 |
|
Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
|
|
|
LAS
GUERRAS DE INGLATERRA CONTRA NAPOLEÓN |
|
 |
San
Jorge y el Dragón
El rey Jorge III representado
como San Jorge, venciendo
a Napoleón, el Dragón.
Caricatura inglesa de la época. |
|
|
|
Por
el Señor |
|
John
Tarttelin
Representante
del Instituto Napoleónico México-Francia
en Inglaterra |
 |
| Sr.
John Tarttelin |
|
|
|
Traducción al castellano del Instituto
Napoleónico México-Francia
©
Esta página está disponible
al público de manera gratuita y
puede ser reproducida con fines no lucrativos,
siempre y cuando no sea mutilada, se cite
la fuente completa y su dirección
electrónica. De otra forma, requiere
permiso previo por escrito de la institución.
|
John
Abbott dijo que « admira a Napoleón
porque aborreció la guerra, e hizo todo
lo que estaba en su poder para evitar esa funesta
calamidad... » (1).
Lo que para algunos puede parecer revisionismo,
puede, sin embargo, ser la verdad: las incorrectamente
llamadas Guerras
Napoleónicas fueron causadas,
promovidas y financiadas por Inglaterra
contra Napoleón.
No solo fueron costosas en términos de
vidas humanas y de oro británico, ni
siquiera fueron necesarias. Napoleón
deseaba la paz con Inglaterra y trató
repetidamente de lograr que el Gabinete británico
la aceptase. Pero la fatalidad se cernió
sobre Fox, afecto a Napoleón. De haber
vivido un poco más este ilustre hombre
de estado, Inglaterra y Francia se hubieran
convertido en amigos y aliados.
 |
Charles
James Fox (1749–1806)
Primer ministro inglés,
por Joshua Reynolds (1723–1792). |
|
|
Abbott
remarca que: « La razón
por la que el personaje de Napoleón
tenía que ser diabolizado es
obvia. Era visto justamente como el
enemigo del privilegio aristocrático.
La oligarquía inglesa estaba
determinada a aplastarlo. Después
de inundar Europa en sangre y aflicción,
durante casi un cuarto de siglo, para
lograr este objetivo, se hizo necesario
probar al mundo, y especialmente al
pueblo británico, que estaba
tambaleándose bajo el peso de
los impuestos que dichas guerras generaban,
que Napoleón era un tirano, que
amenazaba las libertades del mundo,
y que merecía ser aplastado »
(2)
Abbott,
un estadounidense, escribía en
1854, en un tiempo en el que muchas
de las personas que habían conocido
a Napoleón habían muerto
recientemente. Marmont, que se pasó
con los Aliados en 1814, y aportó
la palabra « raguser » –
traicionar – a la legua francesa,
murió en 1852. Soult, que en
Waterloo no estuvo a la altura del antiguo
trabajo de Berthier como jefe de del
mayor, murió en 1851. Muchos
de los soldados de la Joven Guardia
y de los « María-Luisa
» que pelearon en la Campaña
de Francia de 1814, eran solo de mediana
edad. La finalidad de Abbott, su misión
en efecto, era « rescatar uno
de los mayores y más nobles nombres
del inmerecido vilipendio ». (3)
La campaña
de difamación y envilecimiento
emprendida por los detractores de Napoleón
ha continuado por más de doscientos
años. El empeño guerrero
de Pitt y Canning, y las mentiras habladas
por ambos, todavía tienen que
ser completamente sacadas a la luz.
La mayoría de los ingleses no
saben nada sobre las sórdidas,
bajas maquinaciones del gabinete británico,
el odio patológico para con el
pueblo francés que sentían
Pitt y Nelson, ni de la nefasta, despiadada
venganza llevada a cabo contra los bonapartistas
por Lord Liverpool tras la batalla de
Waterloo.
|
Así como
los japoneses se niegan aun a enseñar
a sus hijos las atrocidades de sus soldados
durante la II Guerra Mundial, de la misma manera
los historiadores británicos ignoran,
niegan y ofuscan la verdad acerca de las relaciones
anglo-francesas de principios del Siglo XIX.
