Vida de S.M.I. el Emperador y Rey Napoleón I el Grande.
Vida de S.M.I. el Emperador y Rey NAPOLEÓN I
Instituto Napoleónico México Francia.
México.
Francia.
Instituto Napoleónico México-Francia - Institut Napoléonien Mexique-France
Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
S.A.I. Jean-Christophe Napoléon, Prince Impérial.
« Tout pour l'Empire » - Instituto Napoleónico México-Francia.
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Eduardo Garzón-Sobrado, fundador.
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FRANÇOIS ANTOMARCHI:
DE SANTA HELENA A SANTIAGO DE CUBA
Estuche médico del Dr. Antommarchi, empleado durante la autopsia del Emperador Napoleón.

Por

Isis Wirth Armenteros
Consejera Especial del INMF para los Países Hispánicos

Delegada en Cuba

Representante oficial en Alemania y Suiza

Isis Wirth Armenteros, Consejera Especial para los Países Hispánicos, Delegada en Cuba y Representante Oficial en Alemania y Suiza del Instituto Napoleónico México-Francia.
Isis Wirth
Instituto Napoleónico México-Francia ©
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« En los primeros días de nuestra estancia en Santiago de Cuba, durante la última ocupación norteamericanita, recibimos una carta de nuestro hermano, en la cual nos pedía un favor especial: arrancar unos pocos tallos de algo que creciera sobre la tumba del doctor Antomarchi…».

Así comienza el libro Napoléon, the First Emperor of France. From St. Helena to Santiago de Cuba. Being a Summary of Facts concerning Doctor Francois Antomarchi, publicado en Kansas en 1910 y disponible hoy en la New York Public Libray… y en Internet, donde lo encontró Ernesto Hernández Busto y me lo mandó ipso facto.

En realidad, Francesco Antomarchi (1) (Córcega, 1789-Santiago de Cuba, 1838), famoso por haber sido el último médico de Napoleón (2) en Santa Helena, es la más importante « Cuban connection » con el Emperador. Fue él, por ejemplo, quien le hizo la autopsia a Napoleón, con un instrumental que aún se conserva, y sobre una célebre mesa de billar, que yo misma pude acariciar cuando estuve en Santa Helena hace un par de años. Una manera de saludar también a Antomarchi (no sé si otros cubanos se hayan desplazado también a esta otra « isla pavorosa », uno de los lugares de más difícil acceso en todo el planeta), santiaguero de adopción.

El informe de la autopsia, publicado por el doctor en su libro Mémoires du docteur F. Antommarchi ou les derniers momens de Napoléon, de 1825, es el documento más preciso del que disponemos en la eterna controversia sobre la causa de la muerte del Emperador. Yo me alineo con los partidarios de la tesis del envenenamiento crónico con arsénico (irrefutablemente demostrada por las investigaciones que comandó Ben Weider, presidente de la Sociedad Napoleónica Internacional). Las pruebas del envenenamiento han sido proporcionadas por el análisis de los cabellos de Napoleón, los pocos que quedan debidamente autentificados. El libro de Thomason se refiere a unos cabellos del Emperador, que no sé en este momento dónde se encuentran: si hicieron el viaje desde Cuba hacia otros lares o si fueron los mismos que utilizó el equipo de Ben Weider. Esos otros cabellos fueron vendidos por Antomarchi en Santiago, corto de dinero tras su llegada. Sin embargo, según el propio Thomason, el tiempo que nuestro doctor pasó en esa ciudad fue el más feliz de su vida.

