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Vida
de S.M.I.
el Emperador y Rey NAPOLEÓN
I |
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Instituto
Napoleónico México-Francia -
Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince
Impérial. |
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Mi
Emperador, es la más
cocida
Litografía de Denis-Auguste
Raffet (1804-1860). |
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|
Por
el Señor |
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John
Tarttelin
Miembro
del Comité Histórico del
Instituto Napoleónico México-Francia |
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| Sr.
John Tarttelin |
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Traducción del Instituto Napoleónico
México-Francia ©
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~
Dedicado al General Michel
Franceschi ~ |
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« ¿Habrá
jamás una biografía a la altura
de Napoleón? » escribía
Lord Rosebery en 1900. Casi cien años
después, David Hamilton-Williams decía
que: « La historia no ha pronunciado aún
su juicio final sobre Napoleón ».
Stendhal se entusiasmaba: « entre más
se conozca la verdad, más la grandeza
de Napoleón se hará evidente ».
No obstante, David Chandler le calificó
de « gran hombre malo ».
| A
primera vista, parece haber muchos Napoleón,
casi tantos como esos numerosos escritores
que han llevado a cabo una campaña
incesante desde hace más de dos
siglos para ensuciar su nombre y destruir
su reputación. La mayoría
de ellos comenzaron con una evidente antipatía
por él y no dejaron a los hechos
interponerse entre ellos y su bilis. En
sus escritos parciales, a penas rascaron
la superficie de su personalidad compleja
y, en sus lagos de tinta amarga, sus plumas
vindicativas no lograron ahogar sus hazañas.
Desde hace ocho generaciones, 250 000
libros han sido escritos sobre Napoleón;
entonces, ¿sobre qué reposa
semejante fascinación y por qué
tantos historiadores pobres continúan
volviendo a la escena de sus propios crímenes,
hechizados por la persona a la que desprecian?
«
He aquí a un hombre », exclamó
Napoleón cuando
conoció a Goethe en Erfurt,
en 1808. Habiendo una vez abrigado la
esperanza de una carrera literaria, pues
él mismo era novelista mucho antes
de ser un guerrero, el romántico
vitalicio que fue Napoleón, quien
había leído Werther al menos
siete veces, estuvo feliz de otorgar a
su autor la prestigiosa Legión
de Honor. Y cuando se despidió
de él el Emperador dijo: «¡Venid
a París!». He aquí
al hombre que, con un poco de ayuda del
mariscal Davout, destruyó al ejército
prusiano en Jena-Auerstaedt,
honrando la cultura germánica saludando
a su más grande exponente vivo.
¿Simplemente un dictador militar
y megalómano? Lejos de ello. Napoleón
era mucho más profundo que eso.
Goethe
portó su listón orgullosamente
por el resto de su vida. En el retrato
por Kolbe de 1822, la roseta francesa
es prominente entre las demás condecoraciones
de Goethe – exactamente un año
después de que Napoleón
falleciera en el exilio, en Santa
Helena. |
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Johann Wolfgang von Goethe
(1749-1832)
Retrato al óleo
por H. Carl Kolbe. |
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Napoleón
era un lector voraz, así como avisado.
En campaña, si un libro no le caía
en gracia, era susceptible de salir volando
de la ventana de su veloz berlina. Semejante
misil era uno de los azares de la Guerra que
su escuadrón de caballería de
la Guardia en turno aprendió a aceptar
pronto. Napoleón estaba fascinado por
otras grandes mentes y hombres eruditos, y los
buscó en las ocasiones más inverosímiles.
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Jan
Sniadecki
Óleo de Jan Rustem
(1762-1835) |
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En 1812,
el año después del paso
de un espectacular cometa, Napoleón
estaba listo para conquistar Lituania,
una provincia rusa entera, tras haber
apenas tirado un disparo. Su capital,
Vilna, yacía a sus pies. Sin
embargo una hora antes de su entrada
triunfante a la ciudad, envió
a su ayuda de campo, el conde Roman
Soltyk, en una misión para hallar
a un Sniadecki, el rector de la Universidad.
Su reputación como famoso astrónomo
era bien conocida por Napoleón
y quiso hablar con él. Sniadecki
empezó a calzar sus medias de
seda y ponerse un atuendo apropiado
para la ocasión. Soltyk le dijo:
« Señor rector, no importa.
El Emperador no le atribuye ninguna
importancia a las cosa exteriores que
solo impresionan a la gente común.
La ciencia es el atavío de los
sabios ». El conde conocía
bien a su señor.
En los
albores de su carrera, Napoleón
dio muestra a la vez de una pasión
por la historia antigua y por el Oriente.
