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FRANÇOIS
ANTOMARCHI: |
| DE
SANTA HELENA A SANTIAGO DE CUBA |
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Estuche
médico del
Dr. Antommarchi, empleado
durante la autopsia
del Emperador Napoleón. |
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Por |
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Isis
Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los Países
Hispánicos
Delegada en Cuba
Representante oficial en Alemania y Suiza |
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| Isis
Wirth |
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Instituto Napoleónico México-Francia
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«
En los
primeros días de nuestra estancia en
Santiago de Cuba, durante la última ocupación
norteamericanita, recibimos una carta de nuestro
hermano, en la cual nos pedía un favor
especial: arrancar unos pocos tallos de algo
que creciera sobre la tumba del doctor Antomarchi…».
Así comienza
el libro Napoléon, the First Emperor
of France. From St. Helena to Santiago de Cuba.
Being a Summary of Facts concerning Doctor Francois
Antomarchi, publicado en Kansas en 1910
y disponible hoy en la New York Public Libray…
y en
Internet, donde lo encontró Ernesto
Hernández Busto y me lo mandó
ipso facto.
En realidad,
Francesco Antomarchi (1)
(Córcega, 1789-Santiago de Cuba, 1838),
famoso por haber sido el último médico
de Napoleón (2)
en Santa
Helena, es la más importante «
Cuban connection » con el Emperador. Fue
él, por ejemplo, quien le hizo la autopsia
a Napoleón, con un instrumental que aún
se conserva, y sobre una célebre mesa
de billar, que yo misma pude acariciar cuando
estuve en Santa Helena hace un par de años.
Una manera de saludar también a Antomarchi
(no sé si otros cubanos se hayan desplazado
también a esta otra « isla pavorosa
», uno de los lugares de más difícil
acceso en todo el planeta), santiaguero de adopción.
El informe de
la autopsia, publicado por el doctor en su libro
Mémoires du docteur F. Antommarchi
ou les derniers momens de Napoléon,
de 1825, es el documento más preciso
del que disponemos en la eterna controversia
sobre la causa de la muerte del Emperador. Yo
me alineo con los partidarios de la tesis
del envenenamiento crónico con arsénico
(irrefutablemente demostrada por las investigaciones
que comandó Ben
Weider, presidente de la Sociedad Napoleónica
Internacional). Las pruebas del envenenamiento
han sido proporcionadas por el análisis
de los cabellos de Napoleón, los pocos
que quedan debidamente autentificados. El libro
de Thomason se refiere a unos cabellos del Emperador,
que no sé en este momento dónde
se encuentran: si hicieron el viaje desde Cuba
hacia otros lares o si fueron los mismos que
utilizó el equipo de Ben Weider. Esos
otros cabellos fueron vendidos por
Antomarchi en Santiago, corto de dinero tras
su llegada. Sin embargo, según el propio
Thomason, el tiempo que nuestro doctor pasó
en esa ciudad fue el más feliz de su
vida.
Además
de la autopsia (por cierto, Antomarchi era un
anatomista, lo que hoy se denominaría
un especialista en « medicina legal »;
se especula, por tanto, que su envío
a la isla no fue casual), la otra gran obra
del médico isleño que consta en
los anales napoleónicos es la mascarilla
mortuoria del Emperador. El destino de esta
máscara es extraño y permanece
abierto a todas las dudas posibles, incluidas
mistificaciones e historias rocambolescas. Sería
el tema a su vez de otro artículo. Baste
señalar por ahora lo que apunta Thomason,
y que a mí me resulta verosímil:
la verdadera máscara de Napoleón
la llevaba Antomarchi con él, y tras
su muerte permaneció con la familia Moya,
que lo había acogido en Santiago. «
Hace 8 años, la señora Ángela
Moya y Portuondo – Thomason reproduce
su retrato en el libro – vendió
la máscara de Napoléon en 30 dólares
». ¿Dónde está hoy?
Tal vez en Cuba, donde la anunciaban hace poco.
Luego de que el capitán Thomason recibiera
el encargo de su hermano, al parecer ferviente
napoleónico, se dirigió enseguida
al cementerio local. Investigó. –
«Sabe…, Napoleón»
(en español, en el original). –
« Ah, Americano » (sic).
Los nativos no sabían nada del asunto.
Continuó sus pesquisas en archivos legales
y eclesiásticos, y encontró que
un « French doctor » llamado Antomarchi
había residido en Santiago de Cuba durante
un tiempo. Pero ni rastro de su tumba. Hasta
que, tras numerosas búsquedas, consiguió
hallar los « restos de los restos »
de Antomarchi en el cementerio de Santa Afia
(sic; en realidad es Santa Ifigenia), junto
a la tumba del Marqués de Tempu, a la
cual lo había conducido su hijo, el señor
conde José Antonio Portuondo y Herrera,
« que hablaba un inglés perfecto
».
« El cementerio
de Santa Afia es “horrible” »,
« “el lugar más triste y
abandonado del mundo” », se queja
el « Americano ». Al marcharse,
sin embargo, descubre un mausoleo, cuya belleza
contrasta con la desolación circundante.
El epitafio: « Antomarchi, el doctor del
Emperador en Santa Helena, quien después
de viajar por el mundo vino a Santiago de Cuba
».
Es el monumento erigido por Napoléon
III: « París, 27 de noviembre de
1854. Su Majestad el Emperador, informado que
los restos del doctor Antomarchi se encontraban
abandonados en Santiago de Cuba, en la tumba
de una familia extranjera, ha decidido que una
sepultura decente y honorable se le dé
a los despojos mortales del fiel servidor de
Napoléon ».
Este mausoleo es la única entrada cubana
– junto al Museo Napoleónico de
La Habana, por supuesto –, que figura
en la Guide des Monuments Napoléoniens,
la biblia de los napoleónicos trotamundos.
La cercanía al Marqués y otros
datos que aparecen en este libro permiten preguntarse
si es verdaderamente Antomarchi quien se encuentra
en ese mausoleo. ¿Se trata de un enigma
parecido al que rodea la tumba de Napoleón
en los Inválidos?
Gracias a Thomason,
me enteré además de que estando
en La Habana Antomarchi se presentó ante
el Capitán General Tacón, expresándole
su deseo de estudiar la fiebre amarilla –a
la cual sucumbiría, y no de cólera,
como afirma generalmente la bibliografía
francesa-, y trabó relación con
el doctor Finlay, « padre del actual Carlos
J. Finlay, célebre por su descubrimiento
del mosquito como agente transmisor de la fiebre
amarilla ». Se le recomendó trasladarse
a Santiago, donde abrió un hospital a
tales efectos. Y al parecer, los cubanos le
debemos también la primera operación
de cataratas efectuada en la isla. El libro
incluye, por último, el testamento del
doctor.
En uno de sus
pasajes de este libro ejemplar, que recomiendo
a todos los investigadores de Napoleón
y de Cuba, Thomason apunta: « La Revolución
(sic) y la revuelta han dejado en el país
un camino de destrucción, hambre y pobreza
». Triste destino el nuestro: exactamente
100 años después, podemos suscribir
sus palabras.
NOTAS:
1) Usaré
la grafía de “Antomarchi”
según refiere el libro, en vez del “Antommarchi”
convenido en la bibliografía napoleónica
actual. El célebre doctor gustaba de
escribir su nombre con esas dos emes.
2) En realidad el penúltimo, pues el
último médico asignado al cuidado
de la salud del Emperador fue el escocés
Archibald Arnott (1772– 1855).