, de alaridos de dolor, de llamados angustiados, en los empujones de granaderos que arremeten, sable en ristre, caballos que refunfuñando, chocan, resbalan, caen — apenas veinte segundos de tumulto y de enloquecimiento... El coche del Cónsul ha pasado; está lejos; los otros tres se detuvieron en la entrada de la calle, y, de inmediato, una multitud de gentes que huyen, otras que acuden en oleadas turbulentas, queriendo saber... Muertos tendidos, heridos que se arrastran, gimiendo: la camarera del café d’Apollon, la mujer del pantalonero y su hijo, la linda risueña en falda de nanquín, todas las gentes felices del instante precedente despedazados, ennegrecidos, torcidos, sangrantes.
Un pedazo de carne desnuda en la cuneta: es la niñita, con la piel del rostro arrancada, el cráneo abierto, sin brazos: uno fue proyectado a treinta metros de ahí; el otro está « sobre la cornisa de una casa de enfrente »; del caballo al que custodiaba, queda la cabeza y un lado del pecho del cual pende un pedazo de collar relleno de paja; de la carreta, nada, solo una llanta y un fragmento de eje que se hallará más tarde sobre el techo del hotel de Longueville. Los tres particulares no figuraban entre los muertos. Habían desaparecido.

La máquina infernal
Joseph Picot de Limoëlan (1768-1826) nunca fue cogido. Pasado clandestinamente a los Estados Unidos, asolado por los remordimientos, entró en las órdenes, y se convirtió, bajo un nombre falso, en el capellán de una congregación religiosa. Ahí vivió, en las prácticas de la más austera piedad, hasta 1826, y no reapareció nunca en Francia. Cuando volvía la noche de Navidad, la pasaba toda entera prosternado frente al altar. Los fieles admiraban la devoción de aquel santo sacerdote, cuya vida, seguro, había sido ejemplar… Él, con la frente sobre las losas, revivía los minutos trágicos de la noche del 3 de nivoso, e imploraba, sin duda alguna, el perdón del inocente infante que había tomado por la mano para conducirla a la muerte. Grabado de la época por Bonnefoy.

 

Tal vez no se les habría hallado nunca sin el azar que había afiliado a su complot a la inocente impúber cuyo destino trágico suscitó una emoción unánime. El primer cuidado de Fouché, entonces ministro de la Policía, fue identificar a esta pobre pequeña: el cuerpo estaba irreconocible; de su ropa, no se había hallado el menor trapo; la orden fue dada de buscar lo antes posible quién podía ser la desconocida « sacrificada por los villanos ». Dos días después, se presentaba en la prefectura una viuda Peusol, vendedora de panecillos, residente en la rue du Bac. Venía a reclamar a su hija, su pequeña Marianne, que no había vuelto a casa desde la noche del atentado. Dio la descripción: catorce años, cabellos rojos, nariz grande, ojos bizcos, muy picada de viruelas, y vestida con una falda de tela con rayas azules y blancas, una casaquilla de lana gris, un pañuelo azul en la cabeza. Vendía panecillos en las calles, y «justamente, esa noche, se la había enviado a comisión de ese lado». Es sobre la base de esta pista vaga que partió Fouché, conduciendo con una magistral destreza la investigación policial más tenebrosa y más erizada de obstáculos. Se ha contado a menudo, y últimamente todavía el Sr. Jean Lorédan con una profusión de detalles muy emotivos, esta cacería a través de París de los ariscos chuanes de Bretaña por los más expertos agentes de Fouché, se comprende por qué este embrollo dramático apasionó a los contemporáneos, que sin embargo debían estar un tanto hastiados.

El pueblo bajo, las mujeres sobre todo, maldecían a los asesinos, no por el atentado contra el Primer Cónsul: eso entraba en la política, ¡y se habían visto tantos de ellos!... Lo que no se excusaba, era la horrible muerte de Marianne Peusol, asociada sin piedad a odios de los que lo ignoraba todo. Cuando, en el juicio de Saint-Régent y de Carbon, detenidos después de inverosímiles episodios, apareció, toda escurriendo en lágrimas, la viuda Peusol, un murmullo de compasión cundió en la sala del tribunal criminal. En un silencio lleno de angustia, se escucharon las respuestas de la madre a las preguntas del presidente: « Declarad a los ciudadanos jurados los hechos que son de vuestro conocimiento. — No conozco nada sino que a mi hija, al pasar por la calle Nicaise, me fue dicho por diferentes personas que se le había dado doce centavos para cuidar un coche... — ¿Se os representó a vuestra hija? — No quisieron. La mostraron a mi hermano. — ¿No habéis oído que sus miembros habían sido dispersados? – Sí, ciudadano ».
Se llevaron a la desgraciada, a quien toda la asistencia consideraba con piedad; y cuando, condenados a muerte, los dos chuanes fueron conducidos al cadalso de la Grève, es nuevamente en recuerdo de la pequeña Peusol que la muchedumbre los saludó con abucheos e imprecaciones.

NOTAS:
1) Tomado de Gustave Lenôtre (1857 - 1935), La Petite Histoire (« La Pequeña Historia »); Grasset, 1941.
2) Rue: calle, rúa.
3) « Por el Rey ».
4) Napoleón se disponía a escuchar la segunda representación en Francia del oratorio La Creación del mundo de Franz Joseph Haydn (1732-1809), su compositor favorito.
5) Prohibido por las autoridades revolucionarias, las celebraciones por el nacimiento del Niño Jesús fueron restaurados por Napoleón.
6) « Café Apolo ».
7) El Puente Real. Construido de octubre de 1685 a junio de 1689 bajo el reinado del rey Luis XIV, se encuentra situado a la altura de, en la orilla derecha del río, el Museo del Louvre y el Pabellón de las Flores y, en la orilla izquierda, directamente de la rue du Bac. Tras haber sido rebautizado « Pont National » por los jacobinos, adoptó el nombre «Pont des Tuileries» durante el Imperio. Recuperaría su apelación original al regreso del rey Louis XVIII.

Ver también en este sitio:

El atentado de la rue Saint-Nicaise, por Isis Wirth.