Napoleón deseó la paz, el gabinete
británico no.
El soberbio
libro del Coronel John Elting « Swords
Around a Throne » [« Espadas
en torno a un trono », 1988], fue
el producto de treinta años de investigación.
Comenta acerca del fracasado tratado de Amiens:
« Inglaterra repudió el tratado
de Amiens (firmado el 27 de marzo de 1802)
y declaró la guerra a Francia, siguiendo
la antigua y muy provechosa práctica
inglesa de autorizar a sus barcos de guerra
secuestrar los navíos mercantes franceses
antes de expedir la declaración formal
» (4). Allí
tienen en cuanto a la supuesta virtud británica
del « fair play »... [el juego limpio].
| Elting
menciona a « la perfide Albion
» (5) y anota
que « los ingleses prodigaron con
esplendidez para contratar y sobornar
» (6). Apunta
que « después del tratado
de Lunéville con Austria (9 de
febrero de 1801) una gran parte del ejército
francés había sido puesto
en pie de paz » (7).
Aquí tienen al Napoleón
megalómano inveterado y enloquecido
por un deseo de conquista. Si Inglaterra
no hubiera renegado del tratado de Amiens,
hubiera podido haber paz entre las dos
naciones.
No era
solo con Inglaterra con la que Napoleón
quería tener paz. De 1812, y del
conflicto con el zar Alejandro, Elting
dice: « Napoleón no quiso
la guerra, pero ésta obviamente
se encontraba en su camino » (8).
Y en lo que concierne a Austria en 1809:
« Ansioso por evitar la guerra,
Napoleón le dijo (a Davout) que
mantuviera su caballería a mucha
millas al oeste de la frontera (austriaca)
(9) [itálicos
del autor]. En cuanto a los ingleses,
el coronel Elting añade: «Inglaterra
en 1805 compró a Rusia y a Austria
para que atacasen a Francia por el Este...
» (10). Por
otro lado estaban los «repetidos
atentados de los realistas (con el apoyo
británico) para asesinar a Napoleón»
(11).
¿Cuál
fue la respuesta de Napoleón a
todo esto? Escribió a Jorge III
el 2
de enero de 1805: |
 |
Tratado
de paz firmado en Amiens el
24 de marzo del año X
Grabado
de Le Beau según Nodet.
|
|
|
« Señor
mi Hermano,
Llamado al trono por la Providencia y por el
sufragio del senado, del pueblo y del ejército,
mi primer sentimiento es un voto de paz. Francia
e Inglaterra desgastan su prosperidad, pueden
luchar durante siglos; ¿pero cumplen
bien sus gobiernos con el más sagrado
de sus deberes? ¿Y tanta sangre vertida
inútilmente y sin la perspectiva de objetivo
alguno no las acusa en su propia consciencia?
No atribuyo deshonor alguno a dar el primer
paso [itálicos del autor];
he, lo pienso, probado al mundo que no temo
a ninguno de los avatares de la guerra; ésta
no me ofrece de hecho nada que pueda temer:
la paz es el deseo de mi corazón; pero
la guerra nunca ha sido contraria a mi gloria.
Conjuro pues a Vuestra Majestad no negarse a
la dicha de brindar Ella misma la paz al mundo...
» (12).
Napoleón
estaba casi rogándole a Jorge III cuando
añadía: « Una
vez perdido este momento, ¿qué
término asignar a una guerra que todos
mis esfuerzos no habrían podido terminar?
» (13).
Este ruego apasionado no fue reconocido ni respondido.
El gabinete británico quería la
guerra, y guerra sobrevino, subvencionada con
el oro británico.
William Napier, que escribió la «
Historia de la Guerra en la Península
», pone las cosas en su lugar desde la
primera línea de su relato: « La
hostilidad de la Europa aristocrática
forzó al entusiasmo republicano de Francia
a incurrir en una política militar, ultrajante
en apariencia, pero en realidad de toda necesidad,
pues hasta el tratado de Tilsit, sus guerras
fueron esencialmente defensivas » (14).