A pesar de su admiración por
Federico de Prusia, su verdadero héroe
era Alejandro Magno. El imperio macedonio
parecía resplandecer a través
de la bruma de los siglos con una particular
fascinación para el joven general
francés y, de una manera real,
podría decirse que su brillo
iluminó su propio camino y le
guió hacia su propio lugar en
el escenario del mundo. La revolución
francesa había barrido con las
barreras para los hombres de talento
y habilidad innatos, y Napoleón
albergaba sueños románticos
propios. Para él, era «
el mejor de los tiempos », cuando
todo podía ser posible para un
hombre que estuviera listo para tomar
el control de su propio destino.
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La expedición
a Egipto de 1798 demostró su comprensión
intelectual, su búsqueda de conocimiento
y su amor por la aventura. Era un lance de dados,
pues la marina británica controlaba el
Mediterráneo, pero fue una apuesta que
traería prestigio y honor a toda Francia.
Con esto en mente, se les dio un lugar a no
menos de 177 científicos en la flotilla
que zarpó en pos del místico Este,
la tierra de las Noches Árabes. Napoleón
había desconcertado al Directorio insistiendo
en que la expedición debía buscar
hacer avanzar el « progreso del conocimiento
y el desarrollo de la Ciencia y de las Artes
». Como el general Michel
Franceschi lo escribió: « lo
que distinguió a esta operación
militar de todas las demás fueron las
dimensiones cultural y científica que
pocos historiadores ponen de relieve ».
Talleyrand,
que más tarde traicionará a Napoleón
una y otra vez, jugó un papel central
en París para la obtención del
apoyo político necesario para que se
le diera luz verde al proyecto. De ello resultó
el descubrimiento de la piedra Roseta, el desciframiento
de los jeroglíficos egipcios, el estudio
de la egiptología, y a la larga el descubrimiento
de la tumba de Tutankamón. Lo demás,
como quien dice, es historia. ¿Puede
alguien seriamente considerar a Wellington,
a Kutozov o al archiduque Carlos emprender semejante
misión? No era solo en tanto que líder
militar que Napoleón estaba en un plano
aparte.
La impresión
del Oriente tenía bajo su hechizo incluso
al soldado común. Al ver por primera
vez las pirámides de Ghiza, una de las
siete maravillas del mundo antiguo, el ejército
francés estalló en una serie espontánea
de aclamaciones y aplausos. Eran los hijos de
la Ilustración, unos más sofisticados
que otros, pero todos aventureros y conquistadores
también, en la esfera intelectual así
como en la arena marcial. Napoleón jugó
al amor nacional del drama y del espectáculo
cuando declaró la víspera de la
Batalla de las Pirámides: « ¡De
lo alto de estos monumentos, cuarenta siglos
os contemplan! ». Cada uno de ellos
estaba a punto de tener su propio momento en
la historia.
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Napoleón
y la Esfinge
Tarjeta postal rusa de principios
del siglo XX. |
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Muchos de los
oficiales de Napoleón eran hombres inteligentes,
cultivados, lejos de ser los hombres de Segundo
nivel de los que supuestamente estaba rodeado
según algunos historiadores desdeñosos.
Más aún, Caulaincourt, su gran
escudero, nunca le escatimó al Emperador
sus más directas opiniones, y Napoleón
lo respetaba más por ello. Los modales
de Caulaincourt estaban tan llenos de gracia
que incluso el zar se hizo su amigo cuando fungió
como embajador en Rusia. Narbonne, el ex-ministro
de Guerra de Luis XVI y principal confidente,
era otro a quien Napoleón escuchaba atentamente.
Casi siempre pedía la opinión
de sus principales subordinados e incluso de
no seguir sus consejos, los ponderaba cuidadosamente.
Asimismo sus lecturas eran tan extensas que
conocía precedentes históricos
para casi todos los caminos que recorrería.
Napoleón
inspiraba confianza a sus hombres y a Francia
en general. La explosión de gozo popular
a su regreso de Elba lo prueba. ¡No obstante,
este apoyo es a menudo ignorado por los historiadores
ingleses que ven su retorno simplemente como
una declaración de guerra contra los
Aliados! Los mismos Aliados que estaban casi
en Guerra entre ellos mismos gracias a las maquinaciones
de Castlereagh y especialmente a su traición
de Prusia. Esto pudo tener consecuencias calamitosas
en Waterloo, porque Gneisenau detestaba a los
ingleses a causa de dicha traición, y
solo el odio de Blücher por Napoleón
y su palabra jurada de apoyar a Wellington en
el Monte San Juan llevaron a 40 000 prusianos
a emprender una marcha forzada muy peligrosa
entre Grouchy, en Wavre, y Wellington y Napoleón
en Waterloo, justo a tiempo para salvar al duque.
