Una
joven inocente, víctima de
las luchas políticas |
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EL
ATENTADO DE LA CALLE SAINT-NICAISE |
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| Vista
de la explosión
de la máquina
infernal, calle Saint-Nicaise,
en París.
Litografía anónima. |
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Relatado
por |
Gustave
Lenôtre (1) |
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Traducción al castellano del Instituto
Napoleónico México-Francia
©
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Eran
tres, escoltando, hacia las cuatro de la tarde,
cuando el día declinaba, el 24 de diciembre
de 1800 (3 de nivoso del año IX), una
miserable carreta de dos ruedas, que arrastraba
un viejo caballo negro. Los tres llevaban sobre
sus ropas blusas azules, absolutamente iguales:
— uno de ellos, joven enclenque, de muy
pequeña estatura, de mejillas magras,
con aspecto jovial, larga nariz, un poco «
como trompeta », caminaba, sujetando al
caballo por la rienda; — el otro, bastante
grande, delgado, de aspecto distinguido, rostro
afilado, ojos medio cerrados de miope, iba,
vigilando el toldo que disimulaba enteramente
el cargamento del coche, volviéndolo
a poner en su lugar con cuidado cuando algún
traqueteo la desordenaba — el tercero,
achaparrado, de piel morena, con los ojos hundidos,
de cariz común, seguía a algunos
pasos, fijándose en las piedras halladas
en el trayecto; cuando encontraba una de buenas
dimensiones, la recogía, la deslizaba
bajo la lona que su camarada cerraba de inmediato,
evidentemente preocupado de que no se percibiera
nada del cargamento misterioso. Se les vio pasar
por la rue de Cléry (2),
luego atravesar la plaza de las Victorias, adentrarse
en las calles populosas que conducen a la plaza
del Carrusel, no vasta, regular y despejada
como lo es hoy, sino estrechada por todo un
barrio de viejas y altas casas, abierta por
callejuelas tortuosas que servían de
avenidas al palacio
de las Tullerías, morada del Primer
Cónsul.
Llegados a la
rue Saint-Nicaise — una galería
que prolongaba la rue de Richelieu,
— los tres hombres hicieron alto y se
concertaron algunos instantes. El grande siguió
hasta el ángulo de la calle, desde donde
se percibía el palacio, del cual todas
las ventanas, al haber caído la noche,
se iluminaban; el pequeño examinaba la
calle, buscando un lugar sombrío donde
podría aparcar su carreta; el tercero,
cuidando no levantar la lona, descargaba sus
piedras y hacía con ellas un montón
sobre el pavimento. Cuando el primero, que parecía
dirigir el extraño convoy, hubo terminado
su exploración, charlaron los tres durante
algunos instantes, pareciendo discutir; luego,
el grande se alejó de nuevo, en busca
de alguien o de algo: era el caballero
de Limoëlan, gentilhombre bretón,
apodado Pour le Roy (3);
el pequeño hombre de rostro jovial se
llamaba Saint-Régent,
chuán temible; el otro, Carbon,
había adquirido en las guerras civiles
una reputación merecida de « atacador
de diligencias ». Los tres, venidos a
París, para asesinar al Primer Cónsul,
llevaban, bajo el toldo de su carreta, un barril
lleno de pólvora bien comprimida, —
con qué sacudir y echar por tierra una
fortaleza. Bonaparte debía, esa noche,
aparecer en la Ópera (4),
situada en la rue de Richelieu, y pasar,
para dirigirse a ella, por la calle Saint-Nicaise;
los tres compinches disponían las cosas
para que no fuera más lejos.
Nadie, por lo demás, se ocupaba de ellos;
la calle estaba muy animada; pero los paseantes,
como los habitantes del barrio, se alistaban
para festejar el renacimiento de la cena de
Nochebuena, vieja tradición abolida y
añorada desde hacía siete años
(5). Detrás de
las ventanas del café Apollon
(6), que ocupaba la planta
baja y la primera planta de la casa de ángulo,
numerosos clientes se sentaban en la mesa, bajo
la mirada invitante de una camarera elegante;
en el escaparate de un pantalonero, una joven
trabajaba zurciendo cerca de una cuna en la
que dormía un recién nacido; en
la tienda del sombrerero Ometz, una bonita muchacha,
en falda de nanquín rayado, parecía
toda alegre; y por doquier, donde el fabricante
de pelucas Vitry, donde el sastre Buchener,
donde el relojero Lepeautre, donde el mercader
de vinos Armet, había gentes contentas
de vivir... Los tres chuanes combinaban su golpe,
divergiendo de opinión sobre la manera
en la que montarían su espantosa máquina
de muerte.
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| El
complot de la calle Saint Nicaise |
Ilustración
romántica de Godefroy para
la obra de Henri Gourdon de Genouillac
Paris à travers les siècles:
histoire nationale de Paris et des
Parisiens depuis la fondation de
Lutèce jusqu’à
nos jours, Paris F. Roy, éditeur,
185 rue Saint-Antoine, 1882, vol.