Continúa para añadir enseguida
que fue aquel « un combate a mortífero
para determinar si la aristocracia o la democracia
debían predominar, si la igualdad o el
privilegio sería el principio de la civilización
europea ». (15)
Napier, probablemente
el más importante historiador inglés
de su tiempo, habla del « maravilloso
genio de Napoleón » y de cómo
« las clases privilegiadas de Europa sistemáticamente
transfirieron su implacable odio de la revolución
francesa a su persona; pues en él veían
que la innovación hallaba un protector,
y sintieron que sólo él era capaz
de consolidar el odioso sistema... » (16).
Napoleón
era una firme almenara alrededor de la cual
el caos se arremolinaba. Sólo él
era lo suficientemente fuerte para traer orden,
para sofocar la anarquía a su alrededor.
Era luz en el lindero del mundo hacia la cual
todos los hombres moderados se volteaban. Napoleón
fundió a republicanos y emigrados, campesinos
y soldados, en un solo pueblo, una nación.
Con su previsión, su aplicación
y fina fuerza de carácter, domó
a las fuerzas políticas disparates y
trajo paz y seguridad al pueblo como conjunto.
Más allá de los sueños
más audaces de Luis XIV, Napoleón
era Francia. Sobre todo, por haber pasado por
los horrores del Terror, quería paz en
casa y fuera de ella.
| Volviendo
al país que permaneció como
su inviolable adversario, he aquí
Runciman a propósito de Napoleón
y Nelson: «Sería fútil
esbozar una comparación entre los
dos hombres. Uno era un colosal genio
humano, y el otro, extraordinario en el
arte de su profesión, carecía
totalmente de la facultad de entender
o de apreciar al distinguido hombre contra
el cual se enrabiaba displicentemente
desde su alcázar». (17)
Runciman,
que escribía en 1917-1919, pensaba
que la vendetta de los Aliados en contra
de Napoleón llevó directamente
al inexorable ascensión de Prusia
y a las maniacas políticas de Káiser
Guillermo, que dieron como resultaron
la Primera Guerra Mundial. Runciman también
puso en guardia a los escritores de historia
acerca de las trampas en las que tantos
otros historiadores británicos
habían caído: « El
historiador tiene mucho que ver con la
manera en la que la fama de un gran hombre
es transmitida a la posteridad, y nunca
debería ser olvidado que los historiadores
tienen que depender de evidencia que puede
ser defectuosa, mientras su propio juicio
puede no siempre ser sensato ».
(18)
¿Debemos
maravillarnos si el mito del « Ogro
Corso » persiste hasta el día
de hoy, cuando los historiadores han imputado
solo infamia y maldad a Napoleón,
ignorando conscientemente sus hazañas
y denigrando sus acciones?
Runciman ensalza la bravura y la maestría
de Nelson como marino, pero sin embargo
añade: « Nelson era un verdadero
descendiente de una raza que nunca había
puesto en duda la creencia tradicional
de que el mundo debía ser gobernado
y dominado por los británicos ».
(19) |
 |
El
contralmirante vizconde Horatio
Nelson (1758-1805)
Óleo de Lemuel
Francis Abbott (1800) |
|
|
La estrecha
manera que tenía Nelson de ver el mundo,
y su ingenuidad cuando de política se
trataba, solo tenía un objetivo: «
Tanto él como muchos de sus compatriotas
miraron al jefe elegido sobre cuya cabeza la
nación francesa había puesto democráticamente
la corona imperial, como la encarnación
de una bestia salvaje ». (20)
Runciman dibuja
otro contraste elocuente: « [Nelson] tenía
un absoluto desagrado del pueblo francés
y de Bonaparte, que era su ídolo en aquel
tiempo... Napoleón, por otro lado, no
tenía un verdadero odio por el pueblo
británico, pero durante sus guerras contra
su gobierno su opinión declarada era
que “todos los males,
y todos los azotes que afligen a la humanidad,
vinieron de Londres” ». (21)
Runciman piensa que ambos se equivocan y simplemente
no pudieron entender el punto de vista de cada
uno. Aún así, todos esos atentados
de asesinato fueron tramados en Londres.