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Cuadro
británico en Quatre-Bras
Óleo de Elizabeth
Thompson, Lady Butler (1846-1933)
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Entrevista
de Napoleón I y del emperador
de Austria Francisco II en Sarutschitz,
en Moravia, tras la batalla
de Austerlitz. 4 de diciembre
de 1805
Cuadro al óleo
de Pierre-Paul Prud’hon. |
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Blücher había
sido tirado de su caballo en Ligny y
Gneisenau quiso efectuar una retirada
volviendo a territorio prusiano. Si
su superior contusionado y herido no
hubiera llegado en ese momento, Wellington
se hubiera precipitado hacia la costa
bajo la protección de 20 000
soldados británicos que tenía
apostados en Hal justamente en previsión
de esta eventualidad. El hombre de la
sonrisa chapada en latón casi
puso el último clavo en el féretro
de las relaciones anglo-prusianas. Su
sórdido suicidio echó
un velo sobre el desafortunado ministro
inglés de relaciones extranjeras
y la máscara de Castlereagh.
Napoleón tenía
un lado humano, era el más feliz
cuando estaba entre sus soldados contrariamente
a los monarcas del Antiguo Régimen
quienes se pavoneaban arrogantemente
frente a sus súbditos con su
adhesión a la doctrina del Derecho
Divino. La víspera de Austerlitz,
Napoleón sorprendió a
sus mariscales y ayudas de campo discutiendo
de… literatura.
Después
de algunas horas de sueño, hizo
una última inspección
de sus tropas, tropezando en el camino
de regreso a su tienda. Un granadero
sorprendido encendió una antorcha
de paja para alumbrar al Emperador enlodado,
que estaba de pie frente a él.
Un « Viva el Emperador
» estalló, y pronto decenas
de antorchas se encendieron por doquier,
y la aclamación iba en crescendo.
Napoleón sonrió: «
Es el más
hermoso día de mi vida; ¡sois
mis hijos! » dijo, pero
su expresión cambió. Sabía
que dentro de unas cuantas horas, muchos
de ellos estarían muertos.
La Victoria
de Austerlitz fue total y completa.
Se dijo tras la batalla que: «
Los ingleses son mercaderes
de carne humana. No hay duda, en su
querella con Inglaterra, Francia tiene
razón ». Pero
esto no fue dicho por Napoleón,
fue la observación del emperador
de Austria Francisco II, quien había
sido espoleado a declarar la guerra
a Francia por medio de un enorme soborno
inglés… Francisco II sabía
que había sido engañado
por los ingleses. No sería la
última vez. Incluso cuando ya
era abuelo del hijo de Napoleón,
permitió que el centelleo del
oro inglés prevaleciera sobre
su sentido común y su interés
nacional.
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Napoleón
dirigía desde el frente, arriesgaba literalmente
su propia vida junto con la de sus hombres.
Esta bravía física, todos podían
identificarse con ella. Era una cuestión
de honor no estremecerse al estar bajo el fuego
enemigo. En Borodino, la caballería francesa
resistió ante una intensa barrera de
artillería, sin esperanza de respuesta,
durante horas, a fin de mantener la línea
– la Gran Armada de Napoleón había
sido muy reducida en su número durante
su marcha a Rusia; un tercio de sus hombres
y caballos habían perecido. Los soldados
de infantería cargaron por él
en la batalla bajo un fuego fulminante, acompañados
por los gritos de amonestación de sus
oficiales con comentarios como: « ¡levantad
vuestras cabezas muchachos, esas son balas,
no mierda! »
En Fère-Champenoise,
en marzo de 1814, los 3 000 hombres de Pacthod
fueron constantemente atacados por 20 000 jinetes
aliados. Después de haber cubierto cuatro
millas bajo el bombardeo de artillería
constante y repetidas cargas de caballería,
lo que quedaba de sus cuadros finalmente se
rindió. Fue un brillante despliegue de
coraje bajo el fuego, digno de los 300 espartanos.
Pacthod ofreció su espada al zar, que
estaba estupefacto por lo que había visto
con sus propios ojos. Semejante ejemplo de fortaleza
ante tan abrumadora adversidad lo maravilló.
Cuando Alejandro le devolvió su espada
en señal de respeto, su ayuda de campo
inquirió: « ¿sois la Guardia
Imperial de Napoleón? ». La respuesta
tendrá eco por todos los siglos: «
¡No señor, tuvisteis suerte, somos
tan solo la Guardia Nacional! »
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Después
de todo, aquellos hombres estaban peleando
por Napoleón, su legítimo
emperador, aclamado por el pueblo francés
y santificado por el mismo Papa. El hecho
de que no estuviera ahí ese día
no redujo en nada su adhesión incondicional
a su causa.