5. 1882. |
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Limoëlan
había regresado, habiendo hallado lo
que buscaba; había tenido que ir hasta
el muelle del Sena, pasar el pont Royal
(7); a la entrada de la
rue du Bac, divisando a dos niñitas
vendedoras de panecillos, acababa de contratar
a una de ellas « para sujetar a su caballo
», y la traía, toda feliz por la
ganga — algunos centavos que ganarse.
Era una pobrecita de catorce años, vestida
con harapos, un pañuelo sobre la cabeza.
Saint-Régent le dio su fuete y le recomendó
no dejar al caballo que, durante la ausencia
de Limoëlan, había volteado de cara
al muro, para que la carreta obstruyera un buen
tercio de la anchura de la calle; el montón
de piedras sacadas de debajo del toldo por Carbon
obstruía el otro lado. La consigna de
la niñita era velar por que el caballo
no cambiase de posición: de hecho, éste
dormía, con las patas flojas, la cabeza
baja entre los varales.
Todo esto comenzaba a intrigar a los tenderos
de la calle. ¿Qué esperaba esta
carreta vigilada por tres desconocidos siempre
en movimiento? En el lugar sombrío en
el que estaba, se distinguía mal al infante
que la cuidaba: — ¿Un niño
disfrazado? ¿Una niña? ¿Un
pequeño campesino?
Ubicada a la cabeza del caballo, la pequeña
pasaba el tiempo jugando con su fuete. Alguien
remarcó que uno de los « particulares
» iba incesantemente hasta la reja de
las Tullerías y regresaba a la carreta
a la que rodeaba hablando a la chiquilla, para
hacerla tener paciencia, probablemente. La noche
era brumosa, el tiempo desapacible; los paseantes
caminaban rápido, más numerosos
al acercarse las ocho horas, pues había
concierto en el hotel Longueville, muy cercano.
Repentinamente,
del lado de las Tullerías, un gran ruido
de coches que circulan sobre el pavimento; en
la calle Saint-Nicaise, la gente se llama, se
detiene, las ventanas se abren, las gentes se
asoman: ¡helo ahí! — El cortejo
de Bonaparte se acerca: cuatro grandes carrozas
que van a toda velocidad. Primero es la escolta,
los apuestos granaderos a caballo de la guardia
consular; a trote veloz, se adentran en la estrecha
calle Saint-Nicaise, precediendo al primer coche
en el que se adivina, detrás de las ventanas
empañadas, la faz seria del héroe,
con quien están tres generales. Aquello
sucede como un torbellino; algunos gritos de
« ¡Viva Bonaparte! ». La niñita
del fuete, pegada al muro, contempla, boquiabierta,
a los hermosos jinetes; cerca de ella, el pequeño
joven de rostro jovial hurga febrilmente bajo
el toldo y se aparta bruscamente... Un formidable
estruendo de trueno, un súbito y cegador
resplandor, de inmediato apagado, un granizo
de piedras, de vidrios quebrados, de tejas,
de pizarras, de cascote, un ensordecedor estrépito
de gritos de espanto, de alaridos de dolor,
de llamados angustiados, en los empujones de
granaderos que arremeten, sable en ristre, caballos
que refunfuñando, chocan, resbalan, caen
— apenas veinte segundos de tumulto y
de enloquecimiento... El coche del Cónsul
ha pasado; está lejos; los otros tres
se detuvieron en la entrada de la calle, y,
de inmediato, una multitud de gentes que huyen,
otras que acuden en oleadas turbulentas, queriendo
saber... Muertos tendidos, heridos que se arrastran,
gimiendo: la camarera del café d’Apollon,
la mujer del pantalonero y su hijo, la linda
risueña en falda de nanquín, todas
las gentes felices del instante precedente despedazados,
ennegrecidos, torcidos, sangrantes.
Un pedazo de carne desnuda en la cuneta: es
la niñita, con la piel del rostro arrancada,
el cráneo abierto, sin brazos: uno fue
proyectado a treinta metros de ahí; el
otro está « sobre la cornisa de
una casa de enfrente »; del caballo al
que custodiaba, queda la cabeza y un lado del
pecho del cual pende un pedazo de collar relleno
de paja; de la carreta, nada, solo una llanta
y un fragmento de eje que se hallará
más tarde sobre el techo del hotel de
Longueville. Los tres particulares no figuraban
entre los muertos. Habían desaparecido.
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| La
máquina infernal |
Joseph
Picot de Limoëlan (1768-1826)
nunca fue cogido. Pasado clandestinamente
a los Estados Unidos, asolado por
los remordimientos, entró
en las órdenes, y se convirtió,
bajo un nombre falso, en el capellán
de una congregación religiosa.