Además de la autopsia (por cierto, Antomarchi era un anatomista, lo que hoy se denominaría un especialista en « medicina legal »; se especula, por tanto, que su envío a la isla no fue casual), la otra gran obra del médico isleño que consta en los anales napoleónicos es la mascarilla mortuoria del Emperador. El destino de esta máscara es extraño y permanece abierto a todas las dudas posibles, incluidas mistificaciones e historias rocambolescas. Sería el tema a su vez de otro artículo. Baste señalar por ahora lo que apunta Thomason, y que a mí me resulta verosímil: la verdadera máscara de Napoleón la llevaba Antomarchi con él, y tras su muerte permaneció con la familia Moya, que lo había acogido en Santiago. « Hace 8 años, la señora Ángela Moya y Portuondo – Thomason reproduce su retrato en el libro – vendió la máscara de Napoléon en 30 dólares ». ¿Dónde está hoy? Tal vez en Cuba, donde la anunciaban hace poco.
Luego de que el capitán Thomason recibiera el encargo de su hermano, al parecer ferviente napoleónico, se dirigió enseguida al cementerio local. Investigó. – «Sabe…, Napoleón» (en español, en el original). – « Ah, Americano » (sic). Los nativos no sabían nada del asunto. Continuó sus pesquisas en archivos legales y eclesiásticos, y encontró que un « French doctor » llamado Antomarchi había residido en Santiago de Cuba durante un tiempo. Pero ni rastro de su tumba. Hasta que, tras numerosas búsquedas, consiguió hallar los « restos de los restos » de Antomarchi en el cementerio de Santa Afia (sic; en realidad es Santa Ifigenia), junto a la tumba del Marqués de Tempu, a la cual lo había conducido su hijo, el señor conde José Antonio Portuondo y Herrera, « que hablaba un inglés perfecto ».

« El cementerio de Santa Afia es “horrible” », « “el lugar más triste y abandonado del mundo” », se queja el « Americano ». Al marcharse, sin embargo, descubre un mausoleo, cuya belleza contrasta con la desolación circundante. El epitafio: « Antomarchi, el doctor del Emperador en Santa Helena, quien después de viajar por el mundo vino a Santiago de Cuba ».
Es el monumento erigido por Napoléon III: « París, 27 de noviembre de 1854. Su Majestad el Emperador, informado que los restos del doctor Antomarchi se encontraban abandonados en Santiago de Cuba, en la tumba de una familia extranjera, ha decidido que una sepultura decente y honorable se le dé a los despojos mortales del fiel servidor de Napoléon ».
Este mausoleo es la única entrada cubana – junto al Museo Napoleónico de La Habana, por supuesto –, que figura en la Guide des Monuments Napoléoniens, la biblia de los napoleónicos trotamundos. La cercanía al Marqués y otros datos que aparecen en este libro permiten preguntarse si es verdaderamente Antomarchi quien se encuentra en ese mausoleo. ¿Se trata de un enigma parecido al que rodea la tumba de Napoleón en los Inválidos?

Gracias a Thomason, me enteré además de que estando en La Habana Antomarchi se presentó ante el Capitán General Tacón, expresándole su deseo de estudiar la fiebre amarilla –a la cual sucumbiría, y no de cólera, como afirma generalmente la bibliografía francesa-, y trabó relación con el doctor Finlay, « padre del actual Carlos J. Finlay, célebre por su descubrimiento del mosquito como agente transmisor de la fiebre amarilla ». Se le recomendó trasladarse a Santiago, donde abrió un hospital a tales efectos. Y al parecer, los cubanos le debemos también la primera operación de cataratas efectuada en la isla. El libro incluye, por último, el testamento del doctor.

En uno de sus pasajes de este libro ejemplar, que recomiendo a todos los investigadores de Napoleón y de Cuba, Thomason apunta: « La Revolución (sic) y la revuelta han dejado en el país un camino de destrucción, hambre y pobreza ». Triste destino el nuestro: exactamente 100 años después, podemos suscribir sus palabras.

NOTAS:

1) Usaré la grafía de “Antomarchi” según refiere el libro, en vez del “Antommarchi” convenido en la bibliografía napoleónica actual. El célebre doctor gustaba de escribir su nombre con esas dos emes.
2) En realidad el penúltimo, pues el último médico asignado al cuidado de la salud del Emperador fue el escocés Archibald Arnott (1772– 1855).