 |
| Copenhague
bombardeada y en llamas en 1807 |
|
Incendio
de la iglesia de Nuestra Señora
de Thyra Hilden por Christoffer
Wilhelm Eckersberg (1783-1853) |
|
|
También
dice que: « los ingleses no solo
le tenían envidia y miedo al
genio de Napoleón y a su asombrosa
elevación a la eminencia, misma
que atribuían a su desordenada
ambición de establecerse como
factor dominante en los asuntos del
universo – sino que determinaron
que su poder no solo debía no
ser reconocido, sino destruido, y la
política de éstos, tras
veinte años de guerra amarga,
triunfó por completo ».
(22)
Ahora
vemos porqué Jorge III no se
molestó en responder al ofrecimiento
de paz de Napoleón en 1805. Napoleón
era el fénix llevado a las alturas
por las flamas de la revolución,
deslumbrando París con su resplandor.
El gobierno inglés estaba aterrorizado
por su aparición, mortificado
por su grandeza, pero aún así
determinado a destruirlo a toda costa.
En Londres,
el príncipe de Gales era un ave
de un plumaje muy diferente: «
Era conocido por ser un tramposo, un
mentiroso, y un amigo desleal tanto
con los hombres como con las mujeres,
mientras en conformidad con la espléndida
ética de su tipo de persona,
creía estar poseído por
todas las santas virtudes » (23).
Mientras Napoleón dirigía
la Gran Armada, el príncipe regente
no podía inspirar ni el respeto.
Runciman
no toma prisioneros cuando compara al
Emperador con otros gobernantes contemporáneos:
« Sus calumniadores lo proclamaron
ateo, y oímos hoy el mismo disparate
de gentes que no están familiarizados
con la historia real del hombre
y sus tiempos » [itálicos
del autor]. Prosigue: « No decimos
que era un santo, pero era
un mejor cristiano, a la vez en
la profesión y en la acción,
que la mayoría de los reyes que
rigieron antes y durante el periodo.
En todos aspectos supera al Luis de
Francia, al Jorge el Grande de Inglaterra
y Hanover, al Federico de Prusia, y
al Alejandro de Rusia. A éstos
dos últimos los deja atrás,
relegados en la sombra, a la vez como
hombres de estado, como guerreros, como
gobernantes sabios, humanos... »
(24)
|
Tras la batalla
de Marengo en 1800, Napoleón escribió
al emperador de Austria, pidiendo paz –
haciendo el primer paso nuevamente. Escribió:
« Los ingleses amenazan
la balanza mucho más que Francia, pues
se han convertido en los amos y tiranos del
comercio, y están más allá
del alcance de la resistencia »
(25). Sin embargo, solo
dos días antes de tener noticias de la
victoria francesa, Inglaterra concluyó
una nueva paz con Austria, rumbosa como siempre
al otorgar un préstamo sin intereses
mientras la guerra continuara (26).
Una paz por separado se tornaba pues imposible.
Como Abbott
lo señala, « La consolidación
del poder democrático en Francia fue
peligroso para reyes y nobles. William Pitt,
el alma del gobierno aristocrático de
Inglaterra, determinó promover la guerra.
Francia no podía dañar a Inglaterra;
pero Inglaterra, con su invencible flota, podía
barrer el comercio de Francia desde el mar ».
Continúa: « Fox y sus coadyuvantes
se opusieron a la Guerra con gran elocuencia.
Sus esfuerzos fueron, sin embargo, vanos. El
pueblo de Inglaterra, no obstante todos los
esfuerzos del gobierno por difamar el personaje
del Primer Cónsul, conservaba a pesar
de todo la convicción de que, después
de todo, Napoleón era su amigo ».