La mera
presencia de Napoleón tenía
un efecto electrizante en sus tropas.
En 1812, perdidos en las ruinas nevadas
de Rusia, desmoralizados y transidos de
frío, Bourgogne y Picart, el tirador
de élite del regimiento, estaban
al borde de la desesperación. Pero
eran miembros de la Guardia. Picart dijo:
« ánimo paisano... si tenemos
la suerte suficiente de encontrar al Emperador,
todo estará bien ». Le encontraron,
y junto con los demás sobrevivientes
de la Guardia Imperial pelearon la batalla
de Krasny en la que, como el general inglés
Wilson lo escribió: « pasaron
a través de nuestras tropas como
un navío de batalla de cien cañones
lo hubiera hecho a través de una
flota pesquera ». Ampliamente rebasados
en número, exhaustos, asediados,
su coraje nunca les abandonó, pues
combatían por semejante hombre,
y él, a cambio, era afortunado
al gozar de semejante lealtad y devoción.
Napoleón
siempre era accesible a sus hombres. Con
frecuencia sus ayudas de campo y oficiales
superiores estaban indignados por la familiaridad
con la que les expresarse, especialmente
a su Guardia. Sus Grognards –
los «gruñones» –
una hablaban de más y él
parecía conocerlos a todos individualmente.
Bourgogne recuerda un episodio referente
al sargento Pierson. El 4 de Julio de
1812 en Vilna, Pierson montaba guardia
frente a unos grandes hornos que estaban
siendo construidos para cocer pan para
la Gran armada. Napoleón llegó
para ver cómo iban las cosas. Pierson
aprovechó la ocasión para
pedir una condecoración. «¡Muy
bien, respondió el Emperador,
después de
la primera batalla!» No fue
sino hasta el 16 de marzo de 1813 cuando
Pierson pudo recordarle su promesa. «Cierto,
dijo Napoleón sonriendo, en
las obras de Vilna». Pierson
tenía una cara fea distintiva,
pero Bourgogne añade: «¡Qué
memoria tenía el Emperador!»
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Entrevista
de sus majestades imperiales
Napoleón el Grande I,
emperador de los franceses,
rey de Italia, y Alejandro I,
zar y emperador de todas las
Rusias
En una balsa construida
para la ocasión y amarrada
en el Niemen, el 25 de junio
de 1807. |
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Retirada
de Moscú en 1812
Óleo de Illarion Prianishnikov
(1840-1894) |
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El capitán
Coignet brinda otros ejemplos de la proximidad
que sentía Napoleón para con su
Guardia. Durante la campaña de Waterloo
él era el jefe general de los bagajes
y cuartel maestre del palacio – un alto
título para el más pequeño
miembro de los Inmortales. Enviado a caballo
a reconocer tropas en una colina distante por
el mismo Napoleón, mató a un oficial
inglés en un duelo de caballería
y volvió a su emperador. « Muy
bien, viejo gruñón, pensé
que serías capturado... has procedido
bien ». Volteándose hacia
un mariscal añadió: « anota
a este Viejo gruñón. Después
de la campaña, le veremos ».
Enviado posteriormente a otra misión
para hallar al general Gérard en Ligny,
se dirigen a él como si fuera un amigo
personal de Emperador. Esta relación
con un hombre común no tenía paralelo
entre los dirigentes de Europa en aquella época.
Al final de
esa larga jornada del 18 de junio de 1815, el
último y trémulo rayo del crepúsculo
estaba difuminándose en el brillante
imperio de Napoleón. Coignet relata cómo
Napoleón quiso entrar en el cuadro comandado
por Cambronne, pero los generales protestaron:
« ¿Qué hacéis? »
gritaron... Su designio era el hacerse matar.
¿Por qué no le permitieron hacerlo?
Debieron haberle ahorrado mucho sufrimiento,
y al menos nosotros hubiésemos muerto
a su lado; pero los grandes dignatarios que
le rodeaban no estaban ansiosos por hacer semejante
sacrificio.
Era como un
regreso a los tiempos míticos de la Edad
Media y a la creencia de que los servidores
de un señor debían morir con su
amo o de otro modo sufrir una interminable vergüenza.
El pequeño Coignet estaba listo para
morir al lado de Napoleón. Tal era la
lealtad inspirada por Napoleón, el una
vez escritor cuya naturaleza romántica
y genio polifacético sobrecogió
a sus contemporáneos. ¡He aquí
un hombre! El verdadero Napoleón.
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