Ahí vivió, en las
prácticas de la más
austera piedad, hasta 1826, y no
reapareció nunca en Francia.
Cuando volvía la noche de
Navidad, la pasaba toda entera prosternado
frente al altar. Los fieles admiraban
la devoción de aquel santo
sacerdote, cuya vida, seguro, había
sido ejemplar… Él,
con la frente sobre las losas, revivía
los minutos trágicos de la
noche del 3 de nivoso, e imploraba,
sin duda alguna, el perdón
del inocente infante que había
tomado por la mano para conducirla
a la muerte. Grabado de la época
por Bonnefoy. |
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Tal vez no se
les habría hallado nunca sin el azar
que había afiliado a su complot a la
inocente impúber cuyo destino trágico
suscitó una emoción unánime.
El primer cuidado de Fouché, entonces
ministro de la Policía, fue identificar
a esta pobre pequeña: el cuerpo estaba
irreconocible; de su ropa, no se había
hallado el menor trapo; la orden fue dada de
buscar lo antes posible quién podía
ser la desconocida « sacrificada por los
villanos ». Dos días después,
se presentaba en la prefectura una viuda Peusol,
vendedora de panecillos, residente en la rue
du Bac. Venía a reclamar a su hija,
su pequeña Marianne, que no había
vuelto a casa desde la noche del atentado. Dio
la descripción: catorce años,
cabellos rojos, nariz grande, ojos bizcos, muy
picada de viruelas, y vestida con una falda
de tela con rayas azules y blancas, una casaquilla
de lana gris, un pañuelo azul en la cabeza.
Vendía panecillos en las calles, y «justamente,
esa noche, se la había enviado a comisión
de ese lado». Es sobre la base de esta
pista vaga que partió Fouché,
conduciendo con una magistral destreza la investigación
policial más tenebrosa y más erizada
de obstáculos. Se ha contado a menudo,
y últimamente todavía el Sr. Jean
Lorédan con una profusión de detalles
muy emotivos, esta cacería a través
de París de los ariscos chuanes de Bretaña
por los más expertos agentes de Fouché,
se comprende por qué este embrollo dramático
apasionó a los contemporáneos,
que sin embargo debían estar un tanto
hastiados.
El pueblo bajo,
las mujeres sobre todo, maldecían a los
asesinos, no por el atentado contra el Primer
Cónsul: eso entraba en la política,
¡y se habían visto tantos de ellos!...
Lo que no se excusaba, era la horrible muerte
de Marianne Peusol, asociada sin piedad a odios
de los que lo ignoraba todo. Cuando, en el juicio
de Saint-Régent y de Carbon, detenidos
después de inverosímiles episodios,
apareció, toda escurriendo en lágrimas,
la viuda Peusol, un murmullo de compasión
cundió en la sala del tribunal criminal.
En un silencio lleno de angustia, se escucharon
las respuestas de la madre a las preguntas del
presidente: « Declarad a los ciudadanos
jurados los hechos que son de vuestro conocimiento.
— No conozco nada sino que a mi hija,
al pasar por la calle Nicaise, me fue dicho
por diferentes personas que se le había
dado doce centavos para cuidar un coche... —
¿Se os representó a vuestra hija?
— No quisieron. La mostraron a mi hermano.
— ¿No habéis oído
que sus miembros habían sido dispersados?
– Sí, ciudadano ».
Se llevaron a la desgraciada, a quien toda la
asistencia consideraba con piedad; y cuando,
condenados a muerte, los dos chuanes fueron
conducidos al cadalso de la Grève, es
nuevamente en recuerdo de la pequeña
Peusol que la muchedumbre los saludó
con abucheos e imprecaciones.
NOTAS:
1) Tomado de Gustave Lenôtre (1857 - 1935),
La Petite Histoire (« La Pequeña
Historia »); Grasset, 1941.
2) Rue: calle, rúa.
3) « Por el Rey ».
4) Napoleón se disponía a escuchar
la segunda representación en Francia
del oratorio La Creación del mundo
de Franz Joseph Haydn (1732-1809), su compositor
favorito.
5) Prohibido por las autoridades revolucionarias,
las celebraciones por el nacimiento del Niño
Jesús fueron restaurados por Napoleón.
6) « Café Apolo ».
7) El Puente Real. Construido de octubre de
1685 a junio de 1689 bajo el reinado del rey
Luis XIV, se encuentra situado a la altura de,
en la orilla derecha del río, el Museo
del Louvre y el Pabellón de las Flores
y, en la orilla izquierda, directamente de la
rue du Bac. Tras haber sido rebautizado
« Pont National » por los jacobinos,
adoptó el nombre «Pont des Tuileries»
durante el Imperio. Recuperaría su apelación
original al regreso del rey Louis XVIII.
Ver también
en este sitio:
El
atentado de la rue Saint-Nicaise, por
Isis Wirth.