(27)
El mismo Napoleón
remarcó más tarde: « El
Sr. Pitt
ha sido el amo de toda la política europea;
ha tenido en sus manos la suerte moral de los
pueblos; hizo un mal uso de ella (…)
Pero lo que la posteridad
reprochará sobre todo al Sr. Pitt, será
la horrible escuela que ha dejado tras de él;
el maquiavelismo insolente de ésta, su
inmoralidad profunda, su frío egoísmo,
su desprecio por la suerte de los hombres o
de la justicia de las cosas » (28)
| Si
tan solo Fox, profundamente despreciado
por Jorge III, hubiera sido Primer ministro
– Napoleón añade:
« La muerte
de Fox fue una de las fatalidades de mi
carrera. Si hubiera seguido viviendo,
los asuntos hubiesen tomado un matiz muy
diferente; la causa de los pueblos hubiera
triunfado y hubiésemos fijado un
nuevo orden de las cosas en Europa
». (29)
Finalmente,
Napoleón fue capaz de obtener la
paz con los austriacos en Lunéville
el 9 de febrero de 1801. Ahora, Inglaterra
se alborotaba sola. Sir Walter Scott declara
que: « En todos los puntos, los
escuadrones ingleses aniquilaban el comercio
francés, paralizaban sus ingresos,
y bloqueaban sus fuertes » (30).
Como una mocosa malcriada, o el proverbial
toro en una botica de China, el gobierno
inglés destruía el orden
en Europa.
Runciman
habla sabiamente cuando dice: «
No teníamos terrenos de querella
reales con Francia, ni con sus gobernantes.
La revolución era asunto de ellos,
y no nos concernía, salvo en la
medida en que pudiera reflejarse de manera
dañina en nosotros, y de esto no
había posibilidad si los dejábamos
solos » (31).).
Como lo explica: « Si nos hubiésemos
acercado a Napoleón con un espíritu
amistoso y en términos iguales,
sin altiva condescendencia, él
hubiera correspondido nuestra cordialidad
y dado el valor apropiado a nuestra amistad
mutua ». (32)
Cuando
los preliminares de paz entre Inglaterra
y Francia fueron finalmente firmados el
1º de octubre de 1801, el carruaje
del embajador de Francia fue jalado por
la multitud londinense. Esto era demasiado
para Nelson que estaba que echaba humo:
« que nuestros malditos sinvergüenzas
arrastren el carruaje de un francés...
Los villanos hubieran levantado a Buonaparte
si hubiese sido capaz de llegar a Londres
y de cortarle la cabeza al rey ».
(33) |
 |
William
Pitt, llamado
el jóven
Retrato de 1792 por
Thomas Gainsborough (1727–1788). |
|
|
Este es el «
héroe » de Inglaterra hablando,
lamentando que el pueblo británico estuviese
cansado de la Guerra y quisiera la paz con Francia.
Que aquellos historiadores que acusan a Napoleón
de haber sido un « guerreador »,
por favor tomen nota.
El más
escandaloso incidente de la arrogancia británica
y cruel desprecio de la vida humana llegó
con el bombardeo en 1807 de la ciudad de Copenhague.
Thomas Munch-Petersen en « Defying
Napoleon » [« Desafiando
a Napoleón »] establece paralelos
con la invasión de Irak en 2003: «
La operación inglesa contra una Dinamarca
neutral, fue provocada por el temor de que su
marina pudiera caer en manos de Napoleón
y se volteara contra Inglaterra ». (34)
La operación
estuvo basada en « informes de inteligencia
» erróneos. Dinamarca había
sido escrupulosamente neutral antes de 1807
y, en efecto, su neutralidad estaba garantizada
por el zar Alejandro de Rusia. Esto no evitó
el cobarde ataque a hurtadillas por una fuerza
inglesa combinada por agua y tierra. Unos 2000
civiles inocentes fueron masacrados, asesinados
en sus casas en medio del estupor y del espanto.
Fue la primera vez en que cohetes Congreve fueron
empleados en contra de blancos civiles: «
primer ejemplo en la historia moderna de un
bombardeo terrorista siendo empleado contra
una ciudad europea principal ». (35)
Cuando
Canning se enteró de que había
sido provisto con información falsa,
se negó a aclarar el asunto en
el Parlamento. Inglaterra robó
la flota danesa de veinte barcos de línea,
y dejó TODOS
los demás navíos inservibles.
Canning
había esperado que los daneses
renunciaran a su flota instantáneamente
– el orgullo y alma de la nación
danesa. De no ser así: «
su comercio en mar abierto sería
destruido, sus colonias incautadas y sus
navíos mercantes detenidos serían
confiscados ». (36)
Los daneses
se rehusaron, los ingleses desencadenaron
un baño de sangre en Copenhague,
¿y el resultado? Empujaron a Dinamarca
a una alianza con Napoleón, exactamente
lo que habían tratado de evitar.
Runciman está en lo correcto al
lamentar el estúpido razonamiento
político de Canning y su clase.
Runciman
halló un pedazo de manuscrito entre
los papeles de Pitt. He aquí a
Pitt describiendo a Napoleón: «
Veo cualidades múltiples y opuestas...
Veo toda la capciosa envidia de la usurpación
consciente, temida, detestada, y obedecida,
el mareo y la intoxicación de un
espléndido pero inmerecido éxito,
la arrogancia, la presunción, la
voluntariedad del poder idolatrado e ilimitado,
y más espantoso que todo en la
plenitud de la autoridad, la inquieta
e incesante actividad de la culpable,
pero insatisfecha ambición ».
(37) |
 |
El
coronel Lauriston es llevado
en triunfo por el pueblo de
Londres en octubre de 1801
Ayuda de campo de Napoleón
en Marengo, Lauriston fue el
encargado de llevar a Inglaterra
la ratificación de los
preliminares de paz. Dibujo
de F. Phillipoteaux. |
|
|
Pitt debe haber
estado mirando en un espejo. He aquí
un caso de auto-terapia médica, del «
conócete a ti mismo » griego, y
la pérfida Albión descrita en
los desvaríos aparentes de un lunático.
NOTAS:
1. John Abbott:
The History of Napoleon Bonaparte («
La historia de Napoleón Bonaparte
»1854). Prefacio, página 1. Leer
esta obra en línea (en versión
original).
2. Ibíd., p.1.
3. Ibíd., p.2.
4. John Elting: Swords Around A Throne
(« Espadas en torno a un trono
»1988) página 59.
5. Ibíd., p. 119.
6. Ibíd., p. 119.
7. Ibíd., p. 59.
8. Ibíd., p. 63.
9. Ibíd., p. 119.
10. Ibíd., p. 236.
11. Ibíd., p. 189.
12. Christopher Lee: Nelson and Napoleon
(« Nelson y Napoleón »2005)
citado en las páginas 160-161.
13. Ibíd., p. 161.
14. William Napier: History of the War in
the Peninsula (« Historia de
la Guerra en la Península »1828)
p.1. Leer
esta obra en línea (en versión
original).
15. Ibíd., p.1.
16. Ibíd., p.1.
17. Walter Runciman: Drake, Nelson and Napoleon
(« Drake, Nelson y Napoleon »
1919) p.3. Leer
esta obra en línea (en versión
original).
18. Ibíd., p.11.
19. Ibíd., p.26.
20. Ibíd., p.26.
21. Ibíd., p.27.
22. Ibíd., p.27.
23. Ibíd., p.38.
24. Ibíd., ps.53-54.
25. John Abbott: Napoleon Bonaparte
(1851) pp. 16-17. Leer
esta obra en línea (en versión
original).
26. Ibíd., p.21.
27. Ibíd., p.27.
28. Ibíd., p.28.
29. Ibíd., p.23.
30. Ibíd., p.26. Sir Walter
Scott es citado aquí por el mismo Abbott.
31. Walter Runciman, op.cit., p.67.
32. Ibíd., ps. 70-71..
33 Ibíd.
34. Thomas Munch-Petersen: Defying Napoleon
(« Desafiando a Napoleón
» 2007) en la sobrecubierta.
35. Ibíd., en la sobrecubierta.
36. Ibíd., p.218.
37. Walter Runciman, op. cit., p. 127.
|